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Cuando los ositos dominaron el mundo - por Julio César BlancoR.

Cuando los ositos dominaron el mundo.
Después de la hecatombe nuclear, lo único que quedó en pie de aquella casa fue la chimenea. Al verla, no quiso imaginarse cómo había quedado el mundo.
Jules Weiss, recorría las calles en ruinas, como si hubiera sido bombardeada, y no entendía como ocurrió. Era un científico ─varias veces candidato al nobel─ en tecnología microbiana.
Seguía sorprendido de haber sobrevivido a la gran explosión que destruyó todo. Tenía una explicación; “estaba en el sótano del laboratorio, treinta metros bajo tierra” ─pensó─.
Caminó un mes, ─alimentándose de lo que poco que podía encontrar─ buscando sobrevivientes. Debajo de una pared inclinada, escuchó música; ¡una radio! ─exclamó─ corriendo inmediatamente hacia ella, junto al aparato vio cuerpos inertes, tomó el artefacto y continuó.
Una noche escuchó: “a los sobrevivientes se conmina a que se queden dónde están, la superficie no es segura, el punto cero ha sido en Londres, el alcance de la radiación directa llega los 1200km, escóndanse de los tar…”, en ese momento se cortó la transmisión.
“Felizmente que estoy en las antípodas de Londres” ─se dijo.
Sidney era una urbe apacible, que estaba a 16000km del punto cero. El laboratorio en el que trabajaba Jules, estaba a las afueras de la ciudad.
Cansado de caminar, cerca del centro, vio una persona deambulando a 150 metros de distancia, aceleró el paso, pero, tras avanzar 10 metros vio horrorizado como de los escombros salía un terrible monstruo que, en lugar de boca tenía un orificio, por el cual succionó al desgraciado en dos segundos.
─ ¡Dios mío, no puede ser! ─ susurró, reprimiendo un grito.
“Eso era, …era ¿un tardígrado?” ─es imposible, pensó.
“Tardígrado gigante”, era un oxímoron, era inconcebible, lo sabía bien. Los tardígrados (caminante lento) eran microorganismos de ocho patas ─parecidos a una oruga─ de 1mm, que vivían de los líquenes en las rocas, sin embargo, no había lugar en la tierra donde no pudieran sobrevivir, océanos, lagos e incluso glaciares y desiertos. Los había estudiado bien, se burlaba de aquellos que afirmaban que solo las cucarachas serían capaces de sobrevivir al apocalipsis nuclear, su tesis de doctorado hablaba de ellos, “Los tardígrados y el futuro de la humanidad”, le había valido el aplauso de la comunidad científica. Por ello, le habían llovido ofertas de trabajo de la NASA, el CERN, MIT y otras instituciones prestigiosas a nivel mundial.
Resistían temperaturas de más de 150°C (más que el agua hirviendo) y -273°C (casi el cero absoluto), podían sobrevivir sin agua ni alimento por muchos años gracias a la criptobiosis (eliminaban sus fluidos corporales). Habían aparecido hace 500 millones de años superando todas las catástrofes.
Jules investigaba la capacidad de los tardígrados para sobrevivir a radiaciones en el espacio, a casi 5000 grays (el hombre solo alcanza a resistir 10 grays), sin oxígeno y presiones imposibles para el ser humano. Tenían una visión muy limitada, que hacía suponer que era una ceguera total, por ello se guiaban por quimiorreceptores que les daba la capacidad de “olfatear”. Su ADN era excepcional, como ningún otro ser vivo.
El apocalipsis nuclear los había mutado. Habían aumentado 1000 veces su tamaño ─a casi un metro─, y ahora eran carnívoros.
Al subir a la parte mas alta de una colina del otro lado de la ciudad, lo que vio fue aterrador: miles de monstruos devorando todo lo que encontraban a su paso.
Le parecía una ironía el apelativo de “ositos de agua”, que en 1773 le había puesto el alemán Johan Ephraim.
“Esos ositos acabarán con la humanidad, sino lo han hecho ya” ─pensó─, y siguió caminando entre las ruinas, solo, sin esperanza.

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