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La casa vacía - por Amadeo

La casa vacía

El reconocido rostro juvenil y sonriente de Gaspar, ahora es adusto, también hoy su espalda está apenas encorvada por el desamparo y el inconmensurable dolor espiritual, al regresar del sepelio de su esposa, de tan solo veintiséis años, fallecida en un accidente con su auto. El día inestable, no lo ayuda.
Abre la puerta de la casa que alquilaran hace un año, con la idea mutua de transitoriedad hasta construir la propia, y al notarla vacía de cariños y sin poder escuchar la voz de bienvenida de ella…, entonces lloriquea con lágrimas marcadas por la angustia.
El retrato, pleno de futuros, de ambos en el día del casamiento, en un mueble del living ordenado y limpio como siempre, lo saluda, pero él no puede agradecerle con el beso al aire que acostumbra al visualizarlo. El dormitorio desolado de abrazos, con la cama desordenada, ropa propia fuera de lugar, un libro en el suelo, la mesa de luz de ella con el velador encendido hace horas o…, ¿días?, le complican el respirar a Gaspar, quien cierra los ojos, suspira profundo y abandona la habitación. “Solo, no podré dormir en nuestra cama”, deduce tras un pensamiento involuntario.
La cocina-comedor, en desorden mayúsculo, no colabora con Gaspar a comprender la nueva realidad que debe afrontar. Desplaza a un extremo de la mesa los platos con restos de comida, dos vasos y cubiertos que permanecen en espera de ser lavados. Se sienta, mira hacia el techo en pedido de auxilio, que no recibe. Vencido baja la cabeza. Se para, abre la heladera, saca sobrantes y vuelve a sentarse para saciar el hambre tras tantas horas nefastas.

Arrastrando los pies llega al jardín trasero…, que es principalmente de ella por su dedicación en las siembras, riegos y podas. Gaspar se nota agitado, su corazón palpita con celeridad, las inspiraciones son breves y, algo mareado, se siente en el banco donde ambos leían, cada uno su novela. Hoy, él se sabe con las manos vacías. Desorientado, balbucea el nombre de ella. La busca entre los arbustos y los tulipanes negros, pero solo ve algunos plantines florecidos y marchitos en sus macetas con tierra reseca. El silencio lo agobia y abandona el patio.
Con el sol ya casi escondido en el horizonte, Gaspar pasivo y en el baño, se ve reflejado en el espejo y le cuesta reconocerse. Serio, con enojos acumulados se descubre pálido de muerte y retrocede un paso. Evita una caída apoyándose en la puerta y así logra firmeza y capacidad de huir, mientras otro llanto débil resurge.
Cae en el sillón del living, se toma la cabeza con ambas manos e intenta descansar en el respaldar. Inspira y estima que lo correcto sería volver a la casa paterna, para alejarse de lo oscuro, lo feo e inevitable. En ese estado, de pronto recuerda algunas frases, que le repetía el padre, un sabio, cuando él aún era adolescente:
“No duele para que sufras… Duele para que cambies…”;
“Lo difícil se hace, lo imposible… se intenta”;
“Mañana puede ser tarde. Haz hoy lo máximo posible”.
Reanimado por tal sabiduría, se confirma regresar a la casa donde naciera, pero antes vendería todos los muebles, enseres y artefactos para liberar la casa alquilada.

Acostado e incómodo en el sillón, se despierta dolorido y lleno de recuerdos confusos de lo bien vivido con su gran amor…, hoy desaparecida. Las lágrimas afloran de los ojos vencidos, mostrándole el pasado resiente. De pronto, un intenso dolor en el pecho. Gaspar se para y solo tiene voz para hablarle a su esposa con letras apasionadas:
—Amor mío, te acompaño. Seguiremos juntos…, en el cielo o donde sea.

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