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Apuntes, tutoriales, ejercicios, reflexiones y recursos sobre escritura o el arte de contar historias

#RetoLiterautas Nº 28 (8 de junio, 2020)

Para esta semana el reto consiste en escribir un relato que contenga las siguientes cinco palabras: horizonte, retrato, pirata, candado y opinión. Como reto extra (opcional), os proponemos que las palabras aparezcan en ese orden dentro del texto. ¡Feliz escritura!

Reto28

Recuerda que en estos retos no hay límite de palabras ni otro tipo de restricciones. ¡Feliz escritura!

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51 comentarios

  1. 1. Amilcar Barça dice:

    En mi opinión, EMDO, este verano nos tendremos que conformar con contemplar la línea del horizonte marino en un retrato. Y descargar en internet alguna peli pirata. Al menos mientras no le quiten el candado a la entrada de la playa y no tengamos miedo al bichito.

    Escrito el 8 junio 2020 a las 11:56
  2. 2. Daniel Acero dice:

    Sentado en el suelo frente aquel ventanal enorme apuraba su comida enlatada, había tenido suerte de encontrar aquel pequeño almacén subterráneo dentro del supermercado. Se puso de píe con intención de atisbar el horizonte, donde siempre se había dirigido desde que los infectados se dispararon y los no muertos tomaron las calles.
    Bebió un trago de coca-cola, ya no eran fáciles de encontrar, cogió su bandana roja, miró el retrato de su hijo y lo beso antes de colocarlo dentro del pañuelo rojo y anudárselo a la cabeza. Siempre le habían gustado ese tipo de pañuelo para sujetarse el pelo, ahora sin cortarlo por cerca de un año era más necesidad que gusto. Su hijo siempre le llamaba pirata cuando se recogía el pelo con el.
    Metió el resto de comida enlatada en la mochila y cerró el candado. Subió por la escalera de incendios hasta el tejado del super para ver cuál era el mejor camino para salir de allí, echaba de menos a su mujer, a ella y a su sabia opinión que siempre le iluminaba en un momento así.
    Rompió a llorar, la desesperación a veces le llevaba a este acto de limpieza interna, un llanto fuerte, corto y curativo. Se secó las lagrimas que dejaron los ríos limpios en su sucia tez y bajó de allí por el camino que menos zombis tenía. Seguía moviéndose, el movimiento es vida.

    Escrito el 8 junio 2020 a las 12:10
  3. 3. María Jesús dice:

    Daniel y Amilcar: Habéis inaugurado esta semana pisando fuerte, va a ser difícil superaros pero al menos intentaré estar a la altura. Enhorabuena.

    Escrito el 8 junio 2020 a las 14:24
  4. 4. Daniel Acero dice:

    Hola María Jesús!

    Gracias! Estoy deseando leerte y también a mas compañeros! 🙂

    Escrito el 8 junio 2020 a las 14:54
  5. 5. Fernanda Lona Almada dice:

    Y allá, en aquel precipicio, con la mirada hacia el horizonte, el no ignoró sus instintos, saco sus herramientas e hizo un retrato con la vista bella que contemplaba, nunca imagino que él, un hombre guapo, con dinero y en tiempos de guerra, iba a pasar el tiempo dibujando los mejores paisajes que sus ojos pudieran contemplar, su abuelo antes de irse a la guerra en su nave como cualquier pirata, le advirtió que no desperdiciará un segundo de vida, no era algo fácil, tenía que descubrir, viajar, abrir alguno que otro candado, pero en su opinión, era algo muy emocionante, pues esas cosas eran lo que lo hacía sentirse vivo.

    Escrito el 8 junio 2020 a las 16:10
  6. 6. Daniel Mendoza dice:

    Erick miró al horizonte, llevaba horas enteras dando vuelta en el camarote de su barco. Volvió a mirar el retrato de su padre, él había sido el mejor pirata de la historia. Siguió pensando, dando vueltas al candado que llevaba en la mano y sintiéndose triste. ¿Cuál era su opinión? ¿Que le diría él en este momento? Pero Erick sabía que nunca podría cambiar a su padre.

    Escrito el 8 junio 2020 a las 18:38
  7. 7. Verso suelto dice:

    La materia ni se crea ni se destruye.

    Por alguna razón que Abilio no fue capaz de adivinar, el día amaneció con el horizonte sin una sola nube. Hacía seis meses que no paraba de llover, pero no fue el azul del cielo lo que le extrañó, sino que cuando fue a por la foto de su boda, la única que le habían hecho en su vida, vio con pasmo que su figura había desaparecido. Genoveva lucía hermosa dentro de su vestido de novia, tal y como la recordaba, pero su mirada se perdía en el margen del retrato sin que nadie la correspondiera.
    Le dio muchas vueltas al extraño fenómeno. Primero pensó que, después de tantos días de semioscuridad, padecía una ceguera parcial por el brusco contraste de la luz del sol. Se frotó los ojos, luego cerró las contraventanas y encendió una vela, pero Genoveva seguía compuesta y sin novio. “Quizá está un poco amarillenta”, se dijo a sí mismo, pero en seguida comprendió que el tiempo no pasaba en balde. Más tarde consideró que el esfumarse de la foto era producto de su desaparición del mundo de los vivos. Se pellizcó y se clavó las tijeras en la palma de la mano para comprobar si dolía, ¡Joder si dolía!
    Evidentemente, era víctima de algún poder sobrenatural, quizá alguien de los poblados indígenas de la isla le estaba haciendo vudú.
    Volvió a abrir las contraventanas pues notaba que, de tanto cavilar, se le estaba recalentando el cerebro. A lo lejos, en el cielo recién lavado se recortaba la silueta de un barco. Estaba muy lejos y no podía ver si era amigo o enemigo, pues no distinguía la bandera, así que sacó del baúl su viejo catalejo de cuando era arponero en un barco ballenero, allá por el atlántico norte. AL desplegar el instrumento óptico, surgió como un fantasma en medio de la lente, el palo mayor de una goleta, donde ondeaba la bandera pirata. Después de lo vivido hasta el momento y, aunque los únicos barcos que normalmente surcaban la bahía eran las golondrinas que paseaban a los turistas, el hecho no le sorprendió en absoluto. Total, un barco también estaba hecho de materia y lo mismo que él desaparecía de la foto, una goleta podía aparecer en alta mar. Pero lo que le dejó helado fue ver que en la negra bandera, en lugar de una calavera aparecía su imagen, la que faltaba de la foto de su boda, sostenida por un par de tibias.
    La goleta navegaba hacia él con a pasos agigantados y Abilio, temblando de miedo, cogió la foto y el catalejo y los guardó en el baúl, que cerró con cuatro candados, uno por cada año de feliz matrimonio y se metió en la cama donde se acurrucó con tres mantas, aunque la temperatura era de cuarentaysiete grados centígrados.
    Los piratas no tardaron en aparecer. Entre risotadas y tragos de ron lo maniataron. El jefe de los bucaneros, mientras le hacía cosquillas en la planta de los pies le preguntaba insistentemente por su opinión sobre la infidelidad en el matrimonio.
    Él, al principio, contestaba con evasivas, “que bonito es el amor” y chorradas por el estilo; sabía que la pregunta era una trampa y que si se ablandaba la tortura sería terrible. Pero las cosquillas eran insoportables y, cuando ya iba a confesar su crimen, el ruido de la lluvia en los cristales recordó que se llamaba Genoveva y no Abilio, que era concejala de un pueblo de La Bureba, que nunca había visto el mar y que se le hacía tarde para casar por lo civil al jefe del puesto de la Guardia civil del que estaba enamorada, con la guarra de su prima, la de la pescadería, que se lo había birlado con muy malas artes, cuando ya lo tenía en el bote.

    Escrito el 8 junio 2020 a las 19:32
  8. 8. Lautaro Muñoz Arista dice:

    Los Tesoros

    Recién emergido del agua, todo es horizonte para la mirada de un buzo.
    -No encontré nada nuevo -mintió a sus colegas que lo esperaban en el bote-.
    Pero él sabía un secreto. Era casi un terremoto.

    Debajo del agua, a unos quince metros de profundidad, en una habitación hundida llena de objetos, la escena se había recreado ante sus ojos: una última carta que no se escribió, un retrato del cual quedaba sólo el marco -¿o era un espejo?-, y un cofre con un botín que no se alcanzó a disfrutar.

    Pocos sobrevivieron al tsunami de Port Royal el 7 de junio de 1692. Ni la puta ni el pirata que la violaba en aquel camastro consiguieron desahogo con su grito. El mar, fiel maestro y aprendiz de los humanos que lo surcan, también fue pirata. La escafandra científica de hoy vuelve a robar aquellas reliquias. Entre ellas, un reloj de Paul Blondel que marca la hora del desastre, 11:43am.

    En su cuarto y bajo candado quedaría esta valiosa evidencia secuestrada. Necesitaba del dinero sucio para salvar a su hija de un cáncer pulmonar. Merece una opinión: los arqueólogos, bajo ciertas circunstancias, también pueden ser corsarios.

    Ella dejó de respirar.

    Escrito el 8 junio 2020 a las 20:16
  9. 9. María Jesús dice:

    Resumen sucinto de una historia de amor.
    Un candado en un puente de París presagio de un horizonte dichoso. Años después, un retrato hecho añicos flotando en las aguas del Sena y una borrachera de ron digna de un pirata para olvidar un drástico cambio de opinión.

    Escrito el 8 junio 2020 a las 20:17
  10. 10. Amilcar Barça dice:

    María Jesús, lo has bordao. salu2

    Escrito el 8 junio 2020 a las 22:54
  11. 11. Campanilla86 dice:

    El sobre el velero se ondeaba la bandera con la calavera que indicaba que era un barco pirata. Los esclavos habían remado a toda velocidad sin descanso, pero trabajaban codo con codo por un mismo objetivo. Encontrar el tesoro que les libraría de la maldición de su isla.

    Los esclavos habían recibido la orden de no parar, sin embargo, el capitán había organizado la expedición con la idea de que todos, incluidos marineros hicieran turnos para remar por el casco del velero. Estaban cansados, deshidratados, hartos y con una hambruna que intentaban soportar con el botín que encontraran. Pero mucho, después de tres largos meses, habían comenzado a desistir, a tener falta de fe, habían comenzado a comentar que el capitán se estaba burlando de ellos, que nada de lo que estuvieran buscando lo iban a encontrar.

    Hasta que, llegando a las llanuras escocesas, el marinero escudriñó la tierra y dio el avistamiento:

    – ¡Tierra a la vista!
    Los hombres, fueron dando la voz hasta remar de manera que quedaran lo suficientemente cercanos a la orilla y poder echar el ancla. Una vez echado el ancla, los marineros echaron mano a sus vasijas, coger con sus bolsas de piel, cogieron provisiones para dos semanas y sin haber descansado lo suficiente, toda la tripulación comenzó la expedición en busca del tesoro por los espesos bosques que se perdían en la llanuras. Todo era de un verde esplendoroso. El sol irradiaba con fuerza después de haber pasado por heladas, lluvias y ventiscas. Los hombres agradecían el clima, pero no tanto cómo el primer bocado en más de una semana, que fue lo suficientemente contundente cuando hubieron caminado cerca de dos horas. Pues el capitán estaba empeñado en no perder ni un minuto.

    Después de ese merecido descanso, con los machetes, echaban a un lado la maleza o la cortaban para hacerse paso entre los arboles y la vegetación, hallaron caballos cuando llegaron después de otras dos horas un prado en que, a lo lejos, se avistaban unas cuevas:

    .- ¡capitán! ¡Es aquí! Estamos cerca.

    Los hombres, esta vez, tomaron un buen descanso ya que ahora el terreno se tornaría oscuro, resbaladizo y sobre todo tedioso, además de lo dificultoso de andar por la obscuridad. Prepararon antorchas y con aceite y un pernal comenzaron a encender las antorchas y fue el momento de más expectación entre ellos. Pues todos querían deshacer la maldición que les había dificultado la vida en Atallud, sus mujeres no Parían hijos, la gente se moría muy joven, y se decía que los dioses les habían maldecido por haber acogido hará unos años cercanos a toda una generación de jóvenes que vivían del libertinaje. Hubo disputas, guerras y se separaron dejando dos estados en los que Atlludenses y Catlanases quedaron divididos llevando sobre sus espaldas ambos bandos el pesar de una tierra sin chiquillada. A todo esto, las enfermedades se hacían presentes y los rituales también. Pero nada había surtido efecto, hasta que un forastero, venido de las tierras escocesas con su tripulación alegó que había un tesoro encantado que contaba la leyenda que había sido fruto de la gloria y la divinidad juntas para la armonía de quien lo poseyera. No solo creían que se acabarían las penas, sino que, además, la opinión de todos era que por fin acuñarían una moneda a Atallud y Catlan.

    Entraron en la cueva con sumo cuidado portando todos en sus manos una antorcha que iluminaba todos los recovecos de la cueva, algunos preguntaban si no se abrían equivocado de lugar, otros que iban a morir allí entre los serpenteantes pasadizos. Hasta que en un intento de infundir calma decidieron que unos esperarían en la entrada y otros irían en busca del tesoro pero ninguno quería perderse el espectáculo y la dicha de encontrar por fin su salvación y riqueza. Además, la codicia, les podía más que la propia salvación.

    Atravesaron estalactitas, encontraron un humedal en el que llovía, cada estancia de la cueva anidaba un clima diferente, así que en la siguiente encontraron una nevada con ventisca y en la otra un calor sofocante, y así hasta pasar todas las estaciones y los climas posibles. Algunos marineros y guerreros murieron por el camino. Si eran un centenar ahora tan solo quedaban la mitad, más tarde por los abruptos recovecos y resbaladizo encontraron huecos donde el suelo no se hallaba a la vista, pasaron por puentes hiper-estrechos por los que algunos hombres murieron debido al clima, el viento y el miedo. Ya solo quedaban decenas de hombres hasta que, al llegar al punto caliente, hallaron un montón de sarcófagos con candados.

    Los hombres se abalanzaron sobre los cofres e intentaron desesperados a pesar del cansancio que hacía mella y el maltrato de la cueva encantada, pero hallaron unos candados grandiosos que no hallaban forma de abrir ni de romper. Decidieron transportar solo unos cuantos y volver a por los demás cuando hubieran hallado la manera de abrir los que llevarían a la orilla del mar. Pero muchos desconfiaban de las intenciones del contrario. Por lo que desenfundaron sus armas en lo que sería un duelo por la adquisición de los sarcófagos. Como era de esperar, ni Atlludenses y Catlaneses se pusieron de acuerdo.

    Batallaron a muerte, rodaron cabezas, aputaciones de brazos y piernas, un mar de sangre que llenó la estancia de la más cruda realidad: La codicia.

    Quizás pensasteis que alguien ganaría esta absurda batalla pero cuenta la leyenda que en realidad, los cambios de clima de las estancias de aquellas cuevas son la reverberación de las luchas que tuvieron Atllutenses y Catlaneses es por eso que, en algún lugar de Escocia, aun se halla, la dicha de unas mujeres guerreras que hoy día, no necesitan de los hombres. Pues viéndose solas, construyenron un imperio solas que las catapultaría a ser lo que hoy se conoce cómo Vikingas. El retrato de aquellas guerreras huérfanas de marido, se recuerda por los siglos de los siglos.

    Escrito el 9 junio 2020 a las 01:46
  12. 12. Beba dice:

    Detrás de las palmeras murmura el mar; se vislumbra un horizonte rojo, de atardecer veraniego. Y desde la reposera, uno imagina el retrato de un pirata tuerto y paticojo, ardiendo en la cubierta de su barco en llamas. Crujen los maderos; sisean las olas y las llamas.
    Los incendios del sol y del navío se apagan sobre el agua, sobre la playa, sobre el patio del caserón. La noche avanza cerrando resplandores, con candados de misterio. No importa la opinión del calendario; mañana está más cerca que hoy.

    Escrito el 9 junio 2020 a las 04:45
  13. 13. Luis Herrera dice:

    Lejano amor que muy ingrato
    me ve desde el horizonte
    Me dejaste en Santo Monte
    tu imagen en un retrato.
    y con la ley en desacato
    Como ladrón, cual pirata
    voy en la mas veloz fragata
    a robar tu amor blindado
    bajo llave y con candado
    No es opinión mí Escarlata.

    Escrito el 9 junio 2020 a las 07:33
  14. 14. Daniel Acero dice:

    María Jesús.

    Muy Muy bueno, breve y tocando donde debe. un 10.

    Escrito el 9 junio 2020 a las 09:19
  15. 15. María Jesús dice:

    Beba, un relato cortito y precioso.

    Escrito el 9 junio 2020 a las 11:32
  16. 16. Ocitore dice:

    Puente Leopoldo Sedara
    Lorena estaba radiante, su carácter romántico nos llevó hasta las puertas del museo D´Orsay, pero no para apreciar las grandes obras de los impresionistas, sino para dejar un candado en la Pasarela de Solferino. Se lo había comprado y le había mandado poner una chapa de plata y la inscripción de nuestros nombres grabados. Desde el principio no me había gustado la idea. Mi relación con ella era muy formal, pero se empeñó en hacer ese viaje que resultó fatídico, sobre todo para mí. Sus padres nos costearon los billetes y la estancia. “Es una especie de Luna de Miel—dijo la señora Aurora mirando el retrato de su bisabuela de origen francés—. Será como un pacto de amor”. No pude negarme en aquel momento, puesto que mi futuro suegro, el General Doroteo Ordaz, me tenía acorralado haciéndome preguntas sobre mis intenciones.

    Mentí, lo reconozco, y no me habría metido en ese lío si no hubiera hecho caso a mi amigo Fernando que en la fiesta de la embajada me dijo que Lorena Ordaz no era una princesa, pero tenía, lo que el llamaba, una buena dote. “No seas estúpido Fabián —dijo sujetándome por la solapa—. Jamás tendrás una oportunidad como esta. Conquístala y se te presentará un futuro pródigo”. Le hice caso y la atiborré de halagos, me conduje como Georges Duroy, según la opinión de mi amigo, el horizonte pintaba bien. Me sentí como un usurpador, un traidor que por una bicoca vende su patria. Para mí la libertad era lo más valioso y no pensaba sacrificarla con una mujer como aquella.

    Tenía muchos pretendientes y nadie se le había podido acercar tanto como yo. “Eres diferente—me dijo con una mirada ya doblegada—. Vamos a formar una bella pareja”. Fue tan rápido el pacto que no pude ni abrir la boca—. Ven, te voy a presentar a mis padres”. Tuvo el descaro de decir que éramos novios y me besó. Supe que me había convertido en su juguete nuevo. Quise rechazarla y salirme de inmediato, pero tenía un grillete que me lo impedía. Era el favor que le había pedido Fernando a un conocido de la familia Ordaz y para llegar a ellos me usó de anzuelo.

    Las miradas cambiaron por completo. La gente ponía mucha atención en mí. El cuchicheo zumbaba a nuestro paso y Lorena se pavoneaba. “No es la maravilla del mundo—decían todos—, pero tiene personalidad. Con ese tipo Lorena será muy pedante”. Era cierto, ella se convirtió en otra. Estaba dominada por los efectos de su auto convencimiento que la hacía radiar felicidad. Todo su goce producía en mí remordimiento. No paraba de decirme a mi mismo que era el error más grave de mi vida. Era como si de ser un pirata de los grandes mares, aceptara convertirme en granjero. La voltereta era mortal. No se podía hacer ese tipo de cambios en la vida. “Reinvéntate, me decía tratando de convencerme, pero era imposible”. Lo demás vino como chorro del agua fría: nos acostamos, se enamoró de mí, más del estatus de esposa que le brindaría que de mí atractivo, y ese fatídico viaje.

    Nos alojamos en un hotel del casco antiguo, íbamos solo por cinco días. Habíamos hecho un viaje de diez horas solo para ir al ese puente y dejar un candado perdido entre los miles que estaban allí. Me pregunté cuántas de esas ilusas parejas seguirían juntas. Seguro que la mayoría se había separado y nadie se había atrevido a volver para recuperar su candado. Lorena puso el nuestro y tiró la llave al río Sena. “Para que no nos separe nadie, jamás”. No lo hubiera dicho en ese momento y en ese sitio porque los espíritus de las brujas medievales surgieron para estropear nuestra relación. Un maldito sortilegio quiso que apareciera en ese momento un viejo amor de mi vida. Araceli, a quien había tardado toda la adolescencia en olvidar, se cruzó con nosotros y me reconoció.

    Nos saludamos con euforia y nos contemplamos para comprobar qué tipo de cambios nos habían sucedido después de tantos años. Estaba sensacional, fragante, olía a flores y estaba más atractiva. Su aspecto era el de una foto-modelo. Nos invitó a tomar un café y cuando Lorena se fue a dar un retoque me contó que estaba soltera y que nunca se había olvidado de mí, que en realidad siempre había esperado ese encuentro como yo. Preferí no decírselo a Lorena y nos marchamos.

    Escrito el 9 junio 2020 a las 11:38
  17. 17. Julio Sobero dice:

    Y asi fue… Ella, dijo que prefería guardar su opinión. El hombre contemplaba el horizonte con cierta nostalgia, una y otra vez evocaba los momentos de su azarosa juventud;una cerveza en la mano es la llave que habría “el candado” de sus viejas vivencias. No más reclamos le replicó ella, no más reclamos por favor. El sol reflejaba en su mirada el cansancio de los años, pero la mujer no perdía el encanto de aquel viejo retrato que adornaba la habitación. Él en cambio ya no era aquel marinero de aventuras, hoy su figura más se asemeja a la de un corsario o pirata.

    Escrito el 9 junio 2020 a las 12:51
  18. 18. Julio Sobero dice:

    asi fue… Ella, dijo que prefería guardar su opinión. El hombre contemplaba el horizonte con cierta nostalgia, una y otra vez evocaba los momentos de su azarosa juventud;una cerveza en la mano es la llave que abría “el candado” de sus viejas vivencias. No más reclamos le replicó ella, no más reclamos por favor. El sol reflejaba en su mirada el cansancio de los años. Pero la mujer no perdía el encanto de aquel viejo retrato que adornaba la habitación. Él en cambio ya no era aquel marinero de aventuras. Hoy su figura más se asemeja a la de un corsario o pirata.

    Escrito el 9 junio 2020 a las 13:01
  19. 19. Meli Delgado dice:

    El horizonte que veo, difuso e inaccesible,es como tu retrato, un pirata que apresa mi corazón con un candado: ninguna opinión servirá para acercarnos porque la lejanía entre nosotros está dos pasos.

    Escrito el 9 junio 2020 a las 13:01
  20. OCÉANO
    Otro atardecer que la pillaba mirando por la ventana. En el horizonte se desplegaba una variedad cromática propia de un cuadro de Frida Kahlo. Seguía dándole vueltas: quedarse con él o cruzar el océano. Lo quería, pero su vida era insultantemente aburrida e insípida. Volvió a sostener el retrato de su madre vestida de Galereña, típico de Guanajuato, pena que la foto fuese en blanco y negro. Qué lejos queda México, se repetía. Retiró la vista, quiso dejar de pensar en ello. Se refugiaría en la lectura, en su librería aún convivían sus libros con los de su hija. Se tropezó con uno que solía leer a menudo “Annie Bonny, la pirata”. Recordó aquellos momentos previos a dormir, cuando las dos gritaban emulando a la pirata irlandesa, aquello sí era divertido. Una lágrima se desprendió y fue a parar a la caja en la que tenían unos ahorros. Buscó la llave, abrió el candado. Sin pensar en lo que fuese a decir él, sin tener en cuenta su opinión, cogió el dinero y se acercó a la agencia de viajes. Compró un billete para Ciudad de México.
    A la semana siguiente estaban las tres juntas: abuela, madre e hija.

    Escrito el 9 junio 2020 a las 13:26
  21. 21. Lautaro Muñoz Arista dice:

    tres apreciaciones de la lectura de mis compañeres:

    1) que aparezca la imagen que faltaba en la foto en la bandera del barco que se avecinaba me parece un giro genial del post de verso suelto. Generó esa intriga, varias hipótesis, distrajo con otra cosa y bum! ahí estaba el rostro en un lugar inesperadisimo.

    2)Lo de maría jesus es una maravilla. Gracias por tremendo resumen sucinto! Con tan solo tres elementos pintás una historia completa. El candado, el retrato roto y la borrachera digna de pirata. Es genial.

    3)me encantó de ocitore la presentación de un personaje controvertido consigo mismo y los motivos de sus decisiones. Me ecanta cómo lo logras, no sé cómo, pero me encanta.
    3)

    Escrito el 9 junio 2020 a las 16:33
  22. 22. Mª Jesús Hernando dice:

    Por fin veía en el horizonte el retrato del futuro añorado. Por muchos años que sujete un candado no cambia la opinión de un pirata. Su barco, como en la canción de Espronceda, seguía siendo su tesoro y su única patria la mar.

    Escrito el 9 junio 2020 a las 17:47
  23. 23. ÁNGELL dice:

    PAR DE DOS

    ¿Algún proyecto nuevo en el horizonte?…
    ¡Nada! Nada de nada.
    ¿Qué me dices del retrato del senador ese…? ¿Cómo se llama?
    Sobantos, Mariano Sobantos. Ahí está, esperando a que me aprueben el presupuesto. A este paso, me voy a morir yo antes.
    Pues es un pellizco.
    Y tanto. Ya sabes, «las cosas de Palacio…»
    ¿Has probado con Omar?
    ¿Quién, Omar, el fenicio? No me mates. Ese es un pirata. Un rata.
    O sea, un pirrata.
    No te entiendo… ¡Aaaah, sí, un pirrata, ya lo he cojido, ja, ja, ja…!
    Te ha costado, ¿eh? Hombre, yo te comento lo de Omar como último recurso. A mí me salvó la vida el año pasado. Tenía unas acuarelas que no vendía ni de coña y se las quitó de encima en una semana. Me pagó con puntualidad y todo.
    ¡Estará enfermo!
    Ya.
    […]
    No te lo he dicho antes… Si esto dura mucho voy a tener que dejar el estudio o buscarme algo más pequeño.
    Vaya, no sabía que estaba tan mal la cosa.
    Eso o instalarme en casa. Laura ya me ha dicho que ni se me ocurra. Así que…
    Hombre, en el peor de los casos, yo te puedo hacer un hueco en el mío.
    ¿¡Estás de broma!?
    No, no bromeo, te lo digo en serio.
    Pero si tú y yo nos llevamos fatal.
    Lo sé, pero ya me contarás qué vas a hacer. ¿Dejar de pintar?
    No, por favor, no digas eso ni en broma. Dejar la pintura. ¡Imposible!
    Pues esto es lo que hay.
    […]
    Dos semanas…
    Dos semanas, ¿qué?
    Que no te aguanto más de dos semanas seguidas, con tus cosas.
    Será que tú no tienes «cositas». Nos conocemos desde la universidad y no has cambiado absolutamente nada, sigues siendo un auténtico capullo.
    Y tú un hiperrealista, con eso te lo digo todo. Un antiguo, vaya.
    Al menos me da para comer. No como lo tuyo, que parece que te ha entrado alguien con una batidora en la cabeza.
    Dos semanas, ya te digo.
    Tú lo que tienes que hacer es ponerte un candado en la boca y pintar. Eso es lo que tienes que hacer.
    Pero si eres tú, que siempre estás con lo mismo. ¡Bah!
    […]
    Es mi opinión personal, eh, no es que yo quiera meterte prisa… Yo creo que, si nos ponemos los dos a tope, en un fin de semana hemos hecho la mudanza.
    No es mala idea. Mmmm. Si le pido la furgoneta al jardinero, lo mismo me la deja, somos amiguetes… A todo esto ¿podemos en esta fase ir de aquí para allá? No sé en qué fase vivo ya, te lo juro.
    Mis hijos también pueden echarnos una mano, son jóvenes.
    ¿Les vas a chafar un fin de semana a tus hijos? Venga ya, hombre ¡Deja que se diviertan!
    Pero si se pasan todo el día en casa colgados del móvil y los videojuegos. Sin clases, sin actividades, sin nada que hacer; que ayuden un poco, ¿no?
    ¡Olvídaaateeeee!
    […]
    ¿Has visto qué color más bonito tiene el cielo desde que no circulan coches?
    ¡Ya lo creo! Bonito, muy bonito.

    Escrito el 9 junio 2020 a las 19:55
  24. 24. María Jesús dice:

    Lautaro tu texto me ha parecido excelente, muy bien ensamblado y con un final que toca la fibra sensible. Felicidades.

    Escrito el 9 junio 2020 a las 20:40
  25. 25. Pánfilo Gil dice:

    El trabajo agotador le consumía física y mentalmente, que al finalizar cada jornada laboral, caminaba indiferente por la calle que lo llevaba al calor hogareño, donde lo esperaba una tumbona, que era el elixir para su pesado cansancio. Allí, permanecía tumbado hasta recuperar su potencial de hacer y de pensar.
    Repotenciado y con nuevos bríos, piensa en nuevo horizonte para su monótona, vacía y tétrica vida, donde su opinión sea tomada en cuenta en las disertaciones laborales, y no sea un simple retrato colocado sobre un escritorio de caoba, mirando al infinito con una sonrisa, con la misma ropa y postura de siempre. Ser como un osado pirata que rompe las cadenas arquetipales, que no son más que ataduras a la autonomía. Colocarle un candado a la apatía y al conformismo, abrirle las puertas a nuevas ideas, la confianza, la seguridad, la disp… su idea quedó rota por la chillona voz de su mujer, que como un silbato arbitral, lo trajo a la inevitable realidad
    – Cándido, deja de pensar pendejadas, báñate, después pones la mesa. mientras hago la cena.
    Cándido se levantó de su plácido lugar, camino al baño atinó a decir – ¡ Qué vida tan bella!-
    – ¿ Qué dijiste ?- Preguntó la esposa.
    – ¡ Mañana tal vez llueva! –
    Se metió a la ducha cantando y el agua sobre su cuerpo le hizo olvidar su pesimismo existencial.

    Escrito el 10 junio 2020 a las 02:30
  26. 26. Mava dice:

    Ante el asombro de la muchedumbre, el anciano con manos temblorosas abrió el candado. Todos esperaban ansiosos ver lo que ocultaba. Sacó un retrato de un pirata mirando el horizonte, y lo mostró.
    – Esta es la mejor fotografía que he visto en mi vida, mi único y gran tesoro¬, aunque ustedes, quizás tengan, una opinión distinta.
    Señores, si esperaban otra cosa, lamento decepcionarlos…

    Escrito el 10 junio 2020 a las 02:49
  27. 27. Lautaro Muñoz Arista dice:

    Gracias maria jesus por la apreciación!

    Mava me impactó fuertemente la imagen de un anciano abriendo un candando frente a una muchedumbre.
    Siempre relacioné “candado” con algo cerrado, íntimo, de un uno a uno con el objeto. Que lo coloques frente a una muchedumbre me sorprendió, me asombró y me metió de lleno en la escena. Bien logrado!

    Escrito el 10 junio 2020 a las 06:31
  28. 28. ÁNGELL dice:

    ¿POR QUÉ ELENA NO ME QUIERE?

    Nos sentamos en el borde del mirador, a más de ochenta metros de altura si mirabas hacia abajo, con la vista puesta en el horizonte. Entre nosotros y el vacío, una barandilla de gruesos troncos de madera sobre la que apoyamos nuestros brazos. Nada más llegar, Elena empezó a fabricar un cigarrillo con tabaco seco, viejo, papel de liar y filtros que acababa de pedir prestados a una amiga. Cuando lo encendió, arrastrada por el viento, la nube de humo hizo presa en mi garganta y tosí. Sorprendida, con los mofletes hinchados y la boca llena de nuevo con humo, Elena me ofreció la toba apretada entre sus dedos, pequeños como salchichas, sobresaliendo de unos mitones de lana negra. «Deberías dejar de fumar…, eso mata», dije. Elena dio otra calada y se quedó absorta mirando el paisaje quemado que tenía enfrente: tierra negra y árboles negros, raquíticos, colocados en rompan filas sobre la ladera, el mismísimo retrato de la desolación. No se oía ni un sólo ruido, los pájaros habían huido. El viento era fuerte, desagradable, y un escalofrío recorrió mi espalda. Se hacía imposible guardar la calma, mantener retenidos los sentimientos entre los dedos de la mano, en un puño; no sentir cierta inquietud ante un paisaje torturado por el fuego y las llamas. Al volver la cabeza para hacerle un comentario banal, vi que por sus mejillas corrían lágrimas sin unos labios que detuvieran su atormentada carrera. Me dieron ganas de lamer su cara, beber de ese néctar hasta perder el sentido. A cambio, sólo se me ocurrió decir: «Un día de estos voy a acabar con este ejército pirata y desalmado que asola nuestros bosques, ya lo verás. ¡No me gusta verte llorar!» Ella me observó a través de esa mirada suya que me hace flotar como una pluma, se llevó los dedos de su mano a la mejilla y recogió en ellos una de sus lágrimas. Con extrema delicadeza, los restregó sobre mis labios, sobre mi boca. Luego se volvió para mirar de nuevo hacia el negro paisaje. «¿Sabes?», preguntó. «Voy a dejar de fumar. ¡Para siempre!» Apagó el cigarrillo sobre la arena y lo empezó a despedazar en mil trozos de papel y hebras de tabaco. Me dijo: «Nunca jamás podré quererte, lo comprendes, ¿no? Siempre consigues que rompa con las cosas que más me gustan, has puesto un candado en el baúl de mis caprichos». En mi opinión, se equivocaba. Me encogí de hombros. Ella se acercó y, cerrando los ojos, me dio un beso que me supo a metal y a duchas frías en noches tropicales de verano. Mirando de nuevo hacia el paisaje malherido, aguantando la congoja, Elena comentó: «¡En cuanto llegue a casa voy a escribir una canción sobre todo esto, te lo juro!»

    Escrito el 10 junio 2020 a las 10:27
  29. 29. Taitasu dice:

    Sentada en una piedra del espigon, viendo como el sol se perdia por el horizonte, era el vivo retrato de la felicidad, al recordar el maravilloso verano que habian pasado, juntos.
    Ella se sentia como una princesa, y el habia sido su pirata, que en mas de una ocasión, quiso para el , su mas preciado tesoro, guardado por el candado de la inociencia, y que nunca se dejo arrebatar.
    La unica duda, que le da vueltas en su cabeza, en ese idilico lugar es la opinion erronea, que el, se pudiera haber llevado de su negativa, mas sabiendo que el unico que tiene la llave de su corazon es el.

    Escrito el 10 junio 2020 a las 23:43
  30. 30. Andrea dice:

    Qué buenos relatos todos!!! Acabo de encontrar este sitio y ya me encanta. Cuánto para aprender.. GRACIAS!!!!
    Comparto mi humilde y simple versión de la consigna…

    HORIZONTE. RETRATO. PIRATA. CANDADO. OPINION.

    En el horizonte pudo divisar la frágil luz del sol que se desvanecía. De haber sabido cómo, habría realizado un increíble retrato pero era tan sólo un viejo marinero con alma de pirata, siempre en busca de ese eterno e inalcanzable tesoro sellado con candado dorado. Aún sabiendo que nadie compartía su misma opinión, volvió a estudiar sus mapas para intentarlo una vez más…

    Escrito el 11 junio 2020 a las 00:03
  31. 31. El chaval dice:

    RECUERDOS ENLATADOS

    Cuando la vida transcurre con una cierta placidez; cuando todo queda por hacer: estudios, amigos, familia viajes. Cuando todo son chanzas y alegrías de estar unidos porque es rica, joven, fuerte y se cree duradera; en ocasiones, hay circunstancias en el devenir de las personas que en los recuerdos y las vivencias de su pasado, las neuronas de la memoria no quieren que salgan a la luz momentos de inquietud o que lastimen su sensibilidad.

    Enrique, es un muchacho espigado, moreno y con expresión de cara que refleja confianza y empatía. Tiene dieciocho años y ha venido a pasar unos días con sus abuelos, antes de incorporarse en su primer año a la Universidad de Barcelona.

    Están retirados en una casa grande, situada en un altiplano de un pequeño pueblo cercano a la costa y, lo primero que le sorprende a un urbanita como él, es el espectáculo de ver en el horizonte la salida del sol, entremezclado con nubes anaranjadas reflejadas en el mar.

    Los abuelos Gabriel y Brígida, le reciben con gran alegría y sentimiento después de diez años sin su presencia, y muy orgullosos también porque empieza estudios superiores. Enrique, con padres separados al poco de nacer, sabe por su madre que los abuelos tienen muchas fotografías de cuando era pequeño y está dispuesto a verlas para saber algo más de sí mismo y de la familia más próxima.

    Este deseo se lo propone al abuelo, y en una comida ya le plantea esta necesidad porque incluso se extraña qué, en toda la casa solo haya un retrato fijado en la pared de la sala de estar. A la abuela Brígida, que está a su lado sentada en el sofá le pregunta por este joven, moreno, pelo abundante y barba. Con un deje de tristeza y melancolía, le contesta —Es nuestro hijo Oscar, tu tío… que murió con treinta y nueve años.

    El abuelo, un poco achacoso por la edad y también por los sinsabores de haber perdido su negocio metalúrgico hace unos años, le pone en antecedentes que las fotos están en el desván, pero le advierte que los proyectores de diapositivas y de películas super8, estarán las lámparas inutilizadas después de tantos años.

    —No te preocupes abuelo, las puedo comprar on line y en un par de días las tenemos aquí. Suben al desván, sorteando enseres de cocina, sillas antiguas, que la abuela ha ido reponiendo porque dejaron de ser cómodas y las cambió por otras más modernas.

    —Mira… aquí están las cajas con todo lo que quieres ver: en estas cinco, rollos de cine y en todas las demás diapositivas ordenadas en ruedas. En los envoltorios están anotadas fechas, lugares y nombres. En este arcón, —el abuelo le señala con la mano—están unos disfraces de niño que te gustarán ver. Cuando tu tío Oscar tenía siete años, se le disfrazó en las fiestas de hombre forzudo con grandes bigotes y se le hizo fotos levantando la barra de halterofilia con dos pelotas de plástico.

    —Y a ti, cuando tenías la misma edad, la abuela te hizo un disfraz de pirata: un parche negro para el ojo, un vestido marinero y con una pata de palo, pero de ropa color marrón simulando la madera y cosida al pantalón. El arcón, cerrado con candado pero con la llave puesta, le enseña los trajes que tantos momentos dichosos le produjeron en su día, y que no hubiera vuelto a ver nunca más, de no verse abocado a ello por la presencia de su nieto.

    —Bueno, —dijo el abuelo —bajemos que le quiero preguntar una cosa a la abuela mientras tomamos un refresco. En un día esplendoroso de septiembre, salen al jardín decorado de jardineras con geranios rojos bajo el alfeizar de las ventanas al estilo nórdico y un gran limonero que les da sombra.

    —A ver Brígida, el niño ha visto los trajes de disfraces y le ha hecho mucha ilusión y verá las fotos así que tenga las lámparas. Te voy a pedir tu opinión. ¿Quieres que Enrique cuando acabe el curso pase por aquí y se lleve todo lo que ha visto?

    —Siempre hemos hecho las cosas pensando en lo que es más razonable, —contesta— Si tú estás conforme, yo también. Solo deseo que esta foto de mi hijo se conserve donde está hasta el fin de mis días. Con lágrimas de agradecimiento este “niño”, como le llaman se abrazan entre sí .

    Escrito el 11 junio 2020 a las 10:12
  32. 32. Mar y Olé dice:

    El Holandés

    Ella era la mujer de un pirata. La mujer de un pirata y la madre de otro. Lo supo desde que los vio por primera vez: al hombre con 16 y al hijo con 26.
    “Eres demasiado joven. Demasiado joven… Te arrastrará a los confines del mundo y te mostrará los abismos más oscuros de tu alma” – le decía su tía, buena conocedora de esos mundos. A ella no le importaba. Todo le daba igual. Lo sabía pero sentía que debía escuchar al mar, al hombre, a las tempestades de la edad. Debía escucharse a sí misma y salir de allí sin llevar lastres, dejando aquellas las cosas que había dejado de necesitar.

    Todo cambió con la llegada del hijo. Daba igual (Daba igual porque se trataba del discurrir propio de la vida) El retrato de la pared así lo atestiguaba: dos hombres de pie flanqueaban, protegían y resguardaban a una mujer de ojos serenos y cabello salvaje que permanecía sentada en un sillón rojo sangre llenito de filigranas doradas.
    Nunca le había gustado el dorado, pero qué importaba su opinión cuando se trataba de enseres domésticos o decoración del hogar. Su opinión era importante en el plan de vida, en la estrategia del golpe a los barcos españoles o en decidir cuándo y cómo invertir el dinero para ser una familia honrada durante la vejez. Se sonrió. Todos sabían que la vez no llegaría nunca para ninguno de ellos. Sus almas eran demasiado jóvenes, demasiado inquietas, demasiado insensatas… Estaban demasiado vivos para la vejez.
    Hoy, estaba de nuevo allí sentada, pero sola. Miraba al horizonte, como cada día desde hacía meses, esperando una señal. Ya, hasta había empezado a creer en supersticiones absurdas de la piratería como fulgores verdes que se ven en delgada línea que une lo visible y lo invisible cuando se recogía un alma perdida en el mar o que anunciaba la llegada del Holandés errante a la costa.
    Y de esa manera, oteando el vacío con ojos chispeantes, rezaba con la mirada salvaje y el cabello sereno, para que llegara ese barco y le hiciera falta un capitán. Metería, entonces, su corazón en un cofre de candado imposible, con una llave mágica y única para vagar y vagar en busca de sus hombres, convertida ya en una igual.
    Y lo haría, porque sabía que si no estaban en el Holandés el Mar no sería nunca tan grande como el océano de su alma ni como sus ansias por encontrarlos y daría con ellos en alguna parte.

    Escrito el 11 junio 2020 a las 11:36
  33. 33. Luis Duque dice:

    —Capitán, se acercan lanchas y están izando una bandera rara.
    El capitán sin quitar la vista del horizonte, bosteza y pregunta —¿Rara cómo?
    —Pues yo diría que es un alíen con un parche en el ojo izquierdo
    —¿Cómo un pirata?
    —Si capitán. ¿Comenzamos maniobras anti asalto?
    —¿Están en el rango para el generador de tsunami?
    —No capitán, pro yo creo que igual ya deberíamos iniciar.
    —No te pedí tu opinión. Yo soy quien toma las decisiones en este yate.
    —Pero capitán, tiene que ver. Creo que están preparándose para elevarse en esos modernos Flyborad Air.
    —¿Fly qué?
    —Capitán, son esas modernas tablas voladoras. Y aquí vienen capitán son como 20. ¿Vamos por los rifles?
    —Inmediatamente —Responde el capitán.
    La rendición fue inmediata, parecían un enjambre de feroces avispas revoloteando por los alrededores del yate portando AK47 y lanzacohetes, por lo que la lucha era tan desigual que el capitán prefirió rendirse y entregar el yate.
    Con los tripulantes y pasajeros sometidos y amordazados fueron despojados de todas sus pertenencias de valor. El capitán es separado de la multitud y llevado babor.
    —Este moderno yate además de tener una serie de juguetitos como un generador de tsunamis para repeler embarcaciones pequeñas en defensa y generador de tornados…
    —¿Tiene un generador de tornados? —Dice el capitán sin disimular su asombro.
    Ríen los piratas en coro: —¿No lo sabe? ¿Por eso no lo activaron cuando los abordábamos por aire? —Dice el líder y vocero de los modernos asaltantes del mar. Llama a sus compañeros para contarles el chiste.
    Todos nuevamente ríen.
    —¿De qué época es usted maestro?
    —¿Sacó el curso de capitán de estos yates de una caja de cereales?
    —Al grano —interrumpe el líder— este yate en particular tiene una caja fuerte secreta especial para lingotes de oro y joyas. Nunca las construyen en el mismo sitio. ¿Dónde está la de este yate?
    —Detrás del retrato que está en popa. —Responde el capitán sin titubear.
    —Pues ábrala. La tiene mi primer oficial de puente.
    —¿Llave? —interrumpe el líder— ¿Ni siquiera teclado táctil, escaner de retina, o dactilar o reconocimiento de voz o de ADN? —risas—. Este va a ser el robo más fácil de nuestra historia.
    Se dirigen todos los piratas a popa porque querían ver cómo era que un barco tan moderno tenía algo tan arcaico como un candado.
    Ya en popa, tanto el capitán como el primer oficial se sitúan frente al retrato. Presionan el retrato y este se abre hacia la izquierda. Dentro, expone otra puerta con un candado. Carcajadas nuevamente de parte de los piratas. El primer oficial procede a sacar la cadena dentro de su vestimenta, introduce la llave dentro del candado y una red sale del piso de popa envolviendo a los piratas, la popa se inclina y por gravedad caen los piratas al mar a una velocidad que no les dio tiempo de reaccionar. Un ancla sujeta a la red los hundía rápidamente.
    —¿Ve? —Dice el capitán— Lo arcaico vence lo moderno.
    El primer capitán sonríe y sin esperar la orden se encamina liberar al resto del persona y tripulación.

    Escrito el 11 junio 2020 a las 16:37
  34. 34. Ainhoa Hevia dice:

    Cubierta de miedos

    Los rayos de un tímido sol madrugador iluminan la estancia paulatinamente. El mecer de las olas se mimetiza en la respiración de Patrick, sumido en un plácido letargo. Mis ojos abiertos se posan en el techo, precipitándome en un mar de recuerdos. Memorias de aroma a páramo fresco se instalan en mi mente. Decido levantarme. Sobre una modesta mesa descansa nuestro único equipaje:una maleta cuyo candado dorado nos cuida de manos ajenas. Mis dos enaguas protegen su retrato, mi objeto más valioso. Con el dedo índice dibujo el fino rostro de mi madre. Ella sabe lo mucho que respeto y tengo en cuenta su opinión, pero es momento de buscar vida en nuevos horizontes. El suelo de la cubierta rechina bajo mis pies. Ráfagas de viento azotan mi rojizo cabello. Un torrente de lágrimas humedece mis mejillas. Pienso en mi cada vez más lejana patria y sus gentes. Ante la vasta intensidad del océano me siento como pirata probando fortuna en mares lejanos. Que Dios nos de suerte porque vida ya nos ha quitado.

    Escrito el 11 junio 2020 a las 23:06
  35. 35. José Luis Reyes dice:

    La nave había recorrido decenas de millas náuticas desde que zarpó de la costa a primeras horas de la mañana, y la vista de aquella tierra firme se había desvanecido en el horizonte por completo. Sin embargo, el capitán Ferguson permaneció desde el estribor contemplando lo que dejó atrás, como si esperara ver una señal que lo hiciera volver: una columna de humo, un pañuelo agitándose, o una luz parpadeante enviada por su amada Isabela que le decía que se regresara <> -Y alzó el retrato de Isabela que cargaba en su mano, para mirarlo una vez más- <>
    Una voz se anunció detrás del capitán.
    -Discúlpeme, mi capitán.
    -Dígame, primer oficial Barnes –le contesto sin girarse ante él-. ¿Cómo marca el rumbo la nave?
    -La nave ha marcado buen rumbo desde que partimos, mi capitán. Pero, inevitablemente nos aproximamos a aguas de dominio pirata. Necesitamos que usted tome el mando del timón para trazar un rumbo seguro.
    El capitán Ferguson seguía contemplando con aire abstraído el retrato de Isabela, y pareciera que olvidó que el primer oficial estaba ahí detrás suyo.
    ¿Señor? –le llamó de nuevo el primer oficial.
    El capitán Ferguson lentamente se dio media vuelta sin apartar la vista del retrato, mientras daba bocanadas de humo de su pomposa pipa, y el primer oficial Barnes se acomodó para esperar sus instrucciones. Luego, como por impulso, giró su cabeza por encima del hombro para mirar atrás y por última vez aquella tierra firme que ya no se veía, esa en donde se había despedido en la mañana de su amada Isabela. Pero, aquel letargo de pronto cesó y el capitán al fin regresó a la realidad. Se volvió hacia el primer oficial Barnes fijándole una fugaz mirada en los ojos. Retiró la pipa de su boca e inmediatamente se puso en marcha dando grandes zancadas en su cruce por la cubierta. El primer oficial lo acompañó manteniéndose a la misma línea de sus pasos.
    -Pongan a un vigía en la cofa, con la vista siempre al frente y que no se despegue el catalejo del ojo. Vayan a la bodega y cuantifiquen las municiones que tenemos. Aceiten muy bien los cañones, todos deben estar en óptimas condiciones para disparar. Cambien la orientación de las velas a treinta y cinco grados a babor, eso nos dará tiempo de apartarnos mientras decidamos que trazo marcar. Y también, dígales a los hombres que vayan afilando los aceros de sus espadas; que se preparen porque nos pudiera tocar enfrentar una dura batalla.
    El capitán detuvo su marcha y se volvió hacia el primer oficial.
    -Y siga usted al mando del timón –le dijo con voz resuelta mirándole a los ojos.
    -¿Señor? –expresó el primer oficial sin comprender.
    -Entiendo que me necesitan ahorita en mi lugar de la toldilla, pero yo necesito atender un asunto en mi camarote. ¿Pueden esperar hasta que regrese?
    -Por supuesto, capitán –le contesto titubeante el primer oficial-. Sus órdenes son sus órdenes.
    -Bien. No me tardo –dijo el capitán Ferguson, y se marchó al mismo paso en que venía. El primer oficial lo vio alejarse hasta que cruzó la entrada del camarote.
    Después de haber cruzado el umbral de la puerta de su camarote, el capitán Ferguson se fue directo a su lecho de la cama, y allí dejó el retrato de Isabela. Se agachó. Extrajo debajo de la cama un gran cofre de madera con tapa abovedada, que luego levantó y se lo llevó hasta el lugar de su escritorio. Seguidamente, el capitán palpó el cuello de su camisa para agarrar el collar de una llave, que llevaba colgada y oculta debajo de su uniforme militar. Con esta llave abrió el candado del cofre, y en su interior, reposaban joyas de metal precioso y unos cuantos objetos de valor personal para él. Entonces, el capitán procedió a sacar aquellas joyas y objetos de valor colocándolos en un espacio sobre el escritorio. Luego, fue a su cama para recoger el retrato que había dejado allí, y cuando volvió al escritorio, contempló por última vez aquel lienzo con el rostro de Isabela <<Este lienzo que me obsequiaste ya son parte de mis objetos de valor personal, y por tal motivo lo resguardaré dentro de este cofre que me ha acompañado por muchos años. Pero, no es que lo quiera dejar ahí encerrado y no contemplarlo como se merece en un lugar de mi casa o mi habitación. Sino que, lo hago para protegerlo de manos bandidas que nos amenazan en estos momentos, y lo menos que deseo es perder este único tesoro que me une a ti. –El capitán introdujo el retrato en el cofre. Devolvió las joyas junto con los objetos de valor en su interior, y cerró el cofre pasándole llave al candado- <>

    Escrito el 12 junio 2020 a las 02:13
  36. 36. Paola dice:

    Hola María Jesús!
    Me encantó tu relato!
    Justo y al ángulo.
    Enhorabuena.

    Escrito el 12 junio 2020 a las 11:58
  37. 37. Paola dice:

    Hola Ainhoa Hevia!
    Me ha encantado! Disfruto mucho de los relatos que incluyen imágenes olfativas (yo suelo utilizarlas mucho) porque transportan y completan un escenario.
    Me he sentido en ese barco.
    Un saludo!

    Escrito el 12 junio 2020 a las 12:02
  38. 38. Ainhoa Hevia dice:

    Hola Paola!

    Muchísimas gracias por tu comentario. No sabes la ilusión que me hace, pues estos son mis primeros pasos por el blog. Un abrazo!

    Escrito el 12 junio 2020 a las 14:30
  39. 39. José Luis Reyes dice:

    Hola a todos

    Solo paso para informar a los lectores que mi relato no se publicó completo. Si lo leyeron y no le encontrado sentido a la historia es porque faltaron unos fragmentos de texto. Fue mea culpa por utilizar unos signos de puntuación que no son compatible con el formato del formulario. Quede desilusionado, pero no importa. Gracias!

    Escrito el 12 junio 2020 a las 16:29
  40. 40. elvocito dice:

    Las vacaciones perdidas.

    Un lago de grandes dimensiones atrajo a los chiquillos con cara inocentada. Con sus bicicletas andaban lejos de sus casas para llegar allí. Ellos construyeron una barca con vela y remos. Allá por el horizonte se veía una isla con palmeras. Sintiendo curiosidad desembarcaron allí.

    Ellos andaron varios cientos de metros llegando a un cobertizo aparentemente deshabitado. Adentrándose en la caseja, vieron un retrato de pintura antigua. En ése apareció un pirata con un ojo tuerto. El parche negro y con una mano manca de garfio los estremecieron. Se toparon con un cofre cerrado por un candado. Buscaron algún objeto metálico para romperlo. Por fin una palanca curva lograron abrilo.

    Las sensaciones al verlo emitieron una opinión porque creían que había monedas de oro o joyas de gran valor. Todo eran simples mapas agujereados por el paso del tiempo…

    Escrito el 14 junio 2020 a las 09:59
  41. 41. María Jesús dice:

    Bonito relato Ainhoa Hevia, muy evocador y nostálgico.

    Escrito el 14 junio 2020 a las 15:58
  42. 42. Pánfilo Gil dice:

    LOCADIO

    Incomprendido, solitario y perdido en la isla de su demencia. Un mundo sombrío, en donde un horizonte inseguro le limita su esencia. Apoyado en un bastón, con su perro pirata y una agresividad reprochable, que le generan una condición de temible y temido. Esta actitud lo convierte en un ser rechazado y repudiado por los lugareños. Le apodan el candado porque cuando deambula por las calles, todas las puertas se cierran, sólo las ventanas se abren para espiar al orate.
    La opinión general es que debe ser recluido para su bienestar y la tranquilidad del pueblo. Se preguntan
    Esta solución se ha aplicado dos veces con resultados desfavorables. Nada lo detiene, siempre regresa al lugar de sus antepasados.
    Un morador, por morbo o curiosidad, le tomó una foto en todo su estado demencial. Este retrato fue colocado, por mala intención o chiste, en un árbol de la plaza principal. Hecho que causó la indignación del pueblo, no querían fotos del sujeto que le fastidiaba sus vidas.De improviso apareció él, ellos desaparecieron.
    Contempló la foto desde todas las posturas corporales posibles. Allí acostado sobre el césped y abstraido permaneció un tiempo largo. Se levantó, caminó lentamente; sin bastón,ni agresividad, y acompañado de su perro abandonó el pueblo.

    Escrito el 14 junio 2020 a las 16:48
  43. 43. Nelson M. dice:

    “En el horizonte está mi destino”, se decía todas las tardes Juan en las barrancas de Puerto Viejo, siempre se escapaba 1o minutos desde la casa de doña Soraya a tranquilizar su alma con la calidez de la tarde mientras hervía la olla del café de la tarde, recreaba en su mente un retrato suyo en versión pirata, desde aquel río no era sino hora y media para llegar al mar, o eso era lo que decían, navegaría hasta Santa Catalina en una embarcación improvisada a la que todos serían bienvenidos, allí encontraría a su familia, allí era dónde su abuela le había dicho que estaba su madre, mientras sería como en One Piece, la serie que lograba ver cada sábado en la mañana por el canal regional, con la excusa del mercado lograba ir a la casa de Carmela y mirarla juntos un rato, cuándo no podía ir, su amiga lo ponía al día, por supuesto cuando llegase el momento, ella estaría con él a bordo. Por ahora, debía regresar a dónde doña Soraya, el agua seguro ya estaría hirviendo y no debía estar ausente para las visitas si deseaba poder cenar esa tarde, aunque a veces tuviera la sensación de que toda su vida sería así, no podía renunciar al sueño de conocer a su mamá, también conocería el mar, iría con ella todas las tardes a la playa, el le prepararía Coporo frito, el cuál era su pescado favorito y si estaba triste también postre de coco, así fuera un solo día, guardaría con candado este deseo en su corazón hasta que llegara el momento de hacerlo realidad, por ahora prepararía el mejor café de olla de Pto Viejo, el café de doña Soraya. Aunque varias personas mencionaran que doña Soraya era mala con él su opinión era distinta, es lo normal cuándo no eres familia, cuándo se encontrara con su mamá ella le daría abrazos muchos abrazos y besos, él también.

    Escrito el 15 junio 2020 a las 05:34
  44. 44. YAYI dice:

    AUSENCIA.
    Sentada junto a la ventana, Martina miraba al mar. Un mar oscuro, casi negro como sus noches de insomnio hasta que, de pronto, en el horizonte aparecían los primeros rayos de sol, tenues como su esperanza. Absorta contemplaba ese sol naciente que animaba su día.
    Después de dirigía a la cocina, preparaba un café “cargadito” como a él le gustaba, ponía la mesa para dos (por si acaso)…Ya en su dormitorio acariciaba su retrato, el de su boda ¡que guapo estaba! ¡Cuántas promesas! qué aún se pueden cumplir ─se dice─ sin mucho convencimiento. Y de nuevo volvía a colocarse la ropa que llevaba el día que se despidieron por última vez, para salir a caminar por la costa con la esperanza de verlo volver.
    Y así un día y otro día, durante tres años, caminaba buscando algún resto que pudieran pertenecer a su embarcación o que esta apareciese a lo lejos. Algunos girones de ropa, tablas o botellas fueron ilusiones momentáneas que se desvanecían inmediatamente: si fuera un naufragio el mar devolvería sus restos ─se decía ─quizá haya naufragado y esté en una isla intentando volver ¡ojalá lo encuentren! y volvía esperanzada. Otros cambiaba de opinión: Lo imaginaba prisionero en un barco pirata donde lo harían trabajar como un esclavo, pero Pedro era muy fuerte y podría escapar…
    Durante ese tiempo su vida se paró: sus únicas salidas, los paseos buscándole, su escenario la casa, el mar y cielo de sus paseos llamándole, solo las gaviotas y el retrato oyeron su voz.
    …………………………………………
    Una amiga le llevó un pequeño secreter de su hermano Andrés con un pequeño candado, que contenía varias cartas de Pedro, su Pedro en las le confesaba su amor.
    Ambos se hallaban recorriendo Europa con un enorme circo. Sus nombres actuales eran “Antonela y Andriu” trapecistas.
    En su publicidad encontraron a una “rubia despampanante junto a una ligera bailarina en la que se podía reconocer con dificultad a “sus difuntos”

    Escrito el 15 junio 2020 a las 09:41
  45. 45. Maurice dice:

    Próximo horizonte

    El viejo galeón flotaba, con poca intensión de destino. Sin avanzar o retroceder, la nave se mantenía inmutable, interrumpiendo la línea del horizonte como una sombra chinesca levantada por el sol naciente. Minutos atrás, Henry no hubiese descubierto su presencia en el mar de las Antillas, por más que se lo hubiese imaginado. Pensó que el “Caribe es una caja de sorpresas; de un momento a otro deja la serenidad para transformarse en un gigante tempestuoso, que rodeándote, te abraza y traga”. No obstante, esa madrugada no parecía ser el caso.
    No habría huracanes esa mañana, y la nave de Thomas Lynch llegaría a Jamaica, hasta él, sin más impedimentos que la distancia y el desembarco que se produciría en pocas horas más.

    Y en su soledad matinal, desde el acantilado, aunque miraba cómo se acercaba parsimoniosamente la embarcación que lo llevaría de regreso a Inglaterra; en realidad veía ante sí, el retrato en blanco y negro con el recuerdo de sus tropelías. Ejecuciones, violaciones, saqueos; todo se justificaba en nombre de Su majestad, la corona británica, y su enriquecimiento por supuesto, junto al de los demás filibusteros que lo acompañaron en el cruel derrotero.

    Nada le decía ─a su pesar─, que no sería la “reina de los mares” el final del derrotero. Para el pirata Henry Morgan, regresar al Caribe, donde robó, mató y violó, era encontrase con sus raíces. Cómo volver a su ambiente natural a pesar de haber nacido en la Gran isla de Europa. Aquí, en el trópico, él se movió a sus anchas acorde a su naturaleza, ambiciones, y órdenes superiores.

    Por ahora tendría que partir. Y los tesoros, hijos de la villanía, aguardarían bajo candado la vuelta del pirata. El tintinear de la llave golpeando contra las monedas en el bolsillo de su pantalón, le daba serenidad frente a la inminente partida.

    Luego, mucho después, las cosas volverían a ser como antes. Ahora sí, en medio de las juergas, prostitutas y ron, el origen se reconciliaría con el final. Sin opinión contraria, Henry Morgan jamás dejaría esa tierra rodeada de cálidas aguas. Sin que nadie piense de otra manera, su espíritu flotaría para siempre en la vida de los caribeños, en el rencor de los españoles. Flotaría sí, como el galeón que ya fondeaba cerca de la playa.

    Escrito el 15 junio 2020 a las 18:52
  46. 46. Ainhoa Hevia dice:

    Muchísimas gracias María Jesús por tu comentario. Un abrazo!

    Escrito el 15 junio 2020 a las 20:34
  47. 47. jehieli dice:

    Estaba un día a la orilla del mar viendo el hermoso horizonte que se presentaba justo en frente de mi iba en compañía de mi amiga Catalina, ella es muy activa y extrovertida, se puso enfrente de las olas del mar, estaba casi todo tranquilo, ella me inspiro a hacer un retrato, inmediatamente le encanto la idea, fuimos por mis cosas de pintura y pusimos manos a la obra.
    Posaba muy bien, tenía curvas perfectas, trazos divinos, simplemente arte. Al terminar le pedí su opinión, sabes, le encanto, inmediatamente se enamoró, así como yo de ella, no sabia que hacer, era un sentimiento nuevo, mis emociones estaban alteradas, pero yo sabía que la amaba.
    Al no poder decirle, me sentía como un pirata extraviado, sin su tesoro ni su pata de palo, nunca imagine que eso me pasaría, no tenía muy claras las cosas, pero al ver que ella era feliz con su hombre, decidí atar mis sentimientos con candado y tirarlos al fondo de ese hermoso horizonte.

    Escrito el 25 junio 2020 a las 21:00
  48. 48. Mava dice:

    Muchas gracias por tu comentario Lautaro Muñoz Arista, lo leí recién hoy. El final de tu relato también es muy impactante.Saludos.

    Escrito el 3 julio 2020 a las 00:35
  49. 49. Abbigail dice:

    Naufrágio.

    Cortaba la idea de perder el rumbo,
    Sin luz en el horizonte.
    Ver tu retrato por décima vez,el miedo de no encontrarte en mi memoria comenzó a ahogar.
    El olvido como pirata se ha robado tanto.
    El perfume de tu piel,la intensidad de tu mirada,los últimos recuerdos guardados bajo un candado corrohido por el dolor.
    A merced de este naufragio,tu opinión seguramente me daría la fuerza para seguir navegando.

    Escrito el 10 julio 2020 a las 00:05
  50. 50. Abbigail dice:

    Soy de Argentina,es mi primer comentario en el blog. La verdad me encantó leer sus relatos!

    Escrito el 10 julio 2020 a las 00:08
  51. 51. Verset. dice:

    Con la vista en el horizonte, Elisabeth reflexionaba sobre las palabras de su padre antes de que partiera al otro lado. Le había aconsejado que tuviese la vida que ella deseara, sin importar la opinión de la sociedad. Jamás creyó escuchar algo así de la boca de un hombre de pensamiento convencional. Mucho menos que se sentía orgulloso por lo que ahora era su hija menor, una comandante de la guardia naval. Un puesto normalmente liderado por hombres. La trayectoria había sido ardua, sudor y sangre le habían costado. Corrió la brisa y ella inspiró su aroma, el aroma salado del mar en la última hora del ocaso. El capitán se acercó a avisarle, la cena estaba servida.

    Degustando los manjares en compañía de su mano derecha, se sirvió una copa de vino, mientras el compañero cambió de tema, dando las gracias por salvarle la vida en contadas ocasiones. Le dio la enhorabuena por su ascenso y brindaron por ello. Sin embargo, pese a la felicidad prontía, los ojos de Elisabeth se enfocaron en un retrato de su padre y con ellos sus pensamientos divagaron a su adolescencia, recibiendo menosprecios y falta de apoyo por parte de su padre ante su idea de ingresar en la marina. Los recuerdos de la infancia se contrapusieron, parecía que su mente se empeñara en recordarle los buenos momentos que compartieron ambos.

    El capitán le contó que él tampoco tuvo una vida fácil, puesto que él quería dedicarse a la música pero su padre se había empeñado en convertirlo en un hombre de negocios. Resultaba curioso que acabase como capitán de barco, navegando por el mar a las órdenes de una mujer. Un mar del que había escuchaba alabanzas por parte de su querida madre, quien le enseñó todos los secretos indispensables para navegar cuando era pequeño.

    La campana sonó antes de terminar la última copa. Los correteos por la cubierta no se hicieron esperar. Elisabeth salió escopetada, no sin antes afianzarse las armas al cuerpo y salir a enfrentar lo que se viniera. Corrió hacia la parte delantera del barco, donde le prestaron un catalejo y a través de él un barco con una bandera negra alzándose. Un subordinado gritaba la amenaza desde la cofa.

    Elisabeth preguntó al capitán por el candado de la celda. Él la miró extraño. Pero ella le aseguró que lo capturarían. Estaba dedicida a ello. Capuraría al capitán de aquel barco. El barco del pirata Barba Azul

    Escrito el 12 julio 2020 a las 01:02

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