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La repetición - por @HenkoSlowLifeR.
Llevábamos años sabiendo lo que iba a suceder en la Tierra. No era sorpresa, era calendario. Un final anunciado con suficiente antelación como para acostumbrarnos a la idea de que no todos íbamos a sobrevivir, sin saber del todo cuándo llegaría.
Con el tiempo se fue perdiendo la humanidad; no de golpe, sino en pequeñas decisiones que parecían inofensivas. Nos fuimos acostumbrando a vivir en la ceguera de las redes sociales, a mirar más lo que pasaba en las pantallas que lo que teníamos delante. En la calle ya nadie se paraba a hablar como antes; ahora solo se escuchaban vibraciones, notificaciones y la voz de una IA que cada uno había configurado a su propia realidad.
Dejamos lo que realmente importaba, lo que la Tierra nos daba, como si siempre hubiera estado garantizado, como si no pudiera acabarse nunca. Confiamos en quienes nos guiaban, creyendo que el poder podía mantenerse limpio si cambiaba de manos lo suficiente. Pero todos fueron cayendo, y con ellos se fueron sembrando hábitos de autodestrucción que la humanidad fue aceptando en silencio.
Cuando llegaron las naves, las condiciones ya estaban escritas desde hacía tiempo. Nadie mayor de treinta años podía subir, salvo la tripulación de mando. Lo llamaron «criterio técnico». En realidad, era otra forma de jerarquía, una más. Otra más que aceptamos sin discutir demasiado, porque ya veníamos entrenados para no hacerlo.
En las estaciones de acceso, un escáner marcaba en silencio quién podía cruzar y quién no, sin necesidad de explicaciones. Solo un pitido suave, casi educado. A veces pienso que ese fue el verdadero entrenamiento de una generación: aprender a no mirar demasiado lo que incomoda.
La noche antes de que los elegidos partieran, nos reunimos la familia en casa de la abuela. En el centro estaba la chimenea, pero ya no calentaba. El sistema de calefacción había sido desconectado hacía meses “por optimización energética”, pero nadie quiso desmontarla del todo. Quedaba ahí como un objeto que recordaba lo que fue el calor. Aunque la abuela siempre decía que una chimenea no era solo madera y fuego, sino ese lugar donde se reconstruía lo que dolía.
Nadie hablaba demasiado. No hacía falta. Las frases importantes ya se habían dicho en días anteriores, en conversaciones a solas, en despedidas que no querían llamarse despedidas. Ahora solo quedaban miradas y manos que no sabían bien dónde quedarse.
No hubo aplausos. Hubo llanto. Porque la mayoría no subiría a las naves. Y no era solo por la separación, sino por algo más difícil de nombrar: la sensación de que una parte de nosotros se quedaba atrás sin ninguna oportunidad.
Cuánta esencia y sabiduría se quedaba en esa Tierra marchita. No porque fuera perfecta, sino porque había sido nuestra, con todo lo bueno y lo torpe, con todo lo que no supimos cuidar mientras lo teníamos delante. Afuera, los drones de evacuación pasaban cada cierto tiempo con un zumbido constante.
Ninguno teníamos frases de consuelo para los que nos quedábamos ni para los pocos de la familia que partían, aceptando que los que ya teníamos más de treinta —aunque fuera por una semana— ya no éramos aptos para un nuevo futuro.
Miré la chimenea apagada y pensé que incluso el fuego, que siempre había parecido algo seguro, también podía desaparecer sin hacer ruido. Como nosotros.
Solo pudimos acompañarles hasta la entrada de las naves. Nos fuimos abrazando sin saber cuánto tiempo era suficiente para ese gesto. Algunos no se soltaron hasta el último segundo. En la pantalla del pasillo se repetía una frase automática: «Acceso autorizado. Procedan con calma».
Y entonces comprendí algo que no supe cómo decir en voz alta.
No estaban dejando la Tierra atrás.
La iban a repetir.
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