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Dependencia 2: La decisión - por Naír

He tomado una decisión. Y es irrevocable. Ya está bien de ser una tonta que aguanta traiciones por no tener un lugar donde caerse muerta. Basta de fingir no saber nada de sus adulterios. Estas tres semanas, tras el viaje, es lo que he estado haciendo. Fingir. He seguido aceptando sus flores, sus abrazos junto a la chimenea, sus constantes “eres la única para mí”… Todo igual que los últimos diez años de noviazgo, durante los cuales me repetía que deseaba pasar el resto de su vida conmigo. ¡Qué ceguera tenía! Incluso me pidió matrimonio dos veces. Le contesté que era muy pronto. Pero ya no lo es. Es el momento perfecto. Le diré que sí. Que me casaré con él. Y cuanto antes, mejor.
Lo que él desconoce es la verdadera razón de esta decisión: divorciarme.
Conduzco hacia su hospital, el lugar donde voy a darle el “sí”. Como me acaba de dejar claro mi abogada, entre cafés en la mesa de un Starbucks, es la única manera de quedarme con la casa y con su dinero.
– Si una pareja sin hijos decide separarse y no llega a un acuerdo, un juez decidirá quién tiene derecho a permanecer en la casa – me explicaba – El uso de la vivienda se suele otorgar al cónyuge más necesitado de protección. Alguien con menos ingresos…
– O sea, yo – interrumpí.
– …con menos posibilidades de encontrar otra vivienda…
– Yo otra vez.
– …o con una mayor vulnerabilidad.
– ¿Mayor vulnerabilidad? – pregunté.
– Sí. Algún problema de salud crónica o mental, como una depresión o ansiedad diagnosticadas, que se verían agravadas por la pérdida de su entorno conocido. ¿Tienes algo así?
– Estoy en tratamiento psicológico y medicada con ansiolíticos – confesé.
– Podríamos alegar eso. Además, si no tienes ingresos y él sí, podrías pedir una pensión mensual por el desequilibrio económico que te causaría la ruptura. Para ello, necesitaría un peritaje psiquiátrico que demuestre que tu ansiedad está cronificada y que la ruptura te ha dejado en una situación de “estrés postraumático” que te impide trabajar.
– ¿Y la casa? – pregunté, ansiosa.
– Si el juez entiende que tu salud depende de mantener tu entorno actual, será reacio a echarte. No será “para siempre” pero podemos estirar el chicle muchos años… y, mientras tanto, él te mantendrá. Esto si firmáis separación de bienes, pero…
– ¿Pero qué? – solté de inmediato, intuyendo que podía rascar más dinero.
– Si logras convencerlo de que no firme, ya sabes, con ese discurso de que “el amor no entiende de contratos”…entonces entraréis en gananciales. Te llevarías la casa, la pensión mensual y la mitad de lo que ese médico ahorre desde la boda hast…
¡Esa es la clave! Me he levantado de un salto y, dejándola con la palabra en la boca, he salido corriendo hacia el coche segura de que si con algo cuento es con una gran capacidad de persuasión.
Sé que tiene su descanso matutino en diez minutos. Me da tiempo; así que, allá voy.
Soy lista ¿eh? Me merezco un aplauso. Si no fuese porque tengo las manos al volante, me lo daría a mí misma. Entro en el parking del hospital, estaciono y, cuando voy a bajar del coche, no puedo creer lo que ven mis ojos: ¡La rubia de los Jimmy Choo! Pero lo que más me impacta es ver salir a mi novio, con sonrisa de quinceañero, directo hacia ella y plantarle un beso en los morros.
Vale. No puedo decírselo ahora. Aunque…a lo mejor sí. Cojo mi móvil y marco su número, agachándome tras el volante y rezando para que no se fije en mi coche. Saca el móvil del bolsillo:
– Julia – balbucea, nervioso.
– ¡Hola cariño! – finjo una alegría desbordante – solo te llamaba para decirte que sí. ¡Que sí quiero casarme contigo! Eres el hombre de mi vida – miento.
– ¡Cariño! ¡Eso es fantástico! Lo celebraremos luego. Ahora he de volver al trabajo.
– Claro, te quiero – vuelvo a mentir.
Cuelgo.
En ese momento veo que agarra a la rubia por sus estrechas caderas y continúan dándose el lote. ¡Qué sangre fría! La mía, en cambio, está hirviendo. Descargo un puñetazo contra el volante. Tengo ganas de bajarme del coche, agarrarlo por los pelos y arrastrarlo por todo el parking. Pero recuerdo mi plan y me freno en seco.
“Tranquilízate, por Dios, tranquilízate”.
Respiro hondo y obligo a mi cuerpo a calmarse.
Hecho. Nos vamos de boda.

Ccomentarios (1):

Naír

18/05/2026 a las 16:14

Hola!!Este relato es la segunda parte de “Dependencia”, el cual aparece en el número 37 del mes pasado. Gracias!

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