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EL OSCURO CIELO - por PROYMAN1R.

El Oscuro cielo.
No era que el cielo hubiera desaparecido, sino que ya nadie lo miraba. Las personas vivían bajo cúpulas de vidrio oscuro, protegidas de una radiación que, según el Poder haría arder los ojos al mirar causando ceguera
La gente aceptó las gafas obligatorias, dejó de confiar en sus propios ojos.
Julia trabajaba en el Sector 15, supervisando los hogares asignados. Revisaba que cada familia mantuviera encendida la chimenea reglamentaria, una estructura metálica sellada en cada vivienda. Nadie sabía exactamente por qué debía permanecer activa todo el tiempo, pero las normas eran claras: apagarla conllevaba una sanción.
—Unidad 15-A… consumo irregular —murmuró.
El sistema mostraba una caída en la actividad de la chimenea. Era mínimo, apenas unos segundos, pero suficiente para activar una alerta. Julia dudó. La mayoría de inspectores habrían llamado por teléfono.
Decidió ir.
La vivienda 15-A era pequeña, puertas selladas, ventanas, única entrada. Llamó.
—Inspección —anuncio.
La puerta se abrió con un chasquido. Dentro, el aire estaba frío. La chimenea, en el centro, emitía una luz casi moribunda.
—¿Hay alguien aquí? —pregunto.
Un hombre, sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared. Tenía los ojos abiertos… sin gafas
Julia sintió un escalofrío.
—¡No puede hacer eso! —exclamó—. Se quedará ciego.
El hombre sonrió levemente.
—Es ilegal —añadió ella, con voz más firme—. Debe ponerse las gafas.
—¿Y si te dijera que ya no importa?
Julia dio un paso atrás. Aquello no era normal. Activó su teléfono, pero no había señal.
—La chimenea —dijo de pronto—. Usted la ha apagado.
—Por unos segundos —respondió el hombre—.
—Eso es una infracción grave.
El hombre levantó la vista hacia ella. Sus ojos estaban enrojecidos, pero no parecía ciego.
—Dime —preguntó—, ¿alguna vez te has preguntado para qué sirven realmente?
Julia abrió la boca, pero no encontró respuesta.
—Es para purificar el aire.
—Eso es lo que te enseñaron.
Se levantó lentamente y caminó hacia la chimenea. Julia notó que el calor que emitía era artificial.
—Apagarla —continuó él— provoca una interrupción en la señal.
—¿Qué señal?
El hombre la miró fijamente.
—La que te mantiene obediente.
Julia sintió que el corazón le latía con fuerza.
—Eso no tiene sentido.
—Claro que lo tiene. Todo esto —señaló las paredes, la chimenea, las gafas que ella llevaba— es parte de un sistema. Nos dijeron que la radiación causaba ceguera… pero nunca lo comprobamos por nosotros mismos.
Julia dudó.
—Hay pruebas —insistió—. Registros, estudios…
—¿Alguna vez los viste sin filtro?
El hombre se acercó más.
—Quítate las gafas.
—No —respondió ella de inmediato.
—Solo un segundo.
—No puedo.
—Tienes miedo.
Julia apretó los puños.
—Es por seguridad.
El hombre suspiró.
—Eso es lo que quieren que creas.
Julia se giró bruscamente. No había nadie más en la habitación.
—¿Lo oyes? —preguntó el hombre.
—Es el sistema —explicó él—. Cada vez que alguien se desvía, lo celebran con un aplauso… o lo corrige.
Las paredes comenzaron a vibrar ligeramente. La chimenea se encendió con más intensidad, llenando la habitación de una luz cegadora.
—Van a reiniciar la unidad —dijo el hombre con calma.
—¿Qué significa eso?
—Que borrarán esto —señaló su cabeza— y seguiré como antes.
Julia sintió un impulso repentino.
—Entonces tenemos que salir.
El hombre la miró, sorprendido.
—¿Salir?
—Sí. Antes de que…
Julia dudó solo un instante.
Y entonces, con manos temblorosas, se quitó las gafas.
El mundo se volvió borroso al principio. La luz de la chimenea la cegó momentáneamente, pero luego… algo cambió.
Parpadeó.
Las paredes no eran grises. Tenían grietas, manchas, textura. La luz no era uniforme. Y el aire…
El aire no estaba limpio.
Tosió.
—¿Lo ves? —susurró el hombre.
Julia asintió, aún recuperándose.
—No es como dijeron.
Luego, una voz.
—Unidad 15-A . Protocolo de reinicio activado.
Julia miró al hombre.
—Ahora sí —dijo él—. Vamos.
Corrieron hacia la puerta.
—¡Ábrete!
Nada.
El hombre se volvió hacia la chimenea.
—Hay otra salida.
—¿Dónde?
Sin dudar, introdujo la mano en la estructura metálica. Julia gritó, pero él no se detuvo. Tiró con fuerza.
Detrás, un tubo.
El espacio se hacía cada vez más pequeño. Julia respiró hondo entrando.
—¿Y si realmente nos quedamos ciegos? —preguntó Julia.
—Entonces al menos será la primera vez que elegimos no ver.
Y siguieron avanzando, dejando atrás la luz falsa, la chimenea eterna y el eco interminable de un sistema con el aplauso y su propia mentira.

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