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Búsqueda y retorno - por Daniel Escobar CelisR.

Era mediodía, pero el smog apenas dejaba pasar algunos rayos solares. En la distancia podía distinguir la gran chimenea: un recorrido de unos cuantos minutos en línea recta a través del valle. Sin embargo, la hondura estaba dominada por una niebla verduzca, famosa por provocar una ceguera momentánea con un ardor en los ojos que podía durar todo un día. Sentía mis pulmones pesados; sin el metal, el aire se volvía veneno.

Llegué a mi destino cerca del atardecer y esperé agazapado entre la chatarra y los árboles petrificados. No quería que aquellos seres me vieran. Pasé el tiempo moldeando la imagen de mi hermano en madera; la estatuilla estaba avanzada. Había esculpido ya su alargado rostro y extremidades, pero faltaban algunos detalles en las piernas. Cuando la oscuridad cubrió todo con su manto protector, colgué la pieza de mi cuello y me acerqué a la verja. La recorrí buscando un agujero escondido por el cual pasar. Me aseguré de no tocarla; la vez anterior había salido disparado por una corriente que me dejó aturdido y tuve que huir de los guardias que disparaban desde las torres.

Cuando pasé la cerca, me dirigí hacia la gran chimenea. A diferencia de las que estaban en las afueras de la ciudad, de esta emanaba un aire agradable que me llenaba de energía, pero no estaba allí por ella, sino por la mina abandonada al fondo.

Merodeé entre las sombras con la seguridad de no ver a ningún humano. Pero, por desgracia, vi mi camino interrumpido por una multitud. Varias hileras de personas con sus mascarillas yacían paradas frente a un muro desde el cual otro hablaba. No podía entender nada, pero tras unos segundos escuché un gran aplauso unísono.

Caminé agazapado buscando una ruta que me permitiera evitarlos, pero entonces escuché un grito. Al voltear, vi a una mujer con su máscara retroceder despavorida mientras clamaba, temblaba y se alejaba por el suelo sin dejar de mirarme. Gruñí de rabia y corrí directo a las grutas. Ya era inútil esconderse. Sabía que para ellos yo era un monstruo de pesadilla.

La multitud se dispersó en todas direcciones lanzando alaridos, tropezando y pasando por encima de otros. Los ignoré; no me interesaban y no podía esperar a que aparecieran los hombres armados.

Escuché un estruendo y sentí un dolor punzante en el hombro. Al girar, vi a un enmascarado apuntarme con una escopeta. Un sujeto pasó a mi lado, lo tomé de un brazo y lo arrojé encima del agresor. Eso me dio tiempo suficiente de escabullirme entre las rocas y ganar la entrada de un socavón.

La iluminación era pobre, pero suficiente para mí. Busqué entre las vetas señales de lo que me había atraído a aquel lugar. Me dolía el brazo y tenía que lograr que el mal rato valiera el esfuerzo. Finalmente encontré el rastro metálico y empecé a escarbar. Mastiqué con ansia un trozo de mineral de plata, sintiendo cómo el calor de la vida regresaba a mis venas y mis músculos recuperaban su fuerza. Guardé el resto en una bolsa de tela.

Me refugié en la cueva durante cerca de un día hasta el anochecer siguiente, asegurándome de adentrarme en el laberinto cada vez que percibía alguna presencia extraña.

Cuando me sentí seguro salí; tenía que encontrar la ruta de retorno lo más pronto posible y volver a mi hogar en las cavernas del valle externo. Todo pareció marchar bien hasta que me encontré de frente con un niño. «¡Otra vez no!», pensé; no podía permitir que el pequeño vociferara y se desatara el caos de nuevo. Apreté mis garras, listo para silenciarlo, pero noté que ni se inmutó. Por el contrario, me ofreció algo.

Al observar con detalle, vi varias monedas del metal brillante. Eran años de salud para los míos. Por un instante no supe cómo reaccionar, pero luego las tomé; entonces él me señaló el cuello. ¿Quería mi talla? Dudé, pero por extraña que me pareciera la situación, se la entregué. El infante hizo un gesto con la mano, sonrió y se marchó corriendo. Yo, contrariado, logré marcharme y llegar cerca del amanecer a mi hogar.

Por más que lo intenté, nadie me creyó la historia del niño y aún pienso en él de cuando en cuando.

Ccomentarios (1):

Ángela Cruz

18/05/2026 a las 22:18

Hola Daniel, me alegra de que hayas incluido una anécdota positiva con niño generoso para endulzar la desesperación inherente a una distopía. Muy potente la frase “Mastiqué con ansia un trozo de mineral de plata”, contiene toda la tensión acumulada en la historia.
De otro lado, creo que podrías haber expresado las ideas en tu cuarto párrafo omitiendo algunas palabras que no aportan al significado de lo que describes. Me refiero a “vi mi camino interrumpido por una multitud”, o “yacían paradas”. Me ha costado seguir el movimiento del personaje en su incursión en terreno hostil, quizás porque el tiempo avanzaba de forma brusca. Se me ocurre que la causa puede ser la limitación de palabras. Seguro que tenías una historia con muchísimos más detalles en tu cabeza, y has tenido que recortarla para ajustarte a las 750.
De todas formas, nos queda una imagen clara y triste del planeta que has creado.
Nos leemos.
Un saludo.

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