Literautas - Tu escuela de escritura

<< Volver a la lista de textos

Criaturas. - por Dani BouquetR.

Alicia guiaba la marcha de su grupo, tres voluntarios aparte de ella. Avanzaba despacio, aferrando un cuchillo oxidado, con todo el sigilo que sus viejas Nike le permitían. Su cuerpo estaba en tensión; cada sombra, cada esquina, parecía esconder un monstruo. Tras atravesar el jardín sin sufrir ningún ataque, llegaron a lo que había sido la puerta de la mansión; apenas unos tablones hechos pedazos que aún colgaban de los goznes. Alicia asomó la cabeza entre los restos la puerta; tenía que descartar que hubiera bestias escondidas allí dentro, pero en mitad de la noche y sin encender ninguna luz, la situación se complicaba. Le habría encantado tener unas gafas de visión nocturna, como las que salían en las películas que le gustaban de niña, cuando aún había cines. Ante la falta de medios, sólo le quedaba confiar en sus sentidos. Prestó atención. No se veía nada en aquella oscuridad de medianoche, disipada por los rayos de luna que se colaban por las ventanas, y que marcaban los contornos de los muebles. Nada se escuchaba, aparte del cricrí de los grillos.
Alicia se dio la vuelta hacia Iván que, armado con su carcaj y su arco de competición, esperaba tras ella.
—Voy a entrar —susurró—. Cúbreme.
—Siempre —contestó él, con una sonrisa pícara.
Ella intentó ignorar el gesto cómplice de Iván —misión aún más difícil que la que se traían entre manos— y se centró en el objetivo: medicinas. Urgentemente. Todas las que pudieran recopilar. Echaba de menos las farmacias; ya no quedaban comercios donde conseguir medicamentos. Los grandes hospitales estaban tomados por el ejército. Las pequeñas clínicas, por las mafias. Las viviendas, completamente desvalijadas. Según las noticias que llegaban de la radio, faltaba poco para que la ciencia diera con una forma eficaz de eliminar la plaga de criaturas, aunque Alicia se temía que cuando el remedio llegase, ya no habría nadie a quien salvar.
Sin soltar el cuchillo, empujó la puerta rota y se internó en la oscuridad del recibidor. Contuvo la respiración y escuchó; nada delataba la presencia de criaturas, así que se arriesgó a encender la linterna. Detrás, entraron sus compañeros y encendieron también las suyas.
Avanzaron entre habitaciones. El olor a polvo pesaba en el ambiente; hacía mucho que nadie se molestaba en entrar en esa mansión. Los saqueadores ya se habían llevado todo lo útil, pero Alicia la había elegido por un buen motivo. Había vivido muy cerca en su infancia. Conoció a los dueños, un matrimonio mayor con una historia curiosa: el anciano marido sufría una enfermedad que le produjo ceguera y unos dolores tan fuertes, que se volvió adicto a sus medicinas. Así que la esposa escondió todos los medicamentos y se dedicó a administrárselos ella misma, con el consecuente enfado del viejo.
Alicia había estado en aquella casa. Recordaba a su madre hablando con la señora mayor mientras tomaban café. Y recordaba que, de los libros que había en el estante, situado encima de la chimenea, algunos estaban huecos. Adelantándose al grupo, inspeccionó los libros que ya no descansaban en el estante, sino que yacían desparramados por el suelo. Los saqueadores no habían prestado atención a los gruesos tomos de páginas amarillentas. Alicia sostuvo uno de ellos entre sus manos y lo abrió por la mitad.
—¡Bingo! —exclamó—. Aquí están los analgésicos. Ayudadme a buscar más.
Encontraron un botiquín oculto bajo la estantería, cargado de antibióticos. El grupo lo celebró entusiasmado.
—Un aplauso para ti, compañera —dijo Iván palmeando.
Alicia, aún en alerta, se llevó un dedo a los labios.
—Shh… bajad la voz…
Demasiado tarde. En el pasillo algo empezaba a moverse. Un sonido de garras arañando el suelo. Unos ojos rojos que aún se escondían en las sombras. Ya no podrían salir de esa habitación desandando sus pasos hasta la entrada.
—Seguidme —apremió Alicia.
Iván se quedó atrás protegiendo la retaguardia, lanzando flechas a la oscuridad del pasillo y rezando para que el ruido no atrajera a más criaturas, mientras la guía ayudaba a los demás a salir por una ventana.
Un gruñido sobrenatural, que parecía salir del mismo infierno, les indicó que una flecha había acertado en el objetivo. Alicia e Iván fueron los últimos en abandonar la mansión y en echar a correr. Con suerte, salvarían sus vidas. Y si llegaban al refugio con el botín, salvarían alguna más.

Comentarios (0)

Deja un comentario:

Tu dirección de correo no se publicará. Los campos obligatorios aparecen marcados *