Literautas - Tu escuela de escritura

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La casa vacía - por Eliana EscuderoR.

Mamá termina de guardar lo que queda en una bolsa, la cierra con un nudo y la pone arriba de las cajas. Teresa y yo estamos en el piso. Yo juego con una pelota de papel y ella sólo la mira.

—Al fin la casa está vacía —dice mamá muy seria. Hace mucho que no se ríe.

Se sienta al lado de nosotras, nos abraza y nos dice que en un ratito ya nos vamos. Tiro la pelota de nuevo con todas mis fuerzas. Rebota en la pared y se va rodando por el pasillo. Teré se levanta de un salto a buscarla y, cuando vuelve, se queda parada enfrente de nosotras. Y habla.

—Me gusta el helado de frutilla.

La miramos. Sonríe, con su vestido rosa y sus zapatos ortopédicos. Mi hermana, que tiene cuatro años, acaba de hablar por primera vez.

Se me llenan los ojos de lágrimas y busco la mano de mamá; pero ella ya está de pie a mi lado.

—¿Qué dijiste, Tere? —le pregunta, con la voz rara, mientras se agacha a su altura. La mira un rato a los ojos y después la abraza tan fuerte que parece que se van a caer las dos.

—Hija, ¿me decís otra vez qué te gusta? —le repite mamá.

Teresa sigue sonriendo, pero ya no habla. Mueve sus brazos atrás y adelante como siempre, levantando un poco su vestido.

Yo no puedo dejar de mirarla. Mi hermana. Tiene una voz re linda.

Mamá se da vuelta y sale corriendo a buscar su cartera. Escucho cómo la abre y tira todo al piso. Dice que no encuentra el celu. Camina rápido hacia la cocina y empieza a revolver las cajas que están en el piso mientras se queja de que siempre pierde todo. Hasta que por fin lo encuentra. Vuelve enseguida, busca una foto de un helado y se la muestra a Tere.

—¿Esto, mi amor, cómo se llama? ¿Me decís?

Habla como si estuviera por llorar y mi hermana no dice nada.

—Por favor, hija mía… hablame de nuevo.

Mamá busca más fotos de helados y se las muestra una tras otra, pero no funciona. Teresa la mira como siempre, callada. Y ya no sonríe.

Mamá empieza a caminar de un lado al otro del salón. Sus pasos se escuchan por toda la casa, y va diciendo algo en voz baja que no entiendo. De repente se queda quieta a mi lado.

—Vamos a llamar a papá —dice con las palabras cortadas.

Por un momento dejo de mirar a Tere y la miro a ella. Se le caen los mocos y le tiemblan las manos mientras marca el número. Pobre mamá. Me acerco un poco a ella y le abrazo fuerte la pierna.

El celu suena muchas veces hasta que, por fin, escucho la voz de papá. Siento que me tiembla todo el cuerpo. Hace mucho que no sabemos nada de él. Se pelearon hace un tiempo, otra vez, por lo de la terapia de Tere. Él dijo que no aguantaba más, juntó sus cosas y se fue dando un portazo. No llegué a saludarlo porque no salí a tiempo de mi habitación.

Me vienen lágrimas otra vez.

Mamá se va a hablar a la cocina y nos quedamos las dos solas. Me siento chiquita sentada en el piso frente a mi hermana menor. No hay ningún ruido y se escucha cómo respiramos. Yo agarro la pelota de nuevo.

—Voy a ver si consigo un turno en el médico para hoy, ya salgo para allá —escucho que dice mamá desde la cocina.

Después aparece, agarra las llaves y, antes de salir, nos mira rápido.

—Ahí vengo, chicas. Cuidá a tu hermana, Juani —me dice, y se va apurada.

La puerta se cierra y yo me quedo mirándola un rato. Cuando me doy vuelta, Tere sigue parada y me sonríe. Me río yo también y me seco las lágrimas con la manga de la campera. Pienso que, ahora que habla, capaz ya no tenemos que vaciar la casa y podemos quedarnos. Por ahí papá vuelve y quiere quedarse también.

Me acuerdo del sobre con plata que me dio la abuela y corro a buscarlo en la caja con mis cosas. No sé bien cuánto hay, pero seguro alcanza.

Vuelvo al salón, saltando las baldosas de dos en dos como siempre. Me paro al lado de ella y le agarro fuerte la mano.

—¿Vamos a comprar un helado, Tere? De frutilla, como dijiste.

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