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El eco del hollín - por Moldy BlastonR.

El Sector 19 no era una ciudad como tal, sino un inmenso servidor de carne y acero. En este tiempo, la humanidad había alcanzado la «Sincronía»: una red neuronal obligatoria que traducía cada pensamiento en datos. La ceguera no era una enfermedad, sino la pena máxima. A quienes se rebelaban, el Régimen les desconectaba los nervios ópticos del servidor, dejándolos en un vacío sensorial absoluto; en este mundo, nada existía si no estaba procesado por la red.

Zex-04 era un «Desconectado». Se movía por su refugio usando una memoria muscular que la tecnología no podía rastrear. En el centro de su salón, una chimenea de piedra caliza se alzaba como la garganta abierta de un gigante muerto. El cielo estaba demasiado denso para permitir que nada ascendiera, así que Zex-04 la usaba para escuchar. Se sentaba en su interior, con la espalda contra el hollín frío, escuchando el latido de una tierra que el asfalto intentaba asfixiar.

La mañana de la purga de datos mensual, los Inspectores de Optimización irrumpieron en el refugio. Sus visores emitían un zumbido de baja frecuencia que provocaba náuseas.

—Unidad Zex-04 —dijo el oficial, con su voz duplicada por un modulador—. Se le acusa de cultivar silencio y el silencio es la semilla de la traición.

Zex-04 no se movió de la chimenea. Sus dedos acariciaban una pequeña palanca de hierro oculta tras un ladrillo flojo. Durante años, había desviado micras de «sedimento de cuarzo» —el residuo abrasivo de las fábricas de procesadores— hacia el conducto de ventilación.

—¿Saben por qué las casas antiguas tenían estos conductos? —preguntó Zex-04—. Eran para que el fuego pudiera respirar. Y hoy, el fuego soy yo.

Zex-04 juntó las manos. El primer aplauso golpeó el aire como una descarga estática. Los inspectores retrocedieron; sus sistemas de audio intentaron compensar el pico de presión sonora, distorsionando su visión. Zex-04 aplaudió de nuevo, con un ritmo lento, deliberado. A la tercera palmada, la estructura de la chimenea empezó a vibrar. Zex-04 estaba golpeando la frecuencia de resonancia del edificio.

—¡Detenedlo! —gritó el oficial.

Pero el aplauso de Zex-04 ya no era solitario. Por los conductos, el sonido se filtró a los niveles inferiores. Miles de «Desconectados» reconocieron la señal. El suelo comenzó a agrietarse. De la chimenea, en lugar de humo, brotó una marea de ceniza acumulada. La presión del aire cambió bruscamente, succionando el aire viciado de los pulmones de los oficiales.

Entonces ocurrió. Ante el colapso de la red por la vibración, el oficial se arrancó el casco, desesperado por ver. Al hacerlo, sus ojos biológicos —libres por fin de la interfaz— enfocaron a Zex-04. El inspector gritó, pero no de alegría.

Zex-04 no estaba solo. El refugio no era un refugio. A través de la brecha abierta por la vibración de la chimenea, el oficial vio que el Sector 19 nunca había sido una ciudad de rascacielos. Era una inmensa granja de cubículos de hormigón apilados en un desierto negro. Los "edificios" que veían en sus mentes eran solo proyecciones.

Pero lo peor estaba frente a él. El cuerpo de Zex-04 estaba recubierto de unos parásitos traslúcidos que se alimentaban de su columna vertebral, criaturas que la Sincronía borraba de la vista de todos. El aplauso de Zex-04 no era para liberar a los hombres, sino para alimentar a las criaturas. Con cada golpe de sus manos, las criaturas vibraban, desprendiendo una droga sensorial que era lo que realmente mantenía la ilusión de la red.

Zex-04 con su ceguera, era el único que no podía ver a los monstruos que lo devoraban, pero era el que mejor los alimentaba con su ritmo.

—¿Veis las estrellas? —preguntó Zex-04 con una sonrisa beatífica, mientras los parásitos se expandían por su cuello, excitados por la frecuencia.

El oficial intentó volver a ponerse el casco, suplicando por recuperar su ceguera digital, pero sus manos no obedecían. El ritmo del aplauso masivo de la ciudad ya no era una rebelión; era el sonido de una maquinaria biológica que acababa de entrar en su fase de máxima producción.

Zex-04 siguió aplaudiendo, feliz en su oscuridad, mientras el mundo real, aterrador y hambriento, terminaba de devorar la última mentira.

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