Literautas - Tu escuela de escritura

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La fiesta - por Mónica Bezom

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Reconozco que me automedico con cierta eficacia. Pero no resultó así cuando me automediqué el casamiento.
La fiesta se perpetró en el coqueto piso de mi tía Kitty, bebidas multicolores mediante.
Mi tío —y mi padrino en este caos, digo, caso— y yo fuimos Sissí y el emperador bailando el vals, hasta que el emperador escapó hacia el aseo, emergiendo perfumado cual cuento del bosque de Viena andante.
Establecido su radio de acecho desde la chimenea, se concentraba en las invitadas, cuando apareció su novia Lola. El pánico cruzó el semblante de Mauro, que, fingiendo ceguera, planeó hacia una dama de honor fascinada por el aterrizaje.
Con una mueca que presagiaba la tormenta perfecta, Lola bajó al kiosco “a comprar”.
El empezóse del acabóse ocurrió cuando, de regreso, pulsó el timbre para que le abrieran la puerta de calle. Desde el sexto piso nadie se hizo cargo.
Siguieron timbres histéricos y sostenidos.
Nada.
Los timbres se desgañitaban, ante la pícara indiferencia colectiva.
Hasta que se oyó un grito de guerra proveniente de la planta baja.
—¡Abrí, impotente!
El balcón se convirtió en un palco repleto de cabezas mirando hacia abajo.
—¿Ah, no querés abrir? Pagame, entonces. ¡Pagá, que eso lo sabés hacer! —bramaba Lola.
Hubo aplausos.
—¡Por favor, qué escena tan desagradable y ordinaria! —comentaba Kitty, frunciendo los labios con asco.
No sé si aclaré que mi tío es medio sordo. En este caso, fue sordísimo y encabezó un trencito tendiente al desalojo del balcón indiscreto. Pero algunos seguían atentos al culebrón.
—¡Abrí, cornudo!
Por fin, un alma caritativa—-o taimada— le abrió.
Lola se dirigió enfurecida hacia mi tío, que ya tenía puesta su mirada candorosa.
—¿Te sentís mal, chiquita? Vamos, que te llevo —le susurró. Y la cargó literalmente, desapareciendo no sin antes guiñarle un ojo a la dama de honor, tipo: “ya vengo, esperame.”
El estupor generalizado degeneró en un silencio infame, interrumpido por mi futuro exesposo que, entonado, acusaba a mi primo de robarle la copa de vino.
—Ay, yo le dije a ella que no se casara. Mirá cómo muestra la hilacha. Resultó un loquito, ¿viste? —farfullaba Kitty, a quien quisiera escucharla.
En eso volvió mi tío con marcas en el cuello y rouge en la cara. Lola lo había devuelto estampillado.
Pasada la opereta de los timbrazos, la gente se divertía como loca.
Mi futuro exesposo contribuyó agarrando a mi tío —que se entregaba a cualquier payasada— para brincar fideo fino, cantando “dos elefantes se columpiaban sobre la tela de una araña; como veían que resistía, fueron a buscar otro elefante”. Enseguida se sumaron voluntarios.
Yo me reía, no sé de qué.
El salón parecía un saloon donde una junta de varones desaforados de variopintas edades y profesiones de bien bailaban fideo fino, al son de “veinte elefantes se columpiaban…”.
Fui a buscar la torta para atemperar el dislate.
Justo cuando la partíamos, irrumpió Lola gritando que "ese impotente" no iba a desalojarla de la fiesta.
Sobrevino un incómodo silencio.
El cántico masculino se detuvo cuando andaba por los cincuenta elefantes, mientras algunos bailarines eran ayudados por sus esposas a levantarse del piso. Fue un momento sublime diríase, dada la armonía que imperó, leve y fugitiva.
De pronto, el movimiento se reanudó hacia los guardarropas. Los invitados se despedían apresuradamente.
En la confusión, mi tío no pudo esquivar a Lola y fueron a dar a un sillón, con tan mala suerte que quedaron abrazados. No tardaron en hacerse mimos y ya ninguno de ambos se acordó quién empezó qué cosa.
La dama de honor se despidió dedicándole a mi tío una mirada rencorosa, gruñendo que Mauro era "un típico donjuán de cuarta."
Mientras, la vecina del séptimo, cansada de golpear la puerta, nos avisaba a través del balcón que había llamado a la policía a causa del griterío. Aunque creo que no dijo griterío… No sé, la verdad.
Mi futuro exesposo y yo abandonamos la fiesta en puntas de pie.
Como las llaves del auto las tenía mi tío, que estaba perdido en los brazos y piernas de Lola, nos paramos en la esquina del Jardín Zoológico esperando un taxi salvador.
Pero ninguno se detenía. Hasta que uno se apiadó.
Durante el viaje, el chofer nos observaba con intriga por el espejo retrovisor. Finalmente, la curiosidad le ganó.
— ¿Y, chicos? ¿Estuvo bueno el baile de disfraces? No sabía que el Zoo abría de noche. ¿O fue en el Botánico?
—¿… ?
— ¡Qué buena iniciativa, la de esta intendencia! Los voy a volver a votar.

Ccomentarios (1):

Elena M.

18/05/2026 a las 17:43

Hola Mónica, he disfrutado muchísimo leyendo tu relato. Me parece maravilloso el tono, cómo se va desarrollando la historia, cómo está narrada y el final me parece redondo.
Hay un detalle que me ha gustado especialmente y es que la narradora habla de su exesposo, lo que hace que la historia tenga continuidad, no sé cómo explicarlo, pero me ha gustado mucho. Enhorabuena!!

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