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La casa vacía - por Cristina OtaduiR.
Emma querida, ayer por la mañana murió mama.
Era el turno de Alex, que hacía los días impares de la semana.
No ha contado mucho. Supongo que no hay mucho que contar. Los últimos días los pasó sedada. El estado irrecuperable en el que se encontraba y su edad nos llevó a todos, sanitarios y familia, a tomar la decisión de evitarle sufrimientos inútiles.
Te echo de menos aquí, ya sabes que Alex y yo nunca hemos sido lo que se dice uña y carne. Su carácter frio y su mente analítica me abruma muchas veces y me desconcierta otras. Afortunadamente se va a encargar de todos los trámites y papeleos que imagino, no le costaran mucho esfuerzo: mama tenía testamento hecho y un seguro, el famoso seguro «de los muertos» del que siempre nos reíamos ¿te acuerdas? y del que nunca quisimos participar. El caso es que ellos se encargan de todo hasta la entrega de las cenizas lo que es un alivio.
En mi ha recaído la tarea de deshacer la casa: Alex dijo que no tenía interés en recuperar nada de lo que allí hubiera, que cuando decidió independizarse, se había llevado con él las cuatro cosas de valor por las que sentía apego y que delegaba tranquilamente en mí el posible inventario y reparto del contenido de la vivienda por lo que esta mañana temprano he decidido venir hasta aquí, y desde aquí te escribo.
Parece mentira lo vacía que encuentro la casa sin ella. Aquí sentada, en la mesa de la cocina, mientras te escribo, recuerdo que nos sentábamos a desayunar y ella leía el periódico del día anterior siempre a la mañana siguiente porque eso, decía, le daba perspectiva de lo que sucedía en el mundo y nosotras, amigas del silencio matutino, la mandábamos callar.
Levanto la vista y recupero las escenas cotidianas, las comidas de domingo, sus tardes de plancha en invierno cuando llegábamos de la escuela y la encontrábamos doblando la ropa y escuchando música clásica en la radio y su voz haciendo que nos sentáramos a escuchar las emisiones de ópera que la cadena retrasmitía desde cualquier teatro del mundo y tu y yo, bocadillo en mano, obedientes siempre, atentas a los nombres que iba enumerando con admiración y entusiasmo intentando que participáramos de su afición.
Duele saber que nunca más estas paredes acogerán su risa y sus palabras.
Definitivamente no sé cómo voy a dar salida a todo lo que esta casa encierra. Siento que dejarla vacía es vaciar mi alma también. ¿Qué voy a hacer con sus libros? ¿y con la ropa? ¿Y con todo lo que ahora, cuando voy de habitación en habitación, descubro de nuevo como si el tiempo no hubiera pasado? Se dice pronto: «encárgate de deshacer la casa» me dijo Alex, ¡cómo se fuera una tarea sencilla! ¡como si la casa no estuviera vacía ya con su falta!
Mientras te escribo vuelan entre pasillos todos nuestros recuerdos de infancia, ¿te acuerdas cuando, sin apenas hacer ruido llegábamos tarde y escapándosele la risa nos abría la puerta que papa cerraba y nos decía que en la cocina quedaba algo de cena y nosotras, entre cuchicheos quedos dábamos cuenta de cualquier cosa que aún caliente mantenía en el horno? Movía la cabeza y le bailaba la sonrisa en la cara mientras decía «ya hablaremos mañana» y volvía a la cama tranquila de tenernos a las dos en casa.
Te echo de menos hermana. Ojalá nos podamos ver pronto y entre las dos explicar al bueno de Alex que esta casa, aun sin vaciar, ya está vacía para siempre.
Te quiere, Marta.
Ccomentarios (1):
Codrum
18/03/2026 a las 21:27
Que texto tan bonito, íntimo y delicado.
La carta ha sido intensa y tierna desde el principio.
Un vacío inmenso.
Tu texto anterior era una poesía, una peripecia técnica. Este es sencillo( que no fácil) y está impregnado de un tono de melancolía tan intenso que se podría guardar caliente en el horno antes de “ mañana hablamos”.
Gracias por est ternura y por mostrar de una forma tan bella algo, que la gran mayoría debemos de pasar.