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Aplausos - por Jaime de JesúsR.
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El aire en la Ciudad de Ceniza no se respiraba, se masticaba. Era un polvillo grisáceo y constante que lo cubría todo, filtrándose por las rendijas de las máscaras y apagando los colores del mundo hasta convertirlos en una escala de olvido.
Elias se sentó frente a la chimenea, aunque allí no ardía madera. En este siglo, los árboles eran mitos de papel y el fuego era un lujo eléctrico, una simulación de filamentos de tungsteno que emitían un calor anémico. La chimenea era el corazón de su refugio, un hueco de ladrillos fríos donde guardaba lo único que el Gobierno de la Claridad no había podido confiscar: su silencio.
—¿Estás listo? —susurró una voz a sus espaldas.
Era Mara. Ella no usaba máscara dentro del búnker. Sus ojos, antes verdes, estaban ahora velados por una película blanquecina. La ceguera no era un defecto genético en la Ciudad de Ceniza; era un requisito. El Gobierno consideraba que "ver" distraía de la productividad y alimentaba la nostalgia peligrosa. A los dieciocho años, todos pasaban por el Procedimiento. Elias era el siguiente. Mañana.
—No sé si quiero olvidar cómo se ve el humo —dijo Elias, pasando los dedos por el borde rugoso de la chimenea.
—No lo olvidas —respondió Mara, guiándose por el sonido de su respiración hasta sentarse a su lado—. Solo dejas de distraerte con su forma. El mundo se vuelve más honesto cuando dejas de confiar en la luz.
Elias miró las brasas artificiales. Se preguntó si el resto de la humanidad sentía lo mismo. Afuera, en las Plazas de la Armonía, el sonido más frecuente no era la música, sino el aplauso. Un aplauso rítmico, mecánico, coreografiado por los altavoces de la ciudad. Aplaudían al Gran Arquitecto, aplaudían al racionamiento, aplaudían a la oscuridad que se avecinaba. Era un ruido sordo que ocultaba los gritos de los que aún no querían cerrar los ojos.
—¿Crees que ellos son felices mientras aplauden? —preguntó él.
Mara ladeó la cabeza.
—Creo que el aplauso les impide escuchar su propio miedo. Es difícil pensar cuando tus manos están ocupadas haciendo ruido.
De repente, una sirena roncó en la superficie. El toque de queda. Elias apagó la chimenea eléctrica con un clic metálico. La oscuridad total inundó la estancia, una negrura tan densa que se sentía sólida. Por primera vez, Elias no sintió pánico. Al contrario, sintió una extraña ventaja.
Mañana le quitarían la vista, pero esta noche, en el frío de su chimenea apagada, Elias decidió que su último recuerdo no sería el gris de la ceniza, sino la mano de Mara apretando la suya en medio de la nada.
En la calle, el eco de un aplauso solitario de un guardia patrullando resonó contra las paredes de metal. Elias cerró los ojos por voluntad propia, adelantándose al destino. El mundo desapareció, y por fin, pudo empezar a imaginar algo mejor.
Comentarios (3):
Caesar
19/05/2026 a las 14:51
Hola, Jaime.
Tu texto está muy logrado, en particular respecto a la ambientación y la situación en la que se encuentran los personajes.
Me ha gustado mucho que todo el texto gire en torno al polvo o la ceniza. Me parece algo muy original y además creo que crea una sensación de frío y opresión que el texto transmite muy bien.
La idea de que la ceguera esté impuesta por el gobierno también me ha gustado. Creo que da mucho juego para convertirlo en algo más largo.
Quizá el texto se vuelve un poco descriptivo en algunos momentos, pero sinceramente creo que encaja bien con el tipo de relato.
Muy bueno.
Carmen
20/05/2026 a las 18:07
Creo que está muy bien descrita la distopía, consigues crear un ambiente opresivo pese a la aparente conformidad de los protagonistas.
Es un buen texto, no solo por lo acertado de las descripciones, tambien por tu estilo límpio y creativo.
Enhorabuena.
Codrum
21/05/2026 a las 08:56
Hola, Jaime:
Los textos que he leído en esta edición tienen un inicio que atrapa de golpe. El tuyo también. No conocemos nada de la ciudad de la Ceniza, pero con 12 palabras, queremos saber.
Has tenido un vocabulario bien elegido y unas imágenes poderosas:
–los colores del mundo hasta convertirlos en una escala de olvido.
–el aplauso les impide escuchar su propio miedo
Lo que no me ha quedado claro es cómo una sirena puede roncar. Puede emitir un sonido ronco, pero roncar… no lo había oído antes.
En cuanto al texto, me parece que es muy tierno. Tomas una escena muy tierna, una noche antes de un momento muy importante, y reflexionamos junto a los dos protagonistas.
Tengo dudas de lo que ellos opinan. Mara en su primera frase parece conforme, integrada a la situación. Pero luego cuando menciona lo del miedo, parece que no está de acuerdo.
El mito de la caverna está aquí mostrado en una distopía muy curiosa. Mencionas unos cuantos departamentos y creo que los introduces poco a poco de tal modo que no abruman al lector y le das toda la información necesaria para entender el texto.
Muy buen texto.