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La ensalada - por SilvinaR.

La Ensalada
El mundo no se destruyó con un gran estallido, sino con millones de pequeñas certezas. Todo empezó a mediados del siglo XXI, cuando la locura humana alcanzó su punto crítico. Los algoritmos de comunicación, diseñados para conectar a las personas, terminaron por aislarlas en burbujas ideológicas radicales. Los gobiernos descubrieron que era más fácil gobernar a una población fanatizada que a una unida. La intolerancia al pensamiento ajeno desató guerras civiles fragmentadas, y la desesperación por la supremacía científica derivó en la filtración de virus de laboratorio que provocaron pandemias mundiales. El planeta se convirtió en un caos de tribus enfrentadas donde el que pensaba distinto terminaba muerto. No hay salida ni esperanza, a menos que te guste la ensalada.
Acá, recostado en esta ventana, recuerdo ese día como si fuera ayer y no hace veinte años.
Cuando abrí la puerta de la sala de reuniones llamada «La Ensalada», el búnker de la resistencia, me topé con las seis personas más variadas étnica y socialmente hablando. Tres mujeres y tres hombres; la cantidad era lo único en lo que eran iguales. Discutían lo que parecía una decisión de vida o muerte.
—¿Los sacamos o no? —preguntó uno, impaciente.
—Imposible si no tenemos la certeza de que están listos.
—¿Y cómo la tendremos si nunca lo probamos? Hicimos esto para tener una oportunidad de curar la ceguera del régimen.
—No —interrumpió una voz firme—. Hacemos esto para salvarlos, así como nos salvaron a nosotros.
Al escuchar esas palabras, un silencio reverencial cayó sobre la mesa. Cada uno de los presentes se tensó, arrastrado por el peso de sus propios recuerdos. Marina revivió la noche en que el anciano la sacó de los fusilamientos del Sector Norte; el joven a su lado recordó el refugio subterráneo que el viejo le abrió cuando las plagas azotaron su ciudad, y los demás rememoraron cómo esa misma mano temblorosa los había rescatado de los campos de reeducación ideológica cuando ya no les quedaba fe. Le debían la vida, la cordura y el aire que respiraban.
Como nadie notó mi presencia, simulé una tos. Todos se dieron vuelta. «Esta gente es cada vez más rara», pensé. Comencé a caminar, rodeando por detrás los sillones donde estaban sentados, mirándolos uno a uno.
—Ah… ya entiendo. Por eso se llama «la ensalada». Variado y colorido.
Marina me clavó una mirada de pocos amigos. —¿De todas las personas de este destruido mundo que podían unirse a nuestra causa, nos tocó el más idiota? ¿Qué va a aportar este mamarracho?
—Logística, transporte, armas —respondí con una reverencia exagerada—. Y también un poco de belleza y diversión a este proyecto salvador.
—Señor… —empezó el que parecía coordinar.
—Por qué la formalidad, llámeme Pedro nomás.
—Bueno, Pedro. ¿Sabe usted la importancia de esto? Viéndonos a todos, ¿dónde cree que está?
—Déjeme adivinar… ¿estoy en un live action de la Biblia donde la trama es repoblar el mundo con niños de todas las razas posibles?
—¡Quiero que se vaya! ¡Ahora! —gritó Marina.
—No, Pedro no se va —sentenció el anciano—. Él es lo que necesitamos. Marina, ¿sabes por qué hacemos esto? No se trata solo de salvar niños que pasan hambre o están enfermos. ¿Alguien puede decirme por qué es tan importante entonces?
El anciano suspiró, mirando al vacío. —Porque afuera, tras el colapso, el sistema perfeccionó el control. Ahora agrupan a las personas por ideologías y las inducen a fanatizarse solo con su propia opinión. Queman las cabezas de los que opinan distinto de una manera tan sutil que las personas no se dan cuenta. Somos unos pocos los que vemos el humo de esas chimeneas.
Impresionado, comencé un aplauso que fue secundado por exactamente nadie. Todos pusieron los ojos en blanco. Esta gente era tan distinta y tan igual a la vez.
—Perdón, es que me emocioné —dije, bajando las manos.
—Por eso lo necesitamos, Pedro —concluyó el anciano, mirándome con una sonrisa cómplice—. Para recordarnos que lo distinto está bien. Llevamos demasiados años queriendo derrocar a un régimen sin darnos cuenta de que estamos creando uno igual. Si vamos a buscar a esos niños para que sean idénticos a nosotros, entonces esto tiene que acabar ahora. Queremos alumnos que aprendan algo diferente, no seguidores.
El anciano se puso de pie, extendiéndome un mapa ajado con las coordenadas del primer orfanato estatal. Fuera, las alarmas de los recolectores comenzaron a sonar, rompiendo la paz de la noche. La misión acababa de empezar.

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