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GALERÍAS ZHĪZHŪ - por Cristina BridgertonR.+18
Web: https://substack.com/@delunora
Ese era el día en que toda una generación cumplíamos 20 años, la mayoría de edad. Un momento especial en el lugar donde vivo. No se celebra una fiesta, se conmemora el progreso, y lo hacemos en un acto común.
Miré a mi alrededor y vi a un montón de jóvenes como yo, vestidas con sus kimonos más formales. Algunas estaban escuchando el discurso de la líder ejecutiva, Dà Zhīzhū, que nos daba la bienvenida a la adultez, mientras que otras movíamos las piernas y jugábamos con nuestros accesorios azul marino con nerviosismo. Colgantes, pulseras, anillos, pendientes… eran una prueba tangible de lo que estaba a punto de suceder, un símbolo que más tarde se leería como insurgencia.
Alcé la cabeza al techo, preguntándome cómo sería la superficie. Vivía en una gran ciudad dividida en dos: superficie y subsuelo o, como nos gustaba llamarlo a nosotros, el hormiguero. Fue la única solución que encontraron al problema de la sobrepoblación, construir galerías superpuestas, pero hacia abajo. Primero fue una, de unos diez pisos bajo tierra. Luego otra. Y otra. Y así hasta llegar al nivel -16. Ahora estaba en el -8, la mitad, una de las galerías más grandes y donde se celebraban la mayoría de eventos como este.
—Trabajaremos en una ciudad que os eleve como ciudadanos honorables… —la líder seguía su discurso, aunque no creo que “elevar” fuese la palabra más adecuada.
Cualquiera que no conociese el funcionamiento de nuestra comunidad admiraría la infraestructura de este hormiguero artificial, pero… no es fácil moverse de una galería a otra. De hecho, solo hay una manera: las chimeneas, grandes elevadores de cristal que suben y bajan a cambio de un peaje demasiado alto para el sueldo medio de las familias del subsuelo. Solo los más adinerados podían realmente disfrutar de ellas, pero también ciertas personas con un permiso especial, los pistones.
—Los pistones ascienden y descienden, aseguran la prosperidad de las Galerías —continuaba Dà Zhīzhū—. Os pondrán en contacto con negocios de otros niveles, proveedores, clientes… son la clave de nuestra economía.
A pesar de que su labor fuese bienintencionada, muchos los veían con envidia, como un grupo de egoístas que tenían la llave a la superficie pero no la compartían. Mi madre no opinaba lo mismo, por eso hoy mi plan era diferente a los del resto, más cooperativo.
Hoy me ayudaría uno de ellos, el señor Ming, con el que habíamos mantenido una estrecha relación durante los últimos cinco años. Fue gracias a él que nos enteramos de la rebelión propuesta para ese día y también la razón por la que mi madre aceptó dejarme subir.
Me di cuenta de que la líder terminó su discurso por cómo la ovación hizo vibrar el aire. Era la señal que esperábamos. Los aplausos se convirtieron en gritos de guerra, los gritos, en golpes, y los golpes en una estampida. Muchos de los que unos segundos antes estaban a mi lado, se agolparon alrededor de las puertas de las chimeneas, tratando de escapar violentamente.
Una voz masculina me sacó de mi aturdimiento, como si lanzase una corriente eléctrica por todo mi cuerpo:
—¡Reacciona, Xiǎo Yǐ! —me sacudió por los hombros y me agarró del brazo— ¡corre!
Intentó arrastrarme con él, pero las instrucciones de mi madre fueron claras. Debía esperar al señor Ming. Me zafé y lo miré contrariada, ¿quién se creía?
—¡Han retenido a mi padre! —replicó. Su pecho se movía de forma acelerada y su mirada, sombreada por un halo de dolor y por su ceño fruncido, se clavó en mí— ¡Él no vendrá!
No sé si fue el color de sus ojos atigrados o la decisión en su forma de hablar, pero fue en ese momento cuando, por un instante, lo reconocí.
—¡Eres su hijo! ¿no? —grité en medio del caos—, ¡el hijo del señor Ming!
Asintió y, tras unos segundos mirándonos con la respiración ansiosa, nos tomamos de la mano y corrimos a través del pánico. Dejamos atrás a los agentes aporreando a los sublevados y, de alguna manera, a quienes habíamos sido hasta entonces.
Cerré los ojos como despedida y, al volverlos a abrir, me creí presa de una ceguera absoluta.
—¿¡Qué está pasando!? —pregunté, aunque el bullicio detrás de nosotros me hizo entender la situación. Habían cortado la luz. Con las chimeneas paradas, nadie podría ascender.
El chico se giró mientras corría y pude leer su sonrisa en la oscuridad.
—No pensarías que las chimeneas eran nuestro plan A, ¿verdad?
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