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Suspendido - por AnerR.
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Nadie recuerda con exactitud cuándo las vidas empezaron a cotizar. En algún momento las redes dejaron de ser un lugar donde la gente contaba lo que hacía para convertirse en registro oficial del valor de una persona. La cámara permanente. La emisión continua. Padres abriendo perfiles a sus hijos procurando que, ya desde el parto en streaming, fuesen activos en formación. Luego las métricas se convirtieron en precio, y el precio en lo único que importaba conocer sobre alguien. El resto fue infraestructura.
Los nodos de valoración se instalaron en edificios que la ciudad ya no sabía para qué usar: capillas, ateneos, bibliotecas. Lugares donde lo intangible tuvo peso alguna vez. En ellos, tasadores instruidos examinaban las vidas antes de su acceso al mercado. Evaluaban la densidad de lo compartido, la aspiración proyectada, la envidia generada. Si algo no era publicado o retransmitido, no existía como activo. Quizá existiese de otra manera, pero no de una sobre la que hubiese mucho que decir.
—Ni vacaciones, ni fiestas… —dijo Vera sin levantar la vista del panel—. ¿Qué hace los fines de semana?
—Salgo a caminar —respondió el hombre.
—¿A dónde?
—Al monte. Hay un sendero que sale justo detrás de mi casa.
Vera tomó nota. Al otro lado del cristal, la sala de operaciones seguía su pulso cotidiano de pujas bulliciosas e índices en verde y rojo. Frente a ella, el hombre permanecía impasible, con las manos sobre las rodillas.
—¿Documenta sus caminatas?
—No.
—¿Las comparte?
—Qué va.
Azuzada por cierta incomodidad interior, Vera alzó la mirada. El tipo no parecía desafiante; parecía, simplemente, no conectar con las preguntas.
—¿Y entre semana?
—Trabajo. Leo junto a la chimenea. Toco el piano.
—¿Índice de Satisfacción Vital declarado?
El hombre frunció levemente el ceño.
—No sé qué es eso.
Exasperada, Vera dio por finalizado el proceso en el panel y esperó la resolución, habitualmente instantánea. Sin embargo, pronto los segundos fueron minutos, largos minutos teñidos de tensión y parálisis por lo inusitado del incidente. Media hora después el trámite seguía abierto y el programa corría en bucle.
Los tasadores estaban acostumbrados a otro tipo de material: escapadas de lujo, voluntariado fotogénico, protestas multitudinarias contra alguna guerra de moda. Activos fuertes, fáciles de categorizar, con miles de visualizaciones y botones de envidia pulsados en cuestión de horas y que el mercado gestionaba diligentemente. Aquello, por contra, era muy distinto. En un régimen construido para medir el deseo ajeno como proxy del valor propio, una vida que no suscitaba anhelo era una existencia incuantificable. Latía en ella, no obstante, una densidad que los algoritmos detectaban sin poder etiquetarla, como una frecuencia carente de receptor.
Tras el cristal, el rojo teñía la mayoría de índices. Alarmada, Vera accionó el intercomunicador para consultar con otros nodos, y supo que en varios países habían interrumpido toda transacción en curso para destinar capacidad de cálculo a un único expediente. Los mercados de São Paulo caían a mínimos. En Madrid, Frankfurt o Shanghái iniciaban protocolos de emergencia sin nombre oficial que nunca habían hecho falta.
Mientras colgaba el aparato, aturdida e indecisa, en la mente de Vera brotó la memoria ignota del último libro que leyó. También pensó en el piano de casa, sometido al más voraz desuso; estaba siempre tan ocupada.
—¿Puedo irme ya? —inquirió el hombre, que había sido paciente durante todo ese tiempo.
—Espere. Una última pregunta —lanzó Vera, titubeante. —¿Es usted… feliz?
Decirlo y arrepentirse fueron uno. Feliz no era un término de peritaje. Feliz no era la medida de nada. El hombre sopesó la respuesta.
—A veces. Cuando el sendero sube y cruzo la niebla y arriba el sol amarillo me provoca ceguera. Cuando veo la cesta rebosante de setas. Cuando me enfrasco componiendo y de pronto han pasado tantas horas.
Por el lateral del ojo Vera percibió la pantalla del panel concluyendo el procedimiento y mostrando las cifras del veredicto. Densidad semántica: 9,7 Hegels. Categoría: Anomalía. Cotización inhabilitada.
—Márchese.
El tipo recogió su chaqueta y enfiló la salida, indiferente al resultado. La puerta se cerró detrás de él con una solemnidad impropia de un objeto. Vera meditó sobre los millones de vidas aún en pausa. Las cenas fotografiadas, los viajes guionizados, las causas abrazadas y abandonadas; toda esa actividad frenética, difundida y envidiada, que mantenía en movimiento un sistema ahora suspendido para que los algoritmos lograsen computar algo que ningún mercado tasó antes. Una vida que no buscaba aplauso. Un habitar pleno y despreocupado. Una biografía sin utilidad pero colmada de significado.
Comentarios (3):
Aram
18/05/2026 a las 21:41
Hola Aner,
Me encantó tu relato y qué coincidencia que tengamos a una Vera en nuestros textos. Por favor pasa a comentar el mío, estoy arriba.
Voy a tratar de ser puntual y propositivo, a la vez que humilde.
Lo que más me gustó: Lo bien lograda que está la distopía. Te mete de lleno y las descripciones son sublimes.
Lo que menos me gustó: El inicio, creo que podrías empezar el relato directo en el diálogo quitando toda la parte de descripción del mundo y sus reglas. Creo que se entiende de igual manera y es más potente si inicias con “—Ni vacaciones, ni fiestas… —dijo Vera sin levantar la vista del panel—…”
Lo que creo que podría mejorar el relato: No se me ocurre mucho además de lo que te comenté respecto al inicio. Tal vez el final podría ser más contundente. Algo como lo que tú mismo escribes: “toda esa actividad frenética, difundida y envidiada, que mantenía en movimiento un sistema ahora suspendido para que los algoritmos lograsen computar algo que ningún mercado había valorado antes.”
De todos modos es solo una humilde opinión. Me encantó tu relato. ¡Sigue escribiendo y nos leemos luego!
José Torma
20/05/2026 a las 22:26
Hola, Aner.
Gracias por pasarte por mi relato y más por recordarme. Me hiciste la tarde.
Hace muchos años, un primo cascarrabias que tengo y éramos jóvenes los dos, me dijo que no entendía esa manía de la gente de estar documentando todo. Qué comió, a dónde fue, con quién se vio.
Yo lo pensé un instante, porque, aunque si posteo en redes, lo mío es subir bebidas. Fotos de una cerveza helada en mi bar favorito.
Recuerdo que le contesté.
La inmediatez de la vida ahora, hace que necesites gritarle al mundo que aquí estas. Es fácil perderte entre dos mil seguidores y no tener con quien compartir una copa de vino en vida real. Documentan para probarse a si mismos que existen y que estuvieron.
Esto que te platico fue hace mas de 20 años y sigue siendo actual.
La vida ha seguido y hemos perdido contacto, el no habita las redes y tal vez sea ese hombre que camina por el sendero y que vive sin publicitarlo. Tu mundo distópico es alarmantemente similar a la vida diaria.
Al final y como en otro relato que leí, nos das un respiro y nos tiras un salvavidas. Tal vez Vera tenga un despertar y sea contagioso. Tal vez el mundo regrese a lo simple, tal vez algún día nos dediquemos a vivir y no reportar.
Me ha gustado mucho tu relato que es una introspección al daño que la modernidad nos ha hecho como humanos.
Felicidades, un gusto leerte.
Hugo
21/05/2026 a las 01:41
Hola Aner:
Me gusta la primera frase. Es intrigante. Luego con dos párrafos de introducción (163 palabras) nos enteramos que en ese mundo distópico las redes son el registro oficial del valor de una persona y que el precio es lo único que importaba conocer sobre alguien.
Me pareció muy buena la referencia a los edificios que no tenían uso y se transformaron en nodos de valoración donde los tasadores examinaban las vidas antes de su acceso al mercado. Quizás las dos últimas frases del segundo párrafo no sean necesarias porque, de alguna manera, las cosas que evaluaban se desarrollan a continuación en lo que sería el nudo de la historia.
El conflicto, radica en la confusión que se le presenta a Vera, en tanto tasadora, al entrevistar a un personaje que escapa a todas las pautas establecidas en ese mundo distópico. La duda queda plantada: ¿logrará Vera volver a leer un libro o a tocar el piano?, en definitiva, volverá a ser “humana”. Y si vamos más lejos, todo el sistema de control computarizado, que también entra en crisis a partir de esa evaluación, será lo mismo a futuro o cambiará los parámetros de evaluación y comenzará un proceso de cambio y si es así ¿hacia dónde irá ese cambio?
El conflicto desemboca en un final abierto, dejando la esperanza de una vida que no busque aplausos, sin utilidad pero colmada de significado. El relato finaliza pero la historia continúa en la mente del lector.
Muy buen trabajo, Aner, felicitaciones.
Te comento algunas cosas menores que me llamaron la atención. No digo que estén mal, solo que me distrajeron un poco:
Índice de Satisfacción Vital declarado: Me pareció genial, muy original, como parámetro de evaluación. Lo pondría con minúsculas porque tiene densidad propia, no hace falta resaltarlo con mayúsculas.
Algo que tuve que investigar es el significado de la palabra “proxy” ̶ lo que quizá te resulte extraño ̶ , porque cuando yo era joven no existía la informática y representa un término nuevo. Eso me llevó a pensar ¿para quién escribimos cuando escribimos?
Se menciona familiarmente “proxy”. Esa frase ¿está elaborada para las personas que conocen el significado de la palabra proxy? Me costó advertir que se trata de un término informático, el contexto me llevó a pensar que podría ser algo así como “en función de”, pero el modo en que está puesta la palabra lleva implícito que el lector sabe de qué se le está hablando: está dirigida a un lector que conoce la palabra. En literatura es un procedimiento común el recurrir a referencias culturales dando por sentada la comprensión.
“…la memoria ignota del último libro que leyó.” Creo que sería mejor “que había leído”
Y en esa misma frase: “…estaba siempre tan ocupada.” Lo pondría entre signos de admiración. Creo que es un ejemplo claro de estilo indirecto libre. ¿Quién dice esas cuatro palabras, el narrador o Vera?
“—A veces. Cuando el sendero sube…” Remplazaría el punto y seguido por una coma:
—A veces, cuando el sendero sube…”
Lo mismo que con “proxy”, me pasó con “Densidad semántica: 9,7 Hegels.” Tuve que investigar porque no hay ninguna unidad de medida que se exprese en Hegels. Concluí en que la frase es una forma figurada y humorística de decir: “Esto tiene un nivel de complejidad, profundidad filosófica y abstracción casi imposible de descifrar”. Equivaldría a decir que algo es “tan incomprensible y profundo como leer a Hegel”.
No me despido sin antes mencionar la excelente imagen de” La puerta se cerró detrás de él con una solemnidad impropia de un objeto”
Felicitaciones nuevamente.
Hasta la próxima lectura.