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Cementerio de concreto - por Gabriel ArcadR.

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Me duele el trasero. Pasan los años y no me acostumbro a esta silla que parece de piedra. Si no fuera porque voy atrasado una semana, me iría a casa, encendería la chimenea y me fumaría un puro. Pero hay que tener cuidado de no ser holgazán. Alonso, que era columnista igual que yo, tomó vacaciones de más y el distrito le cobró caro. Tenía veinticinco cuando lo sentenciaron a muerte. Ser holgazán es traición a la patria. Ya no se escribe por el aplauso del lector. Cada palabra escrita, cada párrafo, valen el hogar, la vestimenta y la comida que uno consume. Por suerte soy viejo; no puedo estar sin hacer nada porque me oxido.
El aparato en mi pecho nunca había amenazado con detenerse hasta hace ya muchos años. En esos tiempos yo salía con Eva. Era una mujer alta de tez morena como el azúcar mascabado. Unos ojos grandes y blancos que provocaban recelo en la luna. Una sonrisa noble, sincera, digna de un ángel. Nuestras citas se limitaban a tardes en museos y paseos por el parque. Se nos hacían las doce de la noche contándonos historias, haciéndonos reír. Solo una vez la vi triste. Me contó que su familia había partido, la enfermedad le pesaba en sus hombros y sus actividades se ralentizaron. Ella intentó abogar por ellos, pero una mañana ellos ya no despertaron. La sentencia había sido dictada. Nadie la escuchó.
La última vez que nos vimos fue en el distrito doce. Parecía un cementerio de concreto; los departamentos, apilados como cajas viejas, se encontraban vacíos. Se dice que hubo un puñado de renegados holgazanes que hicieron huelga. Se escuchaban cantos a lo lejos, fuegos artificiales, todo un mitote. Al día siguiente los cantos callaron. Los cuerpos postrados como cucarachas en la calle fueron dejados un día entero antes de que sanidad pasara a recogerlos. Una advertencia decía la gente.
La luz amarillenta cubría la vista a causa de la temporada alta de concentración de gases en el cielo. Siempre le dije que el amarillo realzaba su rostro. Me tomó de la mano y me guió por el laberinto de departamentos grises hasta que se cansó. Nos acostamos en el frío suelo y me miro a los ojos. Quiero un bebé tuyo, me dijo. Se montó sobre mí, retiró su vestido de flores de su suave cuerpo, tomándome por sorpresa. Yo no puedo tener hijos. Ella lo sabía. Al igual que muchos en mi distrito, me realizaron la vasectomía al nacer. A la pobreza no se le permite la progenie. Le seguí el juego.
Si hubiera sabido que ese era el último día que la vería, la tomaría en mis brazos y no la soltaría hasta que mi corazón se detuviese. Para que mi último suspiro fuera suyo. Su decisión la tomó sola. Valiente y rebelde como siempre, decidió cuándo iba a morir. No pude hacer nada. Escribir me dolía en la yema del alma. Casi me declaraban peso muerto, pero el miedo fue más fuerte y empecé a escribir para no pensar. La ceguera del corazón. Mis textos se elevaron. Fui promovido. Recibí mejores tratos, un hogar más digno; pero con cada comida, con cada puro, imaginaba su rostro.
La edad me pasó factura. Poco a poco olvido su rostro. Vivo en insomnio. Como si su fantasma me llamara. Llegaron las advertencias hace días. No respondí. Mi sentencia llegará sin demora si no entrego mi trabajo al final del turno. Pero soy un perro viejo. Ya no tengo miedo. Me levanto de mi escritorio. Salgo corriendo al ritmo que mis viejas piernas me permiten. Tomo el transporte al distrito doce. La luz amarilla empieza a atenuarse. El cielo nunca se vio tan claro al llegar la noche. Subo los escalones. No recordaba que fueran tantos, pero conozco el camino entre aquel laberinto. Lo había recorrido en mis sueños innumerables veces. Llego a la habitación que Eva me mostró. Igual de fría y solitaria que cuando la visitamos. Me recuesto. Un golpe en mi pecho. Me siento vivo. Puedo recordar su rostro de nuevo. Siento las lágrimas recorrer mis mejillas. Una sonrisa. Cierro los ojos.

Ccomentarios (1):

Akira

19/05/2026 a las 01:46

Al leerlo me vienen a la cabeza las notas de Vangelis y el ritmo me recuerda a la cadencia con la que Hauer recitó el icónico dialogo final de Roy Baty en Blade Runner. Creo que el texto se aleja un poco del subgénero cyberpunk y se acerca mas a la distopía totalitaria. Al segregar la reproducción por nivel adquisitivo he pensado en Gataca inmediatamente.

Sobre la narrativa comentar que no acabo de entender la función que hace el personaje de Alonso al principio, por una parte anticipa y ambienta la opresión sistémica, pero me falta un ancla, una enseñanza de su carácter para con el protagonista.

creo que como distopía esta muy bien, pero argumentalmente le falta un poco de profundidad, o igual de encaje. Igualmente he disfrutado leyendo el texto, muchas gracias por compartirlo.

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