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Apuntes, tutoriales, ejercicios, reflexiones y recursos sobre escritura o el arte de contar historias

#RetoLiterautas Nº 7 (25 de marzo, 2020)

Para el reto de hoy, os propongo escribir un relato que tenga lugar en un pueblo abandonado y que contenga la palabra mantel.

RetoLiterautas7

Al contrario que con el taller de escritura, aquí no ponemos límite de palabras ni otro tipo de restricciones. Tampoco hay hora de entrega máxima, podéis publicarlo cuando queráis. ¡Escritura libre y creativa!

Puedes dejar tu texto como comentario a las entradas de este post. ¡Feliz escritura!


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16 comentarios

  1. 1. mar dice:

    Me encantaba andar por las calles vacias de aquel pueblo abandonado.Los suelos de adoquines y musgo, abrir puertas de madera carcomidas y desvencijadas, miles de ruidos desconocidos para mi ,una urbanita de pro. El único miedo que tenia es que cayese algún suelo o algún techo al entrar a cotillear las casa abandonadas.
    No se qué había pasado, pero esta claro que la gente había tenido que salir precipitadamente.Los platos aún estaban encima de la mesa, los manteles de cuadritos rojos y blancos, tipo vichy, sin quitar.Habían abandonado todo.Imaginaba que habían salvado la vida dejando todos los lastres.

    Escrito el 25 marzo 2020 a las 11:21
  2. 2. María Jesús dice:

    Aurelia se resistía a salir del que había sido su hogar durante 48 años, pero su hija la apremiaba.
    -¡Vamos mamá que no tengo todo el día!
    Salió con pesar de la casa y haciendo caso omiso a su hija encaminó sus pasos a la plaza del pueblo que después de su marcha quedaría abandonado. Sus pensamientos le trajeron a la memoria sus calles bulliciosas, la verbena de los domingos,las Misas abarrotadas de fieles, la escuela con niños aplicados y otro no tanto, la fragua, la matanza de diciembre, la cosecha del trigo, la vendimia, el olor de la encina quemada, el tomillo del monte, las abejas recolectoras de polen, los grillos de las noches de verano, el rumor del rio…olores y sensaciones que no volvería a percibir.
    Su hija le sacó de sus ensoñaciones.
    -Te dejabas esto en la cómoda.
    Aurelia miro el objeto, era un mantel de tela panamá bordado a punto de cruz, lo había hecho en la escuela, en la clase de costura para el día de la madre.
    Lloró acariciando la tela mientras el coche arrancaba dejando atrás toda una vida.

    Escrito el 25 marzo 2020 a las 12:59
  3. 3. Esther dice:

    Después de tantos años, Amelia puso el pie, de nuevo, en el pueblo de sus padres. Aunque era septiembre y coincidía con las fiestas, sin embargo, no se veía ni un alma por aquellas callejuelas polvorientas, de aquel color rojizo tan característico. Desde su hogar en Estocolmo había leído noticias sobre la despoblación de muchos pueblos en España, y uno de ellos era el de sus progenitores. Ellos murieron allí, como era su deseo, a pesar de la insistencia de su hija con que estuvieran en una buena residencia de ancianos. Amelia sugirió llevárselos a Suecia y allí los habría cuidado con esmero, pero no quisieron. “La tierra es la tierra, aquí tenemos nuestras raíces y aquí nos quedaremos”. Y así fue.

    Amelia no quiso sucumbir al dolor que le producía recordar tantos momentos entrañables, no solo con sus padres sino con sus amigas, el primer novio, aquellas gentes tan abiertas, entrando y saliendo de las casas, con la merienda en la mano, la cosecha, los animales en el huerto, el olor a leña ardiendo mientras afuera estaba helando… Ella intentaba mantenerse en el presente, ¡qué difícil era! Una mujer hecha y derecha, que salió de allí apenas cumplidos los dieciocho y dispuesta a comerse el mundo, y lo consiguió. Viajó por todas partes, se casó, se divorció, se volvió a casar y formó una familia con un marido que la adoraba y tres hijos estupendos. Todos ellos, suecos. Ajenos a la historia que concernía al pueblo.

    Por fin, llegó el momento de arreglar los temas de herencia, y Amelia no pudo retrasar más “esta gestión”. Es lo que se decía a ella misma, “esto es una gestión, firmo y me vuelvo a casa”. A punto de entrar por aquella puerta casi desvencijada, una brisa le trajo el aroma del campo en un instante, a tomillo y lavanda. Tuvo que cerrar los ojos para sobreponerse. Más erguida aún si cabe, abrió la puerta con una mezcla de temor y curiosidad a la vez. Y allí estaba el mantel de hule, como ella lo recordaba, aunque con un verdor descolorido. La gran mesa redonda había resistido bien el paso del tiempo, al igual que el mantel. Testigo de tantas comidas, charlas distendidas, libros, discusiones y algún puñetazo en la mesa… De lágrimas, cartas escritas, unas enviadas después y otras rotas en pedazos. Testigo de medicamentos, de enfermedad y muerte.

    Amelia buscó una silla de inmediato, la mente cedió al corazón y, con la cabeza hundida entre las manos, reposó, vencida, sobre el humilde mantel.

    Escrito el 25 marzo 2020 a las 15:06
  4. 4. @libroslados dice:

    La invitación

    Se habían perdido. La maleza fue cerrándose sobre el coche hasta que el camino desapareció de repente ante sus ojos. No pudieron calcular cuánto tiempo hacía que habían salido de la ciudad, porque confundieron un bosque de galería con la noche. Y porque amaban con los ojos cerrados. Habían parado tantas veces para hacerlo que perdieron la noción del tiempo. Y la del espacio.
    La desorientación, lejos de hacer brotar la angustia, supuso un aliciente para la evasión furtiva. Se excitaban con la incomunicación de la que disfrutaban y con la idea de que nadie podría saber adónde estaban. El mundo se reducía al castañal que tenían por delante. Un paraje con la belleza de los lugares malditos.
    La lluvia recién caída inflamó de un verde provocador toda la ladera. Sin decirse nada, rodaron con sus cuerpos enmadejados por la falda del cerro sintiendo lo mismo que la primera vez. Terminaron justo cuando llegaron abajo.
    Mientras se sonreían con lágrimas en los ojos, algo llamó la atención de la pareja. Se levantaron y siguieron su intuición por entre los matorrales. Al otro lado de un pequeño arroyuelo había un villorrio con sus casas desvencijadas y violadas por la naturaleza. Pasearon con fascinación por el pueblo fantasma hasta que vieron una puerta abierta.
    En la mesa del salón, un mantel sostenía dos cubiertos y pan recién horneado. Se miraron mientras buscaban una explicación. Una olla exhalaba a borbotones aromas de madre. Allí no veían a nadie. Recorrieron la casa llamando y nadie contestó. De nuevo en el salón, observaron que la puerta de lo que parecía una despensa estaba entreabierta. Se acercaron conteniendo la respiración.
    —¿Hola?
    Oyeron un sollozo contenido.
    —¿Hola? ¿Podemos ayudarle?
    Abrieron la puerta con mucho cuidado y estaba allí, como un feto gigante, gimiendo como un perro apaleado.
    —Disculpe…
    —Ya salgo, ya salgo. No quería que nadie me viera en estas circunstancias —justificó aquel hombre canoso con el rostro agrietado que lloriqueaba como un bebé.
    —¿Está solo?
    —Solo he venido como cada año a comer con ella.
    —¿Quién es ella?
    —Ella ya no está. Solo está aquí conmigo, cada año que vengo a que comamos juntos.
    El hombre sintió que debía explicarse, pues aquellas personas no tenían cara de entender lo que estaba pasando.
    —Fue hace mucho tiempo. Éramos amantes. Un día que escapamos de todas las miradas y de todos los pareceres nuestro coche llegó a un lugar por donde no podía avanzar más. Estábamos muy felices y emocionados con la aventura. Nos abrazamos y caimos rodando desde lo alto del cerro de ahí detrás, por entre los castaños, mientras nos besábamos. Al poco, algo nos llamó la atención y descubrimos este poblado abandonado y arruinado. Esta casa estaba abierta y entramos a curiosear —El hombre se echó a llorar y apenas pudo articular palabra, más allá de intentar explicar que ellos forzaron a su amante en su presencia con múltiples aberraciones.
    Ellos.
    ¿Quiénes serían ellos?
    El silencio era aplastante y se presentía eterno. De repente, sintieron la presencia de más gente en el zaguán. Pero ya no se atrevieron a mirar.

    Escrito el 25 marzo 2020 a las 15:13
  5. 5. Nox dice:

    Y después de todo, lo único que sobrevivió en aquel pueblo abandonado fue ese mantel blanco de puntillas. Flameó incansable al viento como una bandera de paz.

    Escrito el 25 marzo 2020 a las 18:30
  6. 6. Ana Yacoel dice:

    Federico y el lago

    Después de 20 años de que la inundación provocada por una crecida del lago sumergiera al pueblo completamente, las aguas comenzaron a retirarse y aparecieron en el paisaje el antiguo matadero, viviendas y hoteles en ruinas, árboles muertos y vehículos oxidados.
    A lo lejos se ve una cabaña que desentona con el paisaje, parece nueva, asombra ver la cocina, la mesa con el mantel impecable, la olla sobre el fuego y Federico, el único habitante del pueblo.
    Un día de invierno, una pareja de turistas confunde el camino y llega a ese pueblo por casualidad. Fascinados con la belleza del lago se acercan y se detienen sin advertir que estaban sobre un charquito.
    En pocos minutos el agua comienza a subir de nivel, las ruedas de la 4 X 4 quedan debajo del agua, y el lago empieza a tragar la enorme camioneta de doble tracción y gran capacidad para sortear obstáculos en la que ellos viajan.
    Temerosos abren la puerta y salen de la camioneta, empiezan a pensar que hacer ahí, en medio de la nada, con su camioneta hundida, sienten miedo.
    En ese momento llega Federico manejando un tractor, toma una soga, une la 4×4 al tractor y la rescata.
    Pablo y Estela están muy agradecidos, le preguntan que pasó en el pueblo, dónde está la gente, porque se ve casi todo arruinado menos él, el tractor y la cabaña sobre la colina. Federico les cuenta lo que ocurrió hace 20 años, que todos los habitantes se fueron porque el lago creció y tapo todas las viviendas, la gente subía a los techos para no ahogarse, la prefectura llegó con lanchas y los trasladó a todos hasta un pueblo cercano, las aguas permanecieron por 20 años.
    Un día, sin saber porque empezaron a retirarse, aunque cada tanto sube el nivel, como pasó hace un rato y solo el tractor le permite rescatar lo que el lago pretende devorarse.
    El es el único habitante del pueblo, nunca quiso irse, vivió muchos años casi sin nada, construyó su cabaña en la colina, sembró la huerta, rescató las gallinas y las vacas que sobrevivieron a la inundación y siguió su vida, completamente solo por mucho tiempo, hasta que las aguas del lago se fueron retirando.
    Ahora todo cambió, a veces recibe visitas inesperadas, casi siempre es gente que llega sin saber a dónde va, algunas veces llegan periodistas ávidos de investigar cual es el secreto del lago de los mapuches, pero no hay secreto, simplemente un hombre, que decidió quedarse allí, enfrentarse al lago y vencerlo.

    Escrito el 25 marzo 2020 a las 19:33
  7. Vivo en una tierra que sabe mucho de pueblos abandonados. Unos lo fueron forzados por las circunstancias y otros forzados a secas.

    Se hace de noche en un pueblo de la España desierta. Una mujer se pone de parto y su marido prepara el coche para salir hacia la capital, al hospital, distante 60 kilómetros del municipio. Comienzan a caer los primeros copos que en cinco minutos cubren como un mantel la carretera. Nieva como si nunca lo hubiera hecho, con furia y el aire arremolina la nieve impidiendo la visibilidad.

    El hombre intenta usar el móvil para alertar a emergencias; inútil, no hay cobertura. Llegan a la entrada de un pueblo que se presume desierto, ni una casa abierta, ni un refugio abierto. Permanecen en el coche en tanto arrecían las contracciones. La calefacción durará lo que la gasolina aguante.

    Al poco, llega un trineo tirado por renos con un personaje de cuento de Navidad.

    —En toda mi larga vida me había ocurrido un desastre como este; nunca había hecho esta ruta y ahora estoy perdido.

    —¿Puede ayudarme a buscar un refugio? Mi mujer está de parto.

    Encuentran un corral semihundido y en la parte del tejado que permanece intacta, preparan un fuego con las maderas de la techumbre caída. Los renos protegiendo con sus cuerpos a la parturienta, crean una atmósfera de intimidad. La nieve en el exterior, no amaina.

    A medianoche, viene al mundo el bebé. Arropan a madre y criatura con la casaca del repartidor de juguetes perdido.

    Al otro día, puestos en alerta los servicios de emergencia de la no llegada de los viajeros al hospital, llegan al pueblo abandonado rescatando a los transeúntes. Papá Noel, está consternado por no haber cumplido con su misión.

    A la recién nacida, la van a llamar Nieves. ¿O Noelia?

    Escrito el 25 marzo 2020 a las 20:53
  8. 8. Chara Rafael dice:

    En un poblado que ahora solo arrastra polvo; de lo que antes era una ciudad de concreto la cual se fue borrando a medida que sus artistas la abandonaban porque ahora ya no suenan los conciertos,ni las pinturas se exponen en los museos,tampoco las obras de teatros se presentan. Solo queda la sombra de algo que fue abandonado por los financistas y la convirtieron en una caricatura olvidada sobre un mantel de una mesa de lo que antes era el Museo de Bellas Artes.

    Escrito el 25 marzo 2020 a las 21:01
  9. Retorno a origen
    Sobre la mesa el teclado mudo y negro, un estuche de acuarelas a medio llenar. Faltan colores que se han gastado (aquí no llega el correo, hay que ir a por ellas a la gran ciudad), una lata de cerveza Heineken arrugada. Siempre que la acabo estrujo la lata para que caigan las últimas gotas y se forman burbujas que a veces permanecen segundos reflejando la sinfonía irisada de la luz.
    Sobre el papel, la sombra de la mano que se afana laboriosa sin obedecer a una orden clara. Esta vez no. Más bien el movimiento surge de la urgencia, de la necesidad de plasmar algo, aunque sea el ritmo del corazón, de la mente que holgazanea y se pierde en los meandros yermos y circulares de su propio funcionar. No hay hacer sin voluntad, sin la chispa del querer. Sólo la aleatoriedad que pende del hilo que la araña teje a medida que se despeña viga abajo me conmueve. Sería capaz de tejer una tela completa sin importarle que de un manotazo se la pueda romper. ¿Me ve la araña? ¿Es consciente de que un ser intruso amenaza su obra y su vida misma? Desde que nació conoció la casa deshabitada, territorio suyo por completo. Seguramente todas las arañas, de una casa a la otra, deben transmitirse el conocimiento ancestral de que el pueblo siempre fue suyo.
    Es útil el lápiz con goma de borrar pues permite eliminar las palabras malsonantes al instante. Malsonante suena a insulto, a taco, pero no. Son las que no casan con el resto, que no caen en gracia. ¿De quién? Del que escribe, ciertamente, pero del que escribe pensando en un lector a quién le sonará bien o mal esa palabra. ¡Qué sé yo cómo se recibirá!
    Escribir en un cuaderno sin rayas es agradable. Es libre. Free. Freak. Puedes ir a tu bola. La rectitud la marcas tú. La tienes interiorizada de sobra, igual que en tu vida. Por esto te cuesta tanto crear. Crear es salirte del camino recto a ángulos calculados, salirte de la lógica de la rectitud. La creación es tuerta, coja, polifacética, deforme, irreverente. He pasado demasiado tiempo prisionera de mi piso-jaulita de ciudad. Tengo las rectas incorporadas, los ángulos de 90 grados se aferran a mi retina. Se irán a la fuerza. Aquí los ángulos bailan a su aire. Las paredes se inclinan hacia las otras con reverencia.
    En el lateral de la mesa, una acuarela empezada, abandonada a su suerte. Las transparencias del mar empezaron a aflorar, sin mucha definición, pero aún sin comprometer el resultado. Todo depende. Crear es arriesgar, jugártela, partirte la crisma si es necesario. Necesito otra Heineken verde y plata. Atravieso la sala de vigas altas. ¿Cómo llenar el espacio hasta hacerlo mío, flotar en él, nadar en mi pecera tan libre como para crear? El espacio me responde «ocúpame, sólo te espero a ti, a que te decidas a hacerme tuyo, a domarme, a imponerme tu ritmo y tu canción, tal como se doma un caballo». He vuelto a atravesar la sala en penumbra para buscar el sacapuntas y he notado como el espacio me desea, me recibe y me invita a llenarlo más y más. Como el cuaderno de hojas impolutas que quiere mi escritura, el espacio desea que lo penetre, lo ilustre, lo dibuje, para darle vida y sentido por fin tras todos estos años de abandono. Hace veinte años que estas paredes no tienen identidad pues no hay nadie que se las dé. Suspiran por mí, sólo por mí. Me esperan para recuperar existencia y carácter, y yo me hago rogar. Me adentro en la casa lenta y pausadamente como quien vadea un río, tanteando cada piedra, cada raíz debajo del agua, sintiendo el agua que se abre bajo la presión de las piernas a cada paso. Mi impronta es única. Sólo yo abro el agua de esta manera. Las piedras del suelo resuenan a mi carga genética. ¡Abuela, cuando te casaste y entraste aquí por primera vez, enseñaste a las piedras mi melodía! ¡La recuerdan!
    No puedo reproducir las transparencias del agua pues son insondables. En el fluir se van unos colores y aparecen otros. ¿Cómo apresar las transparencias del agua? Qué absurdo, el agua no tiene color, refleja los objetos que se miran en ella. La luna, por ejemplo. El cielo, las nubes. También las algas del fondo y los berros de la fuente de los caballos… Acabo de derramar el agua de la acuarela en el mantel de hule a cuadritos blancos y negros y ha empezado a empapar las tapas del cuaderno donde aún no he escrito ni una palabra. Rápidamente lo seco, acaricio la página en blanco, y lloro de emoción porque siento que la casa me ha reconocido.

    Escrito el 25 marzo 2020 a las 21:46
  10. 10. Pablo Jesús Sesma dice:

    Mi primo me contó que había ido a un pueblo abandonado en el área de Agreda. La nostalgia me vino de improviso formándome imágenes mientras él me relata con todo detalle los pormenores de aquella aldea “sin memoria”. Las ruinas son abundantes, alguna caseja estaba en pie, pero el techo agujereado por el paso del tiempo. Había una mesa destartalada y con un mantel que en su día era blanco, lo encontró sucio y agujereado. Me trajo el periódico “Informaciones” de la siniestra Falange Española de las JONS. Estaba en el suelo frente a la mesa, amarillento y letras borrosas por el efecto temporal…

    Escrito el 25 marzo 2020 a las 23:21
  11. 11. Teresa Fernández dice:

    Desplequé el mantel en el césped y me vino a la cabeza aquel pueblo abandonado donde pasé mi infancia. Porque no siempre estuvo tan solo. Ahí pasé los mejores momentos de mi primera infancia. Ahí viví con mi tía qurerida. Ahí conocí a una familia maravillosa. Lástima que ya no quede nadie. Empecé a poner los cubiertos, los vasitos, los huevos duros, la cesta con el pan, y en eso oí el maullido de los gatos, que siempre acompañaban a Isabel. Isabel mi vecina ahora protegida, adoptada. Sus hujos corriendo atrás. Nuestras amistades. Igual que antes, pero con otros. Nadie está del todo abandonado mientras tenga con quién compartir y sentirse amada. Eso me dije mientras me viraba a verla, y no era ella, no eran ellos, no eran esos gatos, pero me despejaron igual los malos recuerdos y me trajeron el buen ánimo que necesitaba.

    Escrito el 26 marzo 2020 a las 02:43
  12. 12. MT Andrade dice:

    PUEBLO BLANCO
    Había que mejorar la convivencia y a los López no se les ocurrió mejor idea que salir a visitar un pueblo abandonado, de esos que la carretera formó hace doscientos años y que el siglo XXI dejó de lado. El furgón grande no llamó la atención en la carretera.
    Bajaron, corrieron por la plaza, tomaron muchísimas selfies. En los otrora verdes bancos tuvieron su picnic.
    Puertas y ventanas tapiadas, incluyendo la prolija capilla de plaza de pueblo chico.
    Supusieron que los antiguos pobladores habrían emigrado a la ciudad, o al campo. Esos campesinos miedosos… Todo por otra gripe.
    Todo estaba vacío, ni las almas de los difuntos moraban allí.
    Entraron en el bar. Una sola mesa prolija, una sola mesa con mantel. Habían permanecido inalteradas las botellas detrás del mostrador. Un extraño y mal escrito cartel indicaba: “sírvase usted mismo y deje el importe en la caja”.
    El día pasó muy rápido, lo opuesto de lo que sucedía dentro de su sitiada casa. Anocheció de pronto. ¡Qué fastidio! Volver a la prisión.
    Pero entonces: ¡cuánta mala suerte! Una rueda pinchada.
    Desde la carretera, próximo al cartel que indica pueblo blanco, no se percibe el olor a muerte.

    Escrito el 26 marzo 2020 a las 03:42
  13. 13. Syöna dice:

    Llamó a la puerta de la casa con un golpe firme y decidido. No obtuvo respuesta y, a pesar de no recibir ningún tipo de invitación, movió la hoja de madera y se adentró en la vivienda. Nadie le esperaba, tampoco nadie le recibió. Sobre el mantel no había platos que le enviaran el mensaje de que alguien le espera a comer. Recorrió toda la estancia, abrió armarios, en su paso tiró un par de frascos de cristal que cayeron de manera estrepitosa al suelo, rompiéndose en mil pedazos. No le importó y siguió tocando todo lo que encontraba a su paso. Era descarado, nunca había pedido permiso para hacer lo que quería y no iba a detenerse ahora. Se iba sin dejar pruebas que evidenciaran su presencia y entraba en otras casas para proceder de igual modo. A veces entraba sin llamar porque ya encontraba las puertas abiertas para él y en ocasiones empleaba las ventanas de cristales rotos. Hasta una grieta podía serle de utilidad para colarse donde quisiera y es que, desde que la radiación había vuelto aquel pueblo tan peligroso, solo el viento se atrevía a seguir paseando por sus calles y visitando las casas de una en una como un niño travieso buscando tesoros olvidados.

    Escrito el 26 marzo 2020 a las 10:50
  14. 14. Yubany Checo dice:

    Cuando mire el reloj eran las seis en punto. Revise la ruta que me sugería el navegador. Sabia no era la mejor porque se alejaba unos kilómetros de mi destino. Aun así prefería intentarlo. Atravesar la ciudad me tomaría más tiempo y hoy era el cumpleaños de Leonor.
    El día se presentaba como esos con nubarrones grises y lloviznas. En algún momento debía detenerme a comprar el bizcocho. A ella le gustaban las sorpresas más cuando eran de chocolate con crema. Decía que las velitas las pondría cuando se considerara una mujer vieja.
    La imagen de un local, un tanto borrosa, me vino a la cabeza. Tenía la sensación de no estar lejos. Pero cuando veía los arboles a ambos lados, con las ramas entre lazadas, formando una especie de túnel, me confundía. Y luego volvían las curvas, la señal que indicaba reducir la velocidad y el puesto de orquídeas para hacerme sentir familiar otra vez.
    Podría jurar que en algún tiempo de mi vida anduve por esto lugares. De repente me llegaban imágenes en ráfagas, después dispersas. Me abstraía por segundos y por otros tantos las interrumpía.
    Regresé con toda mi atención puesta en la carretera. El carro producía un sonido que hacia el maletín en el asiento del pasajero vibrara. Miraba a la derecha cada cierto tiempo, no quería pasar de largo por aquella tienda que según mis cálculos no estaba lejos de aparecer en mi línea de vista.
    La noche venia detrás. No supe cuando el navegador dejo de marcar la ruta. En verdad no lo usaba cuando conocía el camino. Me guiaba de mi instinto que muy pocas veces fallaba. Además, la señal de las telefónicas se pierde entre tantas montañas. Concluí debía estar a la mitad del recorrido. Respire. A Leonor no le gustaban las demoras y más si sucedían en su cumpleaños.
    Las luces de mi Toyota se perdían en la oscuridad. Las lámparas de la carretera no eran suficientes. Me dolían lo ojos cuando mire el reloj y aun eran las seis. El día había sido largo y sin buenos resultados. Hoy los clientes no compraron ni pagaron sus facturas atrasadas. Tampoco les interesaron los nuevos productos. Les hablaba y contestaban cosas sin relación, a veces sin sentido.
    La tienda aparecía ante mis ojos. Su letrero de luces rojas y verdes era inconfundible. Me estacione. Salí del carro tan pronto como pude. Noté unas abolladuras que no había percibido antes, una rotura del parabrisas que podía calificar de consideración y de la que tampoco me había dado cuenta.
    Empuje la puerta. Las campanillas sonaron y una joven delgada salió a mi encuentro. Daba pasos cortos como si arrastrara sus pies para no resbalarse en el piso.
    ― ¡Bienvenido! En que puedo ayudarle.
    ―Busco un bizcocho de chocolate con crema. También algunas velitas.
    ―Necesitara un mantel. Uno de plástico que diga “Feliz Cumpleaños”.

    ―Qué curioso, no había pensado en un mantel. Pero si, inclúyalo. A Leonor no le gusta ensuciar la mesa del comedor con nada dulce.
    ―Por eso lo digo.
    Me tomo tiempo darme cuenta y preguntarle.
    ― ¿Usted la conoce?
    La joven plegó sus labios como si me recriminara la pregunta. Las luces dentro de la tienda estaban a media intensidad.
    ―Voy por el biscocho y regreso en breve.
    Vi como su sombra se alargaba por el pasillo hasta perderse. La mía estaba quieta, pequeña, interrumpida con las luces que tintineaban, confundida con otras que salían de los anaqueles pegados a las paredes.
    Empecé a escuchar un zumbido, fuerte, penetrante. Miré el reloj. Aun eran la seis. Entonces entendí que se había descompuesto. Sus manecillas estaban detenidas. Había olvidado cambiarle la batería. Escuché los pasos de la joven que venía de regreso.
    ―No tenemos bizcocho, velitas ni mantel.
    Sentí el calor recorrerme el cuerpo. Miré hacia la caja registradora.
    ―Esperé todo este tiempo para que me dijera que no tenía.
    ―No se preocupe por ese sonido. Luego se acostumbrara. Así les pasa a todos.
    Otra vez escuchaba algo sin sentido. Traté de entender pero no demoré en eso. Me había hecho perder tiempo. Llegaría tarde a la celebración con Leonor.
    ―Es temprano aun.
    ― ¿Qué hora tiene usted? Mi reloj no camina.
    ―No hay reloj aquí. Pero no se preocupe, no tiene porque. Siempre hay tiempo para todo.
    Salí de aquel lugar con la aprensión de haber perdido algo, algo más que tiempo. Solo pensaba en que llegaría tarde a la celebración de Leonor.
    Por alguna razón, abandoné esta carretera. La señal del navegador regresó y las manecillas de mi reloj volvieron a marchar. Llegue a la ciudad en menos del tiempo estimado. Lamente no traer conmigo el bizcocho. Pero pensé que sería mejor invitar a Leonor a comer a algún restaurante. Eso le gustaría como a cualquier mujer joven.

    Entre y llame sin obtener respuesta. Camine por la sala, la cocina. Trate de no hacer ruidos. Encendí la luz de la habitación. Me acerque a la cama. En las sabanas, envuelta, una mujer arrugada descansaba vestida con un atuendo de fiesta.

    Escrito el 26 marzo 2020 a las 21:20
  15. 15. Mercedes dice:

    De aquella tarde tan solo quedaban ya un recuerdo lejano y unas migas en el mantel

    Escrito el 27 marzo 2020 a las 13:53
  16. 16. Inés dice:

    Cuando la raza humana pudo regresar al planeta que la vio nacer, inició la exploración del terreno en un antiguo pueblo. Pocos objetos les resultaban familiares, borrado ya el rastro de la época terrestre de sus mentes. Entre ellos no estaba ese trozo de tela que cubría la mesa, esa sí, reconocida. No entendieron por qué al tocarlo quisieron sentarse todos alrededor. Hacía ya mucho que los seres humanos no comían. Pero eso, tampoco lo sabían.

    Escrito el 27 marzo 2020 a las 13:54

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