Literautas - Tu escuela de escritura

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Reino natural - por Verónica

No pensaba salir a correr, pero lo hizo. En realidad, lo iba a hacer. Fiona, un metro ochenta, con melena color dorado oscuro, se miró en el espejo una vez más y sonrió. Su imagen era más que satisfactoria. Con su torso agradablemente femenino y sus patas de leopardo con pelo corto dejaba a más de uno con la boca abierta. No es que la recibieran con aplausos al pasearse por las calles, pero su fusión había sido muy exitosa. Una de las pioneras del movimiento había sido su madre. Hacía tiempo que la humanidad había comprendido que el ser podía entenderse como algo más que binario o no binario. El humano se hacía uno con el universo y se fundía con las otras criaturas de la naturaleza en un equilibrio inédito. Al principio se experimentó con prótesis animales, pero luego de que el misterio del genoma fuera completamente resuelto las posibilidades se volvieron infinitas. Fiona era el fruto del diseño de su madre y sus piernas le daban una agilidad que ningún humano antes hubiese imaginado.
Pretendientes no le faltaban nunca, si bien ahora estaba decidida a buscar solo seres humano-felinos como ella. La ceguera de creer que toda unión es posible se la había curado en un intento de cena romántica. Compartir una copa de vino contemplando el fuego de una chimenea mientras tu pareja come en el piso en cuatro patas había demostrado ser la antítesis del romanticismo. Así pues, había establecido el límite de dos patas para sus parejas y finalmente aceptado que un
humano-pájaro siempre le parecería más cercano a una presa que a una pareja.
Al llegar al parque y luego de correr sus kilómetros habituales, se sentó a descansar en su banco preferido. Desde allí podía contemplar el paisaje imponente que se abría a sus pies. Y en este caso en particular a sus patas. Justamente sus patas que ahora estaban transpiradas y calientes y que pedían a gritos ser lamidas. Trató de calmar el impulso peinando el pelaje con sus manos, pero no era ni remotamente lo mismo. Miró a su alrededor para asegurarse de no ser vista.
Había una pauta social que era muy estricta y clara, fusión animal sí, conductas animales no. Los castigos eran poco comentados, pero se leían en los rostros de los transgresores. Pero ¿cómo
ser felino y no lamerse? ¿Cómo ser hombre-pez y andar con la boca cerrada?
En el parque había bastante movimiento todavía, mucha gente disfrutando del tiempo benigno de esa tarde de otoño. Fiona cruzó sus piernas, bajó la cabeza y simuló buscar algún objeto perdido para poder lamer la punta de sus patas. Se volvió a incorporar y controló si había alguien mirándola.
Luego siguió con disimulo haciendo de cuenta que estaba elongando para poder lamerse aquí y allá sin llamar mucho la atención.
-Una vista impresionante, ¿no?- Fiona sintió cómo se le erizaban los pelos.
Era claramente un hombre-león, que la estaba fijando con sus ojazos color oro.
¿Qué había visto exactamente? Su sonrisa parecía descubrir un esbozo de ironía. Fiona se irguió y simulando irse comentó:
-Una vista cautivante. ¿Porque eso es lo que estás buscando, no es cierto? ¿Quieres cautivarme a mi acaso?
-¡Oh! Cautivarte a ti. ¡Pero qué ideas tienes! Tu eres muy bonita, sin
embargo, hace tiempo que dejé de mentirme.- El extraño rostro felino se ensombreció-. Estoy buscando presas.
Su instinto la llevó a alejarse, lentamente primero, después recuperó un paso de
trote.
Esa noche, mientras cenaba en su departamento, volvió a sentirse observada. Aunque estaba segura de estar al resguardo de toda mirada, esa sensación no la dejaba en paz. Por la ventana, a lo lejos, las luces de la ciudad se iban apagando poco a poco. En la oscuridad de la noche se hacía más fácil remarcar los ojos amarillos que fijaban su ventana desde la vereda de enfrente. Fiona también lo hubiese remarcado, si no hubiese estado acostada en su cama.

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