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PRIMER TURNO - por IGNACIO ZrgzR.

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El tercer oficial inicia su guardia en el puente de mando. Un termo de café cargado le espera junto al parte de incidencias del oficial saliente.
El barco navega por un mar envuelto en una niebla permanente. Nunca vamos a saber lo que se oculta tras el horizonte. El ruido de los motores compite con el graznido de un pájaro y el soplo incansable del viento del norte. Una vista cenital muestra la deriva del barco hacía algún punto perdido en un infinito sin conciencia.
Las comunicaciones están cortadas. No hay contacto ni conexión con el mundo civilizado. No se sabe si por problemas del sistema o porque ahí fuera ha pasado algo y ya no queda nadie.
Se ha ordenado proveer a la tripulación de vestuario de abrigo, e incluso facilitar algunas prendas para el pasaje. El viaje resulta ser más largo de lo previsto y el tiempo se ha enfriado.
El tercer oficial observa los detalles. El plano corto nos acerca a un drama con algunos toques de comedia fruto de la coexistencia de dos sociedades paralelas.
Por un lado, los que han pagado por un crucero exclusivo, aventureros vestidos de sport que pasean por cubierta, disparan sus fotografías contra el cielo azul cobalto, se reúnen en el salón social en torno a una chimenea decorativa, juegan al bridge y saludan a un capitán con aires aristocráticos. Por las noches toman sus copas mientras escuchan un repertorio previsible al piano que toca el artista correspondiente. El aplauso con que despiden cada una de las piezas es más un recordatorio de que están ahí para divertirse que el reconocimiento de un virtuosismo orillado en la industria de la animación.
Por otra parte, una tripulación de amplia geografía sometida a cuadrantes extensos, descansos escasos, y una disciplina cercana a la cadena de montaje. Los oficiales alternan sus turnos en el puente con paseos por todos los recovecos de la nave. Existen unas profundidades: la sala de máquinas, las cocinas, la bodega, donde habitan seres que rara vez suben a cubierta.
Una pareja de novios, ante la prolongación sin fecha del viaje, le pregunta al tercer oficial si el capitán podrá casarles, mientras bromean sobre que sus padres no les perdonarán no asistir a la ceremonia. La conversación le permite eludir el cerco de una chica joven que distrae su aburrimiento coqueteando con todos los que llevan uniforme. No es la única, su padre le tira los tejos a una camarera a la vista de todos, incluida su esposa que finge despistarse asediando a su hija para que participe en el entretenimiento organizado. El viaje se alarga indefinidamente y las historias replican las novelas de quiosco.
Algunos comentarios en el comedor de oficiales se cortan cuando aparece el capitán. Sucesos extraños como la enfermedad misteriosa de un pasajero de la que el médico de a bordo no quiere hablar, el polizonte oculto en las profundidades del barco que ha aparecido tras dos semanas de travesía y cuya cara nos recuerda a alguien famoso, la desaparición de unas joyas de la caja fuerte del sobrecargo, la aparición de un náufrago aquejado de amnesia que surgió en medio de la niebla, o un supuesto sabotaje en la sala de máquinas. Cada día pasa algo sin que nunca ocurra nada de verdad. Y todos, protagonistas, figurantes, técnicos y espectadores, comparten una ceguera absoluta sobre el destino que les aguarda. El tercer oficial siente que se ha aficionado a vivir en una pesadilla angustiosa en la que te persiguen pero eres incapaz de correr o gritar y, día tras día, consume insomne una historia que recuerda a esas series que llenan la programación de la televisión por cable con una leyenda en los títulos de crédito que dice: “Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia”.

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