Literautas - Tu escuela de escritura

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Latencia - por Aram

Ian salió de su trabajo hecho una furia. Despotricaba a todo volumen mientras el personal de seguridad lo escoltaba hasta la salida. En la caja que cargaba solo iba su planta de la fortuna. Qué ironía. Lo habían despedido para reemplazarlo con una IA. Pensó, con amargura, que tal vez él también debería cambiar su planta por una de plástico.

Salió empujado por la puerta principal. La gente se detuvo a mirar el alboroto. Ian solo veía un montón de destellos parpadeando en la sien de cada uno.

—¿Qué miran, malditos robots?

Alguien soltó un aplauso aislado. Luego otro. Vacíos.

Lanzó la caja. La maceta salió volando y se estrelló contra la acera.

Ian cruzó la calle y entró al bar de enfrente. Estaba harto de sentir las miradas, como si todos tuvieran derecho a juzgarlo. Después de todo, eran ellos los que habían vendido sus almas.

Pidió una cerveza oscura, local. Bebió un trago largo y dejó que el amargor le cruzara la garganta. Intentó recordar si siempre había tenido ese sabor. Tal vez ya no podía distinguirlo… o tal vez lo había olvidado.

¿Qué diferencia haría implantarse el chip? Quizá sería más fácil dejar de hacerse preguntas.

Al otro lado del bar, en la mesa más apartada, una mujer no dejaba de mirarlo. Ian se enderezó y metió el abdomen. No era gordo, pero el gesto le salió automático.

Ella titubeó al verse descubierta e intentó disimular, dando un sorbo al popote frente a ella. Aun así, sus miradas volvieron a encontrarse.

Ian sintió el impulso de acercarse. No veía ningún destello en su sien. ¿Sería como él?, se preguntó. ¿Otra fuera del sistema?

Tal vez también la habían despedido ese mismo día. Tal vez estaba ahí, sola, peleándose en silencio con el mundo.

Ian inhaló hondo y se puso de pie. Tomó su tarro y caminó hacia la mesa del fondo. La mujer alzó la mirada hasta encontrarse con sus ojos. Ninguno dijo nada.

Ian inclinó la cabeza en un saludo que hasta a él le pareció estúpido. Ella respondió con una sonrisa apenas visible.

Ella se apresuró a hablar.

—Te vi allá afuera.

—Hice un espectáculo, ¿no?

—No. Reaccionaste.

Ian soltó una risa seca.

—Gran ventaja.

—Lo es.

Él negó con la cabeza.

—Me corrieron por no adaptarme. Allá afuera todos están… bien. No se enojan, no dudan, no sienten esto —se tocó el pecho—. ¿De qué sirve reaccionar?

Ella lo sostuvo con la mirada.

—Las máquinas no reaccionan —dijo—, porque no se preocupan por lo frágil. Y es lo frágil lo que te hace sentir.

Ian apretó la mandíbula.

El ruido del bar volvió de golpe, como si alguien hubiera subido el volumen del mundo. Dejó el tarro sobre la mesa.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Por qué te importa?

Ella sonrió apenas.

—No lo sé… pero me importa.

Ian le sostuvo la mirada. Algo cambió.

Se puso de pie sin decir nada.

—¿Te vas? —preguntó ella.

Él dudó un instante.

—Olvidé algo afuera.

Ian salió del bar casi corriendo. Empujó a su paso a un mendigo ciego que pedía limosna.

—¡Maldito! —gritó el hombre, agitando su vaso con monedas—. ¡Fíjate por dónde vas!

El pecho le latía con violencia. Giró la cabeza de un lado a otro, tan rápido que sintió cómo le crujió el cuello. Entonces vio la tierra esparcida al otro lado de la acera.

Corrió.

Se agachó y recogió la planta. La sostuvo con cuidado, como si pudiera deshacerse entre sus manos. La miró en silencio, casi pidiéndole perdón.

Una leve sonrisa se le escapó.

Del otro lado de la calle, la mujer del bar lo observaba, inmóvil.

El grito que siguió quedó ahogado por el chirriar de llantas sobre el asfalto.

Ian salió proyectado. Su cabeza golpeó la acera y, de pronto, todo se volvió una ceguera espesa.

A lo lejos, una luz parpadeaba.

Pensó en el chip.

Pero esta luz era distinta. Temblaba, como si estuviera viva, como el fuego en una chimenea. Se fue acercando, envolviéndolo, hasta cubrirlo todo. Era cálida, como el sol en un día de verano… de esos que ya no existen.

Sintió el calor recorrer su cuerpo.

Ian abrió los ojos poco a poco.

Al otro lado de la habitación, la mujer del bar lo miraba. Sonreía. En sus manos sostenía la planta.

Ian devolvió la sonrisa.

Pensó que, definitivamente, la planta se había recuperado más rápido que él.

—Me llamo Vera. —dijo ella.

Y, por un momento, el dolor dejó de importar.

Comentarios (3):

Pilar (marazul)

18/05/2026 a las 19:41

No está equivocada Iria al recomendar la lectura de tu texto, Aram. Se ajusta perfectamente al reto y a la forma de presentar un mundo distópico en tan pocas palabras. Como bien dice nuestra querida profe sin necesidad de dar explicaciones. Todo se entiende a través del diálogo y de algún detalle: destellos que parpadean, chip, robots…
Y además introduces una bonito historia, ¿de amor?
Genial, Aram, porque el reto no era fácil
Saludos

Monica Bezom

18/05/2026 a las 21:46

Hola, Aram.
Comparto las palabras de Pilar.
Nos traes un relato muy bien construido, con ritmo cinematográfico en donde la distopía es el conflicto central del protagonista. El título me parece un hallazgo: latencia como demora técnica, pero también como lo que todavía late en Ian antes de que el sistema lo apague.
Solo un detalle: ‘—Me llamo Vera. —dijo ella.’ El punto antes del guion de cierre no va.
Y me parece que si quitas “definitivamente” de este párrafo:”Pensó que, definitivamente, la planta se había recuperado más rápido que él.”, el mismo brillaría con más fuerza. Fíjate: “Pensó que la planta se había recuperado más rápido que él.”.
Estupendo texto.
¡Enhorabuena!

Hugo

18/05/2026 a las 23:14

Hola Aram:

Me gustó mucho tu relato. En lo formal creo que cumple con la consigna aunque no esté señalizado con la “R”

Está contado por un narrador externo, en tercera persona y tiempo pasado, desde la perspectiva del personaje Ian y con una trama muy bien construida, donde la alternancia entre narrar y mostrar, utilizando los estilos indirecto, directo e indirecto libre, le dan un excelente ritmo.

Nos atrapa desde la primera frase: ¿por qué Ian salió de su trabajo hecho una furia? Eso nos invita a seguir leyendo para saber qué le pasó al personaje. En ese mismo primer párrafo se plantea el conflicto, lo que da espacio para desarrollar el nudo para que el relato se ensanche y el lector se involucre con la historia.

Luego das indicios muy bien dosificados hasta llegar a la frase donde se pregunta (en indirecto libre) ¿Qué diferencia haría implantarse el chip?

Al final, cuando lo atropella un vehículo y se golpea la cabeza contra el piso, presentí un final abrupto pero a partir de “esta luz era distinta”, comencé a vislumbrar un final muy bien logrado, que es el fin del relato pero no es el fin de la historia porque todavía sigue dando vueltas en mi cabeza.

Lo único que sugiero es no repetir tantas veces (catorce) el nombre de Ian.

Felicitaciones por tu trabajo

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