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Profecía - por HugoR.
Habrá una vez un país donde una persona sin trabajo será hija, nieta, bisnieta, tataranieta… de desocupados, y toda su descendencia nunca podrá acceder a un trabajo formal.
Carlos vive en un rancho de chapa y madera con una letrina detrás de la casa, sin agua potable ni luz, aunque casi siempre se engancha de la red eléctrica. Todas las mañanas sale a trabajar tirando del carro como si fuese un buey. Recorre calles, barrios, cruza la ciudad entera juntando cartones, latas, cosas viejas que podrían tener una segunda oportunidad, también recoge sobras de comida que Marta, su compañera, acondiciona para que sus hijos no se vayan a dormir con el estómago vacío.
Ya no junta botellas porque le pagan la mitad de lo que le daban hace dos años y pesan mucho para recibir casi nada. La lluvia otoñal lo azota, le produce cegueras momentáneas y él empuja con fuerza, apura el paso para sentir el calor del cuerpo sudado. Empuja y tose. Empuja y piensa. Piensa que ya es hora de llevar con él a su hijo de seis años para que aprenda que cosas juntar y como acomodarlas en el carro, pero sabe que Marta no lo va a dejar. Quizá el año próximo.
Recuerda la primera vez que él salió a cartonear con su padre, tenía seis años. La alegría que había sentido cuando entregaron el carro cargado, rebosante por los cuatro costados. Parecía un cofre con el tesoro de las historias de piratas que nunca supo leer. Su madre lo había recibido con un aplauso y lo premió con un mate cocido y tortas fritas que devoró mientras calentaba su cuerpo junto a la chimenea.
Carlos quiere una vida distinta para sus hijos, pero sabe que no hay modo. Una vez le contaron que hubo un tiempo en el que el hijo de un pobre podía llegar a ser doctor o ingeniero, pero él no cree que algo así pueda haber sido posible. Hay un orden establecido y nadie puede moverse ni un tranco de pollo del destino que le tocó. A no ser que sea para estar peor, eso sí lo ha visto. Le pasó a un vecino que trabajaba de lunes a lunes, doce horas diarias en una empresa de limpieza y cobraba un sueldo mensual que le alcanzaba para una quincena. Cuando pidió aumento lo pusieron de patitas en la calle y ni siquiera le pagaron los días trabajados. Ahora, se junta con otros compañeros despedidos y dicen que van a cambiar el mundo. Siempre lo invita a las reuniones clandestinas pero Carlos nunca va porque el día que no cartonea la familia no come. Quieren hacer una gran movilización, con millones de personas en la calle, para acabar con el régimen y liberar a su líder, condenado a seis años de prisión con causas inventadas. Antes de encarcelarlo habían intentado asesinarlo pero se salvó porque la bala no salió.
“Cinco dedos bien unidos hacen un puño”, es el lema del grupo rebelde. Hasta ahora, las veces que han movilizado a unos pocos miles, los reprimieron sin piedad, pero ellos no aflojan. Carlos le preguntó por qué no organizan a los que duermen en la calle, que son los más desposeídos, no tienen nada que perder y cada día son más. Le respondió que ya lo intentaron pero casi todos están rotos. Perdidos para la causa, dijo el vecino.
La tos lo saca de sus cavilaciones y detiene la marcha en un contenedor de basura. Encuentra una estufa, una afeitadora eléctrica y una bolsa con ropa de mujer. Buena cosecha, piensa Carlos. Cuando se dispone a seguir, ve en el suelo una pila de libros. No es común que la gente tire libros. Hay uno que le llama la atención por el dibujo de la tapa, es una mano roja. Lo levanta y al ver que es un cuento para niños, decide llevárselo a sus hijos.
A la noche, cuando regresa cansado, ve que hay una razia en la entrada del barrio. Él avanza tranquilo porque no anda en nada raro y además ya está acostumbrado a esos procedimientos. Los gendarmes lo paran y le piden el documento, lo palpan, lo interrogan sobre el vecino y Carlos dice que no sabe nada. Revisan el carro buscando armas y encuentran el libro.
Hace seis meses que Carlos está preso en la misma cárcel de alta seguridad que el líder. Su familia sobrevive gracias a la ayuda económica que le da el grupo rebelde.
Comentarios (2):
Violeta Negre
18/05/2026 a las 22:05
Ay, Hugo, está vez me doy prisa por comentar y no quedar la última. Qué giro tan buenísimo tiene este relato. Como siempre, el papel, las ideas y la reflexión son un gran peligro para los estados totalitarios. Qué rabia me da que está sumisión de tu estado distópico se vea cada vez más en la realidad mundial. Del texto, perfecto. Carlos y Marta se me han aparecido perfectamente: humildes, desarrapados y convencidos de que nada puede cambiar (la gran conquista de los poderosos: mantener el status quo). Cuánta carga política. Lo que más me gusta es el final porque es cuando llega la esperanza.
Daniel Calleja
19/05/2026 a las 00:40
Hola, Hugo, acabas de retratar en una corta historia el sueño húmedo de la ultraderecha moderna; el pobre no solo vencido. Peor. Totalmente resignado. Tan parecido al mundo actual que asusta. El final, redondo. Aunque a diferencia del comentario anterior, me cuesta vislumbrar esperanza en el mismo. El tiempo presente nos da la sensación de estar presenciando las desgracias de Carlos y familia. El tono va excelente para el tipo de narración. Todo rezuma desesperanza y resignación, incluso los rebeldes incapaces de reclutar a los que no tienen ya nada que perder. Me gustaría leer la versión previa al recorte que mencionaste en un comentario anterior.Felicitaciones. Nos seguimos leyendo.