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ELIMINANDO EL VIRUS - por Marta T GR.

El plató de televisión olía a cloro y a miedo ensordecedor. Marina ajustó el micrófono, sintiendo el roce metálico y frío contra su piel.

—Las causas fueron diversas — explicaba la socióloga a la cámara:

—La precariedad congeló hogares. Además, el rugido de las guerras y el veneno verbal de los líderes políticos fracturaron la esperanza. Algunos decidieron ser el último eslabón de su progenie. Querían saborear la belleza agonizante de la Tierra antes del final.

Marina hizo una pausa. El silencio del estudio era denso.

—Buscamos paz en el calor peludo y los ojos puros de las mascotas, ellas suplieron nuestra soledad porque al regresar a casa, un perro era un estallido de alegres ladridos, una textura de amor incondicional que obligaba a pisar la calle. Pasear era tocar la realidad, socializar, escuchar la risa del vecino. Muchas familias tejieron su vida alrededor de estos seres. Por eso, lo que vivimos hoy es una dolorosa amputación—.

—Esta pandemia nos pilló con el corazón desnudo. Nunca invertimos tanto en veterinarios, cuidados, vacunas o psicólogos para animales—.

— ¿El origen del virus? —

Marina saboreó el gusto amargo de la impotencia.

—Ya no importa. La ley obliga a entregar a estos pequeños miembros de la familia para ser sacrificados, estén o no contagiados. Es un dolor intenso, un grito sordo que desgarra el pecho. Recomiendo atención psicológica para los desconsolados. Es un duelo colectivo— finalizó.
Marina se despojó de los cables, no hubo aplausos a su conferencia.

El trayecto de un kilómetro hasta su casa fue un desierto de estímulos. El asfalto vibraba con un silencio gris y estéril. Ni un solo ladrido arisco, ni un maullido suave, ni un canto triste de aves. La ciudad tenía el tacto de un cementerio de hormigón.

Una lágrima tibia y salada dibujó un surco húmedo en su mejilla. El silencio absoluto no era casual. Era el resultado directo del Comité de Bioseguridad Global, el órgano tecnocrático que había disuelto el parlamento tradicional bajo el lema: "La supervivencia humana no se debate". Para evitar que el virus mutara hacia nuestra especie, el régimen impuso «Cero mascotas, Si a la procreación humana».

Las medidas no se limitaban al sacrificio masivo; la ceguera del gobierno desplegó patrullas de drones equipados con escáneres térmicos que peinaban los cielos, buscando animales tras de las paredes de los hogares. Las alcantarillas se inundaron con olor dulce a gas cloroformo y las aceras se rociaban diariamente con un desinfectante violeta de olor químico y penetrante que quemaba las fosas nasales de los transeúntes. Poseer un animal ya no era una falta; era considerado bioterrorismo de Estado, castigado con la reeducación forzosa en campos de aislamiento.

Al entrar en su hogar, la aturdió el silencio, encendió la chimenea y caminó con pasos de seda hacia el dormitorio. Deslizó el panel oculto del armario. Al instante, el ambiente se impregnó de un aroma dulce a pelaje limpio y paja seca. Cinco pequeños perritos —dos chicos y tres chicas— y su madre, se pusieron en pie de un salto. Sus colas abanicaban el aire en un frenesí de pura vibración alegre. Sin embargo, la escena era un cuadro de sutil terror: saltaban, abrían sus hocicos, pero de sus gargantas solo brotaba un soplido seco. La laringectomía clandestina los había confinado a una alegre mudez para salvarles la vida. Marina se desplomó en el suelo del salón. El contacto de las lenguas húmedas y los hocicos tibios contra su rostro fue un bálsamo de luz en la oscuridad.

Con movimiento sutil, entornó unos milímetros la persiana exterior. Un hilo de sol dorado, brillante como un acorde agudo de violín, cortó la penumbra. Los seis animales se tumbaron bajo el calor de esa línea luminosa. Marina se entrelazó con ellos el resto de la mañana, en un abrazo de pelaje y piel.

De pronto, una luz roja parpadeante fracturó la paz del escondite, barrió las rendijas de la persiana. El escáner térmico de un dron gubernamental se había detenido justo frente a su ventana. Las alarmas de la calle comenzaron a aullar con un chillido metálico y azulado.

Marina agarró los perritos, que la observaban con ojos brillantes llenos de muda confianza. Escuchó los pasos pesados de las botas militares golpeando el pavimento exterior, acercándose a su portal, se ocultaron en la pequeña habitación blindada tras el armario. Rogó porque que el último olor que sintieran no fuera el del cloroformo del gobierno, sino el aroma a hogar de sus caricias.

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