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Los hijos de Anton - por Wanda Reyes

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—Dos gritos se oyeron una noche lluviosa de octubre. Bajo la luz temblorosa de una vela, en una habitación sórdida, nacía Anton Castillo. Como una sombra continuó su paso por el mundo, lleno de odio por su pobreza y con una ceguera moral que lo llevó a manipular a toda clase de personas. El estudio le ayudó a ocultar sus orígenes hasta alcanzar la presidencia de su pequeño país. Años después, formó parte de la comitiva internacional que moldeó el nuevo mundo. Su facilidad manipuladora lo convirtió en el líder absoluto.—
Máximo escribía junto a su cama bajo la luz tenue de una lampara.
—Desde niños se nos enseña que Antón descendió del cielo para salvarnos. Al nacer nos separan de nuestras familias y se nos asigna una profesión para toda la vida. Todos somos espías del régimen; cualquier disidencia debe ser reportada. La comida se reparte según el peso ideal, la ropa clasifica funciones y las parejas son asignadas por compatibilidad genética.—
Cerró el cuaderno y lo escondió bajo el colchón. Se había decidido a escribir la historia que había sido destruida de todas las bibliotecas.
—Máximo, tu turno en la cámara de apareamiento. Te tocó una bastante joven.
Máximo se levantó sintiendo náuseas.
Un grito desgarrador se escuchó a la distancia. Una mujer llamaba a su madre.
—Creo que es tu señal —dijo el hombre entre risas.
Máximo caminó en silencio hasta la cámara. Una joven yacía abrazándose las piernas. Él odiaba aquel lugar. Se acercó y la abrazó.
—Te inyectaré algo para que parezca que te desmayaste. Puedo evitar esto hoy, pero no siempre.
La chica tembló al sentir el piquete y cayó dormida. Máximo llamó al personal y explicó que la joven se había desmayado. Pidió reprogramar el procedimiento.
Después caminó hasta el despacho del máximo líder. Ser el médico personal de Anton era un privilegio extraño para alguien tan joven, aunque no tanto: Máximo pertenecía a la resistencia, una red secreta formada por familiares de prisioneros enviados a las islas de castigo.
Anton estaba frente a la chimenea, bebiendo whisky. Pensaba en su siguiente discurso y ya oía los devotos aplausos:…”una sociedad sana debe trabajar sin descanso; el ocio es el origen de toda maldad. Cómo aquellos que se resistieron al nuevo orden y fueron aislados lejos de las ciudades, rodeados de mar hasta aprender obediencia.”
—Buenos días, amado líder. He venido a hacer su revisión.
Anton observó al joven de cabello azabache y barba poblada antes de asentir.
—¿Cómo te llamas?
—Máximo, amado líder.
—¿Qué piensas de cómo vivimos?
El corazón le golpeó el pecho. Bajo su camisa escondía una dosis letal reservada para Anton. El plan debía ejecutarse durante el ataque de la resistencia, cuando el caos obligara a evacuar al líder hacia la cámara de resguardo. Allí pondría somníferos en su whisky antes de inyectarle el veneno.
Respiró hondo y recordó las frases repetidas durante toda su infancia.
—Tenemos una vida maravillosa. No hay pobreza ni enfermedad gracias a Antón Castillo, nuestro máximo líder.
Anton rio y le apretó el brazo.
—Puedes apostar tu vida en ello, chico.
Máximo continuó trabajando mecánicamente mientras imaginaba sus manos cerrándose alrededor del cuello del hombre que había convertido el mundo en una prisión. Su padre había sido enviado años atrás a una de las islas cárcel, donde terminó convirtiéndose en líder de la resistencia.
Tomó sus instrumentos dispuesto a marcharse, pero la voz de Anton lo detuvo.
—Estás distraído. ¿No te despides de tu líder?
—Perdone, amado líder. Su presencia me pone nervioso.
Se arrodilló y besó su mano, sosteniéndole la mirada.
Entonces sonó la alarma de ataque.
Los ojos de Máximo brillaron al ver el miedo nublar los de Anton

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