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LA CEGUERA - por CaesarR.
El autor/a de este texto es menor de edad
LA CEGUERA
La oscuridad es lo único que persiste.
A diario, a todas horas, en todas partes.
Son pocos los afortunados de librarse de la ceguera. Hace tiempo que dejó de considerarse una enfermedad. Es, en cierto modo, nuestra forma de vida; nuestra pequeña característica.
A veces me pregunto si son ellos los afortunados… o los condenados a ver el mundo que el resto ya no comprende.
Yo no soy nadie para cuestionarlo. Hace años que dejé de ver, y el único momento en el que vuelvo a sentir luz es en los sueños.
Es curioso cómo, a partir de la pérdida de un sentido, empiezas a desarrollar otros. Ahora, sé identificar todo lo que toco. Sé detectar cualquier olor e incluso identificar tipos de insectos por su sonido.
Ahora, eso es lo primero que se enseña: a valerte por ti mismo sin la vista, a fiarte de cualquier mano que te ofrezca estabilidad.
A mí, personalmente, lo único que me ha salvado ha sido la escritura. Tuve suerte de que ya supiera escribir sin mirar el teclado antes de que la ceguera empezara a expandirse, y ahora es lo único que sé hacer. Antes, se consideraría una habilidad inútil; ahora es lo único que me mantiene en pie. Sé que no sirve de nada. Cada vez hay menos personas que pueden leer. Cada vez hay menos razones por las que seguir. Sin embargo, yo lo hago.
Por una estupidez, en realidad. Porque pienso que esto llegará a manos de ellos.
De los que ven.
Y entonces escucharé ese sonido.
Aplausos.
Aplausos para la persona que consiga librarnos de esta maldición que hemos aprendido a llamar vida.
Imagino ese momento más de lo que me gustaría. Me pregunto si sabremos apreciar todo lo que hemos recuperado. O si simplemente nos cegará más.
En mis sueños, sin embargo, no lo dudo. Siempre aparece la misma imagen.
Mi abuelo.
Lo veo leyendo uno de sus libros junto al calor de la chimenea, como hacía cuando yo era pequeño. Pasa las páginas despacio y con delicadeza, como si fuera algo demasiado valioso.
Siento todos los sonidos. El crepitar del fuego, el roce del papel, su pausada respiración.
Entonces, levanta la vista y siento que me mira. Pero, en vez de eso, sé que contempla el vacío. El vacío que ocupa mi lugar, un gran abismo.
Poco a poco, la oscuridad empieza a engullir ese valioso momento, hasta que todo queda negro. Desesperado, intento despertar mis ojos. Pero nunca lo consigo.
Así que, aún en la cama, estiro mis brazos, palpo el teclado y escribo.
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