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La noche en tus ojos - por Guillermo Cédola
A veces, cuando me quedo solo frente a un fuego que empieza a morir en estas noches húmedas, vuelvo a aquel momento. La recuerdo con una nitidez que me lastima, como si la niebla del río todavía estuviera pegada a mis vidrios.
Esa noche, la luz estaba perdiendo la batalla frente a la ceguera.
En la chimenea, las chispas de los maderos bailaban y cantaban como esperando un aplauso que nunca llegaba. Subían, giraban, se deshacían en el aire pesado de la sala.Parecían pequeñas criaturas felices, aunque duraran apenas un instante, sin saber que toda su gracia consistía en extinguirse.
Ella tenía las manos sobre la falda, quietas como dos animales domésticos dormidos en el mismo sitio. Sus ojos abiertos, inútiles, apuntaban al fuego con una dignidad que a mí me daba vergüenza.
—Hace frío —dijo.
No era cierto. La sala estaba cálida; La chimenea empañaba los vidrios y dejaba una tibieza quieta en la sala. Afuera, la humedad del Pata lo había borrado todo: el jardín, los paraísos del patio, el sendero de piedras. Todo lo que alguna vez tuvo contorno preciso empezaba a desaparecer bajo ese manto blanco.
Pero yo no la corregí.
Aprendí tarde que las palabras se enfrían antes que las cosas. Ella decía “frío” porque ya no encontraba en su vocabulario la palabra “distancia”. Decía “frío” porque se sentía lejos de mí.
Me acerqué un poco, intentando descifrar si habitaba la niebla exterior o si nadaba en recuerdos iluminados de otra época.
A veces aparecía en su rostro un gesto mínimo, y yo imaginaba que algo volvía a encenderse detrás de sus pupilas: una tarde en Mar del Plata, el borde de una sábana al sol, una risa subiendo desde un patio de baldosas rojas.
En esos recuerdos, ella todavía podía ver. Me lastimaba pensar que su verdadera vida ocurría allí, en una claridad a la que yo no tenía acceso, y que yo era apenas un bulto sentado en una silla, alguien fuera de su paisaje cotidiano.
La chimenea crujió con una alegría breve. Por unos segundos, la sala asistió a una función diminuta: las llamas abrieron sus cortinas anaranjadas, los maderos acomodaron sus voces roncas y la ceniza esperó su turno en silencio.
Nadie aplaudió.
Ella nunca fue de aplaudir el fuego. Decía que lo hermoso no necesitaba permiso para terminar. Creía que el fuego, como el amor o la memoria, tiene derecho a apagarse sin que nadie intente retenerlo. Antes, cuando todavía éramos jóvenes, yo me reía de esa frase. Ahora me parecía una verdad justa.
Miré sus manos. Seguían ahí, con esa quietud cerrada que ya no era descanso sino retirada. Recordé esas manos haciendo cosas simples: alisar una camisa, servir una taza de té, buscar una llave en el fondo de la cartera.
—¿Estás ahí? —pregunté.
Mi propia voz me sonó extraña.
Tardó en responder. Su voz llegó despacio, sin buscarme, como si viniera de una habitación cerrada dentro de ella.
Yo habría podido tocarle el hombro o repetir mi nombre hasta que las sílabas recuperaran su peso, pero entendí que había una parte de su ser a la que ya no llegaba ninguna vibración humana.
El fuego volvió a levantarse una última vez. Las chispas golpearon el aire como letras de una escritura que se borraba al nacer. Tal vez la memoria fuera eso: no una llama, sino el breve resplandor que deja una cosa antes de perderse.
—Soy yo —dije, casi con pudor.
Movió apenas la cabeza hacia el ruido de la leña, no hacia mi cara.
—Sí —contestó.
Esa respuesta me dio miedo. No había reconocimiento en su tono. Solo una amabilidad cuidadosa, como si temiera herir a un extraño.
Entonces dije una frase nuestra, un código privado que durante décadas había sido nuestra frontera contra el mundo. Esperé que alguna puerta se abriera, que un gesto mínimo en su cara me confirmara que todavía me reconocía.
Pero no pasó nada.
Solo el fuego respondió con un crujido seco, final.
Las chispas dejaron de centellar y las voces de los maderos se acallaron. La función terminó sin aplausos. Los maderos ya no estaban; solo quedaba una respiración roja, cada vez más débil, hundiéndose bajo la ceniza.
La miré esa noche, y supe que seguiría mirándola mucho después, cuando el sillón estuviera vacío y la chimenea solo guardara ceniza. Al apagarse la última brasa, no supe qué se había callado primero: el fuego, la casa o ese sitio suyo donde yo no existía.
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