Literautas - Tu escuela de escritura

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Especiales - por Verso sueltoR.

Cuando nos escapamos de la clínica todavía no se veían las montañas. Paloma dijo que allí viven en libertad personas con brazos y manos igual que nosotros. Paloma es la secretaria del doctor Gavilán, el director de la clínica, y es muy simpática. Dormimos de día y caminamos de noche, ocultándonos bajo las copas de los árboles, donde no bajan los poli-pájaros para no enredarse con las ramas. Al atravesar ciudades no vemos el cielo; los nido-casas de los hombres alados están sobre postes muy altos, tan juntos unos de otros que no dejan pasar la luz de la luna y todo se vuelve oscuro; entonces, Hugo me abraza y avanzamos a tientas hasta que vuelve la claridad.
A ras del suelo solo están las clínicas de los especiales, dónde vivimos encerrados los que no podemos volar. Todas apagan las luces con el toque de queda. La más grande es la nuestra, la de los sin-alas, pero hay muchas más; en la de la ceguera vive un hermano de Paloma.
Es de noche y estamos tiritando, supongo que debe ser de frío. Solo conocía el frío por el recuerdo de sentirlo por las noches, siendo muy niña, y mi madre, abrazándome entre sus alas, me hacía cosquillas con las plumas hasta que entraba en calor; luego me contaba el cuento del rey que ordenó cortar los brazos a sus súbditos y ponerles alas. Cuando le preguntaba por qué yo tenía manos, respondía que a algunos niños nos crecían de casualidad y me ponía muy contenta. También he visto el frío en las películas de la cine-terapia que me gustaban mucho. En ellas nunca salían hombres alados, para que los especiales no sufriéramos por nuestra discapacidad mientras esperábamos a que hubiera presupuesto. Un día pusieron una de un manicomio, se titulaba el nido del cuco o algo así; al acabar, le pregunté a Paloma que por qué encerraban a los locos; contestó que la sociedad nunca aceptaría, así como así, a personas tan diferentes. Quizá tuviera razón, pero a mi me basta con que me acepte Hugo.
Gavilán se lo tiene muy creído; como es el mandamás, mira a todo el mundo por encima del ala y se le nota a la legua que desprecia a los especiales: ¡el muy idiota, si se viera cuando camina tropezando con las alas en todos los muebles!: los hombres-pájaro son muy torpes en el suelo. Después de batir el récord de los “doscientos kilómetros en vuelo rasante”, le hicieron un homenaje y vinieron muchos gerifaltes. Hubo discursos y cuando, muy ufano, pronunció el suyo, recibió muchos aplausos; Hugo y yo no aplaudimos. La fiesta fue en el gran salón, delante del busto de “el iluminado”, como llaman los alados a un santón de la edad pretérita que juntó hombres con pájaros para transformar la especie, aunque de vez en cuando le saliera rana, a la vista está: digo yo que la genética es la genética y la cabra tira al monte.
Nunca estuve segura de si quería ponerme alas ―cada cosa tiene sus ventajas―, mucho menos después de que el doctor nos dijera, de aquella forma tan altanera, que ya había presupuesto para normalizarnos con el trasplante y dejaríamos de ser una lacra social ―normalizar, lacra, ¡que palabras tan feas!―. Debió vernos la cara porque añadió que podríamos ir a la universidad, un nido-casa gigante donde se entra volando. Los sin-alas no van a la universidad, salvo que sean ricos y les lleve y les traiga un porteador, pero eso cuesta una barbaridad y la mayoría de padres no quiere gastar tanto para después seguir yendo con el porteador a todas partes, ¡menudo engorro! Al salir del despacho, Hugo y yo nos quedamos callados sin saber que decir. No nos gusta ser diferentes, pero hemos nacido así y ya está, además, ¿como podríamos acariciarnos sin manos ni dedos? Al cabo de un rato, nos dimos un abrazo y tomamos la decisión.
Hemos parado a descansar. Comemos mientras hablamos de nuestro sueño mirando el plano de la casa que construiremos a ras del suelo; tendrá jardín, ventanas y, en el piso de arriba, un cuarto muy grande para que jueguen los niños; aunque, si nacen con alas de casualidad, haremos un nido-casa en lo alto de la chimenea al que Hugo y yo subiremos por una escalera.
Ya empieza a amanecer y, entre la niebla, parecen vislumbrarse las montañas, pero ¡están aún tan lejos!

Comentarios (10):

Rod Terrano

18/05/2026 a las 19:26

COmo siempre un modo tan gentil de escribir, tan aireado que me produce una cuota de envidia. Sana por cierto. Y el cuento siempre tan redondo.
Felicitaciones, no m epierdo tus cuentos. Nunca.

Wanda Reyes

19/05/2026 a las 02:14

Hola, me parece muy interesante tu relato con personajes alados. Estamos en un mundo donde los personajes ya no son humanos ya que les crecen brazos a algunos. Me gusta como esta escrito en primera persona y el final que nos da esperanza y aceptación pues toma en cuenta la posibilidad de que sus hijos lleguen a ser alados.
Saludos.

Monica Bezom

19/05/2026 a las 03:13

Hola, Verso suelto.
Nos traes un texto muy original contado con una sencillez nada fácil de lograr. Empezando por el título: “Especiales”. La inversión que formulas es tan simple como brillante; en este mundo los que tienen manos son los discapacitados y esa sola vuelta de tuerca sostiene toda la historia sin necesidad de más explicaciones. Desde este lugar, construyes el universo con una economía envidiable: poli-pájaros, nido-casas, sin-alas, cine-terapia; términos estos puestos al servicio de la voz narradora. ¡Y qué voz! Ingenua sin ser tonta, tierna sin ser empalagosa, observa el mundo con una lucidez que se percibe aunque no se exhiba. Mérito aparte resulta el detalle de Gavilán tropezando con las alas en los muebles, lo encontré delicioso.
En cuanto a las tres palabras obligatorias, las veo bien resueltas, pero me quedo con la chimenea: reservarla para el final, para ese nido que construirán si sus hijos nacen con alas y al que subirán por una escalera, es un hallazgo admirable. Y la mejor línea del texto, para mí, es “¿cómo podríamos acariciarnos sin manos ni dedos?”. Ahí está todo.
El final me parece perfecto; las montañas que se vislumbran entre la niebla pero que están tan lejos indican que aun sin garantías, hay esperanza.
¡Me encantó!
Un gusto leerte.

Liliana Marcela

20/05/2026 a las 05:00

Disfruté mucho este relato porque, al igual que en el ejemplo que puso Iria en su Blog, la trama se va desarrollando a partir de lo que muestran las imágenes sensoriales, los diálogos, los gestos de los personajes. No hay explicación. Es más importante lo que se muestra que lo que se dice.
La elección del narrador es acertada porque, a veces, utiliza la primera persona singular y en otras, es plural. También varía el punto de vista. A veces, la narradora en primera persona cuenta desde su propia visión o, también, adopta el enfoque de Paloma; en otros casos, el foco narrativo coincide con el de Hugo o es el de la pareja fugitiva. La mirada de la narradora, que se apropia de las diferentes perspectivas, le da potencia y dinamismo al cuento.
La historia tiene varias capas de lectura. La podemos leer como un relato fantástico por la introducción de elementos sobrenaturales o extraños como los “hombres alados”; como una alegoría de la libertad representada por los “sin alas”; como una fábula por el significado distorsionado de las aves, que en este caso no representan virtudes ni valores morales o como una distopía porque hay una sociedad ficticia, indeseable y opresiva. Y en esta hibridez genérica esta la verdadera riqueza de este relato breve, porque no es posible encasillarlo en ninguna clasificación. Pero como distopía plantea una crítica social sobre la normalización y la exclusión que se combina con la metáfora de los “sin alas” frente a los “hombres alados”.
El final, con el amanecer y las montañas lejanas que sugieren esperanza, es un cierre poético, abierto, que trasciende o impacta en el lector.

Cristina Otadui

21/05/2026 a las 07:17

Hola Verso suelto,

Convertir en marginal aquello que es normal: como dice Mónica, ¡brillante!. Es interesante también el “cambio” de voz narrativa que evoluciona entre inocencia, memoria, crítica y resistencia, y esa mezcla es precisamente lo que da profundidad a tu relato: transforma la historia íntima en una experiencia compartida. La protagonista no habla solo de sí misma: acaba representando a toda una minoría marginada.
Creo que bajo la apariencia fantástica hay una reflexión tremendamente actual sobre integración y diversidad.
¡¡Felicidades!!

IGNACIO

22/05/2026 a las 11:25

Hola Verso Suelto. ¿Qué es normal? ¿Qué es diferente? ¿Lo normal es bueno y lo anormal malo? Creo que estás preguntas están en tu relato y son muy interesantes. Por otra parte, la narración está muy bien llevada, sobre todo por el punto de vista del pobre individuo sin alas que nos cuenta la historia

Caesar

23/05/2026 a las 17:08

Hola, Verso Suelto.
Qué texto tan original. Me ha encantado el conflicto interno que vive el narrador, y hay líneas especialmente buenas. Suena natural, inocente y humano, algo que me parece difícil de conseguir. La voz del narrador no suena artificial, sino auténtica.
También me gusta que haya tantos detalles de ese mundo distópico que hacen que todo se entienda mejor.
En conjunto, el texto me parece una forma muy original de hablar sobre la diferencia y la exclusión.

Robert Marcel

24/05/2026 a las 06:22

Saludos Verso suelto:
He leído “Especiales”. Me ha gustado el mundo que has creado y el nombre de tus personajes.
Al finalizar la lectura me han quedado algunas dudas:
Dices: “A ras del suelo solo están las clínicas de los especiales, dónde vivimos encerrados los que no podemos volar”, pero si están escapando entonces ya no viven ahí.
¿Cuál es el nombre de tu protagonista y cuando dice “Quizá tuviera razón, pero a mi me basta con que me acepte Hugo” porqué no le basta con aceptarse ella misma, porqué la protagonista de tu historia tiene que satisfacer las expectativas de alguien más?
¿El récord de los “doscientos kilómetros en vuelo rasante” se refiere a velocidad o a distancia?
Por otra parte, el gavilán es un depredador con una visión muy precisa y filosas garras que habiendo sido el director de la clínica de la que van escapando bien podría estarlos persiguiendo despiadadamente.
Te mando un afectuoso saludo desde Nayarit, México. Agradeciendo mucho tu visita y tus aportaciones al texto #55 “Sin cobijo”. Nos seguimos leyendo.

Ruvi E.

27/05/2026 a las 08:44

Hola Verso Suelto, me encanta leer tus cuentos, tienes una forma muy natural de desarrollar tus historias. Me parece muy interesante como tocas el tema de la discriminación, en un mundo donde los “normales” son los “especiales”. Al igual que Mónica, me encantó la frase “¿como podríamos acariciarnos sin manos ni dedos?”, el punto emocional que indica que ser especial tiene sus ventajas. Muchas gracias por esa linda historia.
Saludos,

Moldy Blaston

31/05/2026 a las 20:16

Hola Verso Suelto, aunque tarde me paso por tu relato y te comento.

Me ha parecido un relato de una originalidad y una ternura apabullantes. El gran triunfo del texto es la brillante inversión de los conceptos de normalidad y discapacidad: convertir las manos humanas en una anomalía y las alas en la norma social es una metáfora perfecta sobre la presión homogeneizadora del poder y la belleza de la diversidad.
En mi opinión la prosa fluye con una naturalidad entrañable a través de la voz de la narradora, consiguiendo que el horror del control médico (esa “normalización” forzosa) se entrelace con la inocencia de su amor por Hugo. Los detalles cotidianos, como la torpeza de los hombres-pájaro en el suelo o la imposibilidad de acariciarse sin dedos, dotan a la historia de una humanidad tremenda.
Y ya, el tramo final, con el diseño de esa casa a ras del suelo y la chimenea-nido, es de un lirismo optimista conmovedor.
Una fábula soberbia que defiende la identidad y la libertad frente a los “vuelos rasantes” de la imposición social. ¡Un trabajo impecable!

Me ha gustado seguir leyéndote mes a mes. Nos leemos!!!

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