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Cuando soplan los vientos - por GitaR.
Cada cocina relucia como recién acabada de limpiar. A pesar del brillo y el entusiasmo, quedaba algo que no se decía, pero los ojos no te engañaban. En lo profundo de sus miradas, ese algo no resuelto permanecía oculto.
Se desempolvaban las recetas de más de cuarenta años en los que la añoranza salía a flote a buscar su propio espacio.
Todas vestían del mismo color, el negro, su preferido. El mismo delantal, las mismas cazuelas, hasta la misma sonrisa fingida que aparentaba distinción. Nada era original.
Cada grabación comenzaba puntual, invariablemente a las nueve, cuando ya el sol se había levantado sin que nadie diera cuenta de ello. Todas con su acostumbrado velo sobre sus cabezas, ya no tan vistoso como hacía diez años atrás; miraban a la cámara y con la fluidez que el tiempo en esta faena les había otorgado, comenzaba el programa y el aplauso del público se escuchaba, largo y seco, sin un eco que contagiara a más.
Ese día, cuando de repente toda la basura se dispersó comandada por un pequeño remolino que lo tragaba todo haciéndolo crecer cada vez con mayor fuerza, amenazando con desprenderlo todo de sus sitios y hacerlo desaparecer. En tanto, un ejército de nubarrones grises con millones de bocas se retorcía en medio del cielo sin ninguna disposición, nada comparable a cualquier otro que hubiese ocurrido en la historia se desató en el universo. Todo afuera era un caos, en cambio ellas, con sus pulcros delantales, su limpia cocina y sus recetas antiguas estaban ajenas a todo, desconocían lo ocurrido. A fin de cuentas, sólo a los hombres se les había permitido salir a explorar.
Aún ellas en sus casas, se sentían independientes, ganaban un salario por cada emisión de sus recetas que las mismas no llegaban a tocar. Ellos, los hombres las proveían de todo lo necesario para cocinar. Hasta desprendían el hollín que se quedaba atorado en la chimenea.
Las abuelas se quedaban sentadas en sus invariables asientos, acunando la ceguera que el tiempo les obsequiaba. Desde allí podían mover a voluntad cada hilo de la estructura familiar.
—Por fin te casarás, ya iba siendo el momento. Debes prestar bien atención. Ya a tu edad, tenía a mi primer hijo—, su cara arrugada dejaba ver una luz de satisfacción.
—Abuela, me gustaría tanto poder …—, sus labios enmudecieron de temor, sabía muy bien el genio de la abuela cuando la contradecian.
—Nada, nada, deja las figuraciones y prepáralo todo, no hay más que decir—, el silencio lo congeló todo, hasta las palabras.
La abuela murmuraba siempre en lo bajo, cuando recibía la bendición de un nieto. También al poder casar a las nietas, sentía un alivio conformista con la vida, con su propia vida, eran los mismos pasos que le habían enseñado a dar.
—Ya sabe prender el fogón, tiene la experiencia de su madre en la cocina—, será una buena esposa, se consolaba con eso.
Azadeh mantenía su mirada en el umbral de la puerta, como siempre, en sus pensamientos imaginaba el mundo exterior.
—¡Sí tan sólo tuviera una ventana!—, ¿Cuántas veces se había hecho ella esta misma pregunta?.
Así fueron sus días desde que iba creciendo, siempre con la misma curiosidad, quería conocer el afuera, no se conformaba con lo que pudieran contarle de tiempos pasados.
La abuela al referirle del pasado le enseñaba los colores, el azul del cielo; el de la hierba verde y fría de la mañana, aún vestidas con las gotas de rocío. El amarillo del sol y el rojo del fuego. Pero Azadeh, siempre quería más, conocer más.
Soñaba con pisar la hierba descalza y sentir correr las gotas de rocío en sus pies. Con los brazos abiertos quería dar vueltas y vueltas hasta caer mareada de felicidad. Disfrutar la frialdad del suelo en su cuerpo mientras el sol flotaria en medio del cielo acariciando sus ojos.
De repente, un viento fuerte golpeó la puerta de entrada y sin ningún contratiempo quedó abierta de par en par.
Con ojos despavoridos y por instinto, dio un salto y corrió hasta la puerta. Sus pies nunca habían tocado el otro lado de la puerta. Estaba allí, miró hacia atrás, y reanudó una rápida carrera junto al viento lejos de casa.
Comentarios (4):
Aner
20/05/2026 a las 21:50
Hola, Gita,
Sumamente peculiar tu distopía, una suerte de escenario donde pasado y porvenir parecen convivir, y mujeres confinadas al espacio de la cocina viven a base de emisión televisiva. Creo que es un universo con mucho por explorar en cuanto al tiempo en el que ocurre, su estructura social o las causas que desembocaron en él, aunque tal vez lo que reflejas es un modelo de sociedad por el que ya pasamos y que no por ello deja de ser distópico. Manejas un buen lenguaje, con sendas frases bien nutridas (“la fluidez que el tiempo en esta faena les había otorgado”), y un enfoque costumbrista cuya jerarquía resulta familiar e identificable. Me quedo con el ímpetu de esa niña, que es sin duda atemporal, y tras ella deja abierta la puerta a la inquietud y el deseo de conocer.
Saludos,
Gita
21/05/2026 a las 08:14
Saludos, gracias por tu comentario. Nos leemos.
Aram
21/05/2026 a las 16:44
Hola Gita,
Lo que más me gustó de tu relato: las descripciones y el ambiente en general están muy bien logrados
Lo que menos me gustó: creo que la limitante de 750 palabras hizo que tu texto se sintiera abrupto y con ganas de contar más
Lo que podrías mejorar: tal vez meter el relato en un ambiente más íntimo, una escena entre nieta y abuela hubieran resumido todo a la perfección, pero es solo mi opinión.
En general me parece un texto estupendo, sigue así y nos leemos en el camino.
Gita
23/05/2026 a las 21:03
Saludos Aram:
Gracias por tus comentarios, siempre se aprende. Y es cierto que 750 palabras no son suficientes pero forma parte del reto. Nos leemos.