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LA CASA VACIA - por DAILAR.

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LA CASA VACIA

Amanece; es mejor coger carretera y manta cuanto antes. El camino será largo y aburrido en esa interminable autovía donde apenas se ve un árbol o zona de cultivo. A ambos lados, el terreno está seco: arena rojiza y apenas pequeños matojos de arbusto. La circulación en este viaje a ninguna parte es escasa; pocos se atreven a cruzar la frontera que lleva a La Casa Vacía.

Laura deja atrás el ruido de la ciudad y de sus gentes, esas calles donde se cruzan apresuradas miles de personas con la mirada baja. Nadie parece feliz en ese lugar; ella tampoco. El riesgo de salir hacia un sitio desconocido e incierto es grande y, sin embargo, a través de todos los medios de comunicación disponibles, no se habla de otra cosa: “La Casa Vacía”. Es un anuncio idílico: verdes prados, bosques inmensos, cielos azules y una casa vacía para cada persona o familia que decida aventurarse.

Laura no lleva equipaje. Nada, absolutamente nada; su determinación es firme y su deseo, irrevocable. El nombre de «La Casa Vacía» había llamado su atención, sobre todo porque era lo que más deseaba en ese momento de su vida: un comienzo sin mochilas a la espalda, sin pesos de antaño que soportar, sin personas que la hirieron; un comienzo sin recuerdos. Porque sí, esa era la condición para poder acceder a ella: debía liberarse de toda su vida anterior, y para ello, un elixir «mágico» era la llave.

Era un frasquito azulado, con un brillo especial, como el del cielo en sus días más hermosos. Lo bebió sin dudar, sin remordimientos e incluso con una deseada urgencia.

Laura sigue conduciendo por una autovía recta, siempre recta, sin bifurcaciones ni desvíos. Ya es imposible salirse del camino, un trazado que ahora es el suyo porque no recuerda otra cosa. Y allí, frente a sus ojos, está La Casa Vacía. Es un sueño, un espectáculo para la vista y para los sentimientos. Todo es nuevo: sensaciones, latidos y un sentimiento interior de una gran estancia que llenar; llenarla de experiencias inmensas e increíbles.

La Casa Vacía es un hogar real, con sus paredes, sus estancias, sus ventanas, sus puertas y sus pasillos. Laura entra e imagina lo que quiere colocar en cada espacio vacío; su imaginación le sugiere colores alegres, suaves y tranquilos, pero con toques de locura en los contrastes. Es un lugar tan hermoso que pasea ensimismada, despistada, hasta que Damián irrumpe en la estancia.

—Hola, soy Damián —dice él.
—Hola, yo soy Laura —responde ella.
—Compartimos la casa; me lo acaban de comunicar.
—Vaya, no sabía que esto se compartía.
—Puedes pedir un cambio o anular mi compañía si tu deseo es habitarla en solitario.
—¿Damián? —pregunta ella, sorprendida.
—Sí, Damián.
—Yo ya estaba imaginando cómo iba a ocupar todo lo vacío por aquí…
—La Casa Vacía es para crear todo lo nuevo imaginable —replica él.

Ambos caminaron a la par y recorrieron todas las estancias; solo de vez en cuando sus miradas se encontraban. En sus silencios podían sentir la casa. Esta empezaba a llenarse de coloridos pájaros revoloteando a su alrededor y miles de mariposas posándose sobre verdes plantas.

La Casa Vacía ya estaba cobrando vida.

Sobre el suelo de madera, en medio de un gran salón y frente al ventanal, decidieron sentarse; el olor a pino fresco de la tarima los dejó pensativos. Solo aquella paz fue interrumpida por Damián:

—Tenemos un lienzo en blanco. ¿No crees que a cuatro manos conseguiríamos algo extraordinario?

—Quizás —responde Laura, acercándose con una media sonrisa irónica—, simplemente estamos ambos esquivando lo mismo, y esta casa es más pequeña de lo que parece.

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