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La casa vacía - por Daniel CallejaR.
Web: https://debusquedasylocuras.blogspot.com
Han pasado seis años ya desde la muerte de la señora Celia, mi última moradora. La capa de polvo que cubre mis pisos crece cada día, ayudada por el viento que se cuela a través de las ventanas sin vidrios, destrozados hace tiempo por una panda de chiquillos malhumorados y aburridos, incapaces de entender mi sufrimiento.
Soy solo una casa vacía que antes fue un hogar lleno de amor y alegría. El lugar donde Celia y Romualdo criaron seis hijos a los que vi crecer y marcharse apenas pudieron.
Cuando Celia quedó viuda, ya todos sus hijos nos habían abandonado. A pesar de sus achaques cada vez mayores, ella siempre se las arregló para mantenerme impecable sin ayuda. El día que la ambulancia vino a buscarla, supe con seguridad que ya no volvería.
Sus hijos, incapaces de ponerse de acuerdo en qué hacer conmigo, me vaciaron de todo aquello que consideraron valioso y me abandonaron a mi suerte.
Mis mejores años se pierden en la bruma del pasado. Demasiado tiempo ha que mis cañerías están secas, y la electricidad que supo alumbrar las noches familiares es apenas un viejo recuerdo.
A veces algún vagabundo se acerca a pernoctar y dejar sus excrementos y miserias abandonados en cualquier lugar. El olor se hace cada vez más insoportable.
Las goteras cada vez más grandes convierten el polvo en barro cada vez que llueve.
Desde fuera debo parecer una vieja casa embrujada. Por algo las criaturas del bosque nunca se acercan a mí. Me he convertido en una pobre cáscara vacía, pudriéndome de a poco por obra del tiempo y el hastío. Pensar que supe ser una especie de paraíso para aquella joven pareja amante de la naturaleza y el silencio.
La vegetación poco a poco me va abrazando; las hierbas crecen entre las hendijas de mis pisos y las ramas de los árboles se cuelan por las desvencijadas ventanas. Pero los pájaros no anidan en ellos. Ni siquiera las cucarachas hacen cosquillas en lo que va quedando de lo que alguna vez fue un hermoso cielorraso.
Muchas noches sueño con que una de esas máquinas de destrucción creadas por los humanos pasa por aquí y termina con esta inútil agonía de existir sin ser. Pero no sucede.
El viento, cuando sopla fuerte, me trae las quejas de otras casas que como yo, han perdido su razón de vida. Otras afortunadas, más modernas y cercanas a las rutas, reciben visitas diarias de muchos bichos. Incluso algunos pequeños mamíferos las convierten en sus hogares permanentes. Claro, tiene árboles frutales cerca, y por la desidia de los humanos, aun reciben agua corriente.
Pienso, pienso, pienso. ¿Habrá una forma de acelerar mi final y terminar con este horrible presente de ser sólo una cáscara vacía, perdida en lo que antaño fue una urbanización de moda?
¿Y si ese grupo de muchachos que llegó esta mañana pudiera ayudarme? ¿Cómo? Entraron a mí nada más qué con la tarea de arrancar zócalos y contramarcos para hacer fuego afuera. Sin duda, unos paletos de ciudad que no se dan cuenta de que están rodeados de leña por todos lados. Incluso lo que quedaba de la baranda del porche les había servido para preparar su fogata.
Ahora cantan y tocan la guitarra mientras cocinan algo a punta de llama. ¿Y sí…? ¿Por qué no?
Necesito llamar su atención. Tal vez con un ruido. Concentro mis fuerzas en hacer caer una tabla del techo. El ruido los alerta. Están asustados y no se animan a entrar. Un piedra papel o tijera define quién lo hace. El desafortunado joven toma una gruesa rama con la punta al rojo vivo para defenderse y entra temblando. Está cerca de la montonera de hojas que el viento acumuló en un rincón. Es ahora.
Por más que me esfuerzo, no consigo tirar otra tabla. Debo apurarme o va a salir. Para mi fortuna, uno de sus tontos amigos explota una bolsa inflada detrás del muchacho. Aterrado, deja caer la rama y en segundos, todo arde.
Libre al fin, mi alma sube más rápido que el humo cada vez más espeso. Los excursionistas huyen asustados, mientras el viento expande el fuego sin piedad, liberando a otras hermanas abandonadas.
No sé que pasará ahora. Pero nada puede ser peor que el abandono y la lenta destrucción. Ojalá, el cielo sea algo más que una loca fantasía de los humanos. Ojalá Celia y yo volvamos a estar juntas.
Comentarios (11):
Viva_la_escritura
19/03/2026 a las 11:04
Hola Daniel,
Tu texto me ha hecho pensar en todas esas casas en las que, por desgracia, ya no vive nadie. Ha sido muy interesante la forma en la qué has hecho que una casa tenga alma, sentimientos. Lo único a mejorar que yo he observado es que al principio yo pensaba que quien hablaba era el propietario de la casa.
Ahora te animo a leer y comentar mi texto:
https://www.literautas.com/es/taller/textos-escena-76/11925
Felicidades 🙂
Carmenigne
19/03/2026 a las 20:00
Me resultó muy interesante el punto de vista del narrador: la casa. El relato es muy fluido y transmite cómo el vacío se instala de forma paulatina; un vacío de hogar, aunque la casa siga en pie. Es como si hubiera perdido su “sentido”.
Esto me llevó a pensar en cómo algunas existencias, cuando pierden ese sentido, pueden volverse una especie de cáscara vacía que se va deteriorando. Eso aparece reforzado por las “reflexiones” “emociones” o sentimientos que aparecen en la voz del narrador que es la casa misma.
Hay imágenes muy potentes, como las cañerías secas o la electricidad convertida en recuerdo.
También me parece muy rica la integración del entorno: los árboles que la abrazan, los animales, los jóvenes. Todo eso enriqueció la lectura y me resonó con esas casas abandonadas que uno ve y que invitan a preguntarse quiénes habrán vivido allí, si fueron construidas con ilusión, qué historias guardan.
El final me resultó especialmente interesante porque, aunque habla de destrucción, lo hace desde la vida: un grupo de jóvenes que canta, toca música y enciende el fuego.
Diana T
20/03/2026 a las 01:19
Hola, Daniel
Creo que tu relato es rico en descripciones potentes y reales, nos haces no sólo imaginar, también sentir. Puedo sentir la agonía de la casa, sus ganas de tirar la toalla y su anhelo de paz. Puedo sentir el logro de esa paz tras tantos años de sufrir.
Me gustó, especialmente, esa línea de pensamientos que tiene con sí misma justo antes de atraer a los muchachos para que comience el fuego.
También el párrafo que habla de los pájaros que no anidan en sus techos, y que ni las cucarachas hacen cosquillas. Muestra perfectamente su desesperación.
Me imagino que una casa que lo tiene todo, se quejaría de los molestos pájaros que defecan en sus techos, y de la incomodidad de los bichos, pero esta casa se siente tan sola que desea por lo menos esa compañía.
Como aspectos de mejora, debo comentar la parte que dice “El olor se hace cada vez más insoportable. Las goteras cada vez más grandes convierten el polvo en barro cada vez que llueve.” Demasiados “cada vez”. Sé que es algo dificil de reemplazar, pero quizás se pueda reformular o cambiar el orden, para quitar la repetición.
También, al final, probablemente es innecesario, pero ¿y los pobres árboles de los que se rodea? Varios de ellos seguramente murieron incendiados, y creo que la casa es demasiado consciente como para no darse cuenta. Me hubiera gustado al menos una línea lamentando que ellos también se irían. (Aunque probablemente esto es sólo yo siendo demasiado detallista).
Gracias y felicidades por esta maravillosa historia. Saludos 🙂
Clarinete
21/03/2026 a las 21:29
Hola, Daniel. Me ha gustado la forma en que le das vida a la casa, su alegría y su tristeza. El final me ha gustado, ese deseo después del desastre.
Nos leemos. Un saludo
Enzo Farías Molina
21/03/2026 a las 23:08
De ser una cáscara vacía a ser nada más que cenizas, el final de todo. Qué queda después de las cenizas? Nada. Una buena trama, creo que reitera mucho y marca mucho la palabra “humanos” tratando de establecer una diferencia y distancia que a la vista del relato y del relator es obvia y súper clara de entender y asimilar. Salvó eso, un muy bien relato, con una buena base para profundizar y trabajar en él. Saludos de tu vecino de un poco más arriba!
José Torma
23/03/2026 a las 19:18
Hola Daniel.
Tema complicado que tu protagonista sea un ser inanimado. Al menos eso pensamos, pero con maestría nos vas adentrando en el sentir de la casa, de sus ilusiones rotas y del desprecio que ahora siente en su contra por ser vieja. Vaya que es una comparativa con nuestra vida. Cada vez mas viejos y tal vez, porque no, cada vez mas solos. Todos esos sentimientos que experimenta la casa que comparte con nuestros viejos que se sienten abandonados.
No tengo una pega que ponerle a tu relato, a mi me funciono y me puso a pensar en mi propia vida, que no importa cuanto hagas de bien, tal vez al final, el resultado no es parejo con el esfuerzo y al final, ese fuego liberador nos llegara a todos.
Me gusto mucho, felicidades.
Daniel Calleja
24/03/2026 a las 01:22
Gracias a todos por sus comentarios. Cada vez que lo leo veo que exageré con esa frase. Lo triste del caso, es que recién lo noté cuando lo vi publicado aquí.Gracias Diana T por esa observación. Esta frase de un comentario :”De ser una cáscara vacía a ser nada más que cenizas, el final de todo. Qué queda después de las cenizas? Nada.” En realidad, lo queda es lo inanimado, el alma de las cosas. Al narrar desde la casa, le estoy dando conciencia a algo que casi seguramente no lo tiene. Igual tomo en cuenta el comentario y lo agradezco. Todos estamos aprendiendo. Lo de los árboles que sufren… quizá un poco egoísta la casa que en su desesperación no pensó en las demás víctimas. Me alegra haber llevado a la reflexión sobre nuestra propia vida, sobre el abandono que sufren a veces los viejos por una sociedad que hace culto a la juventud. Y comparto esa curiosidad por las casas vacías y sus historias.
Desde el mismo momento que apareció el tema del taller, me desafié a escribir desde la casa vacía. De nuevo, gracias a todas/os por sus comentarios.
Monica Bezom
24/03/2026 a las 20:05
Hola, Daniel.
Nos presentas un estupendo y sólido relato. La elección de que la casa sea la voz narradora es atractiva y sostenida con coherencia. Encuentro también muy
logrado el clima en la atmósfera de abandono y decadencia a través de imágenes efectivas: el polvo, las goteras, la vegetación que invade, los vagabundos, etc. El texto no se queda sólo en la descripción; avanza hacia un conflicto (la casa quiere morir) y culmina con una resolución: el final, con el incendio como liberación, resulta coherente y potente.
Como mejora, tal vez podrías reducir algunas reiteraciones del deterioro para ganar intensidad.
Un gusto leerte.
Pilar ( marazul)
24/03/2026 a las 22:05
Hola, Daniel: me gustó mucho tu relato. Lo he leído varias veces. Que el narrador sea la casa es un acierto. Nadie mejor que la propia casa para ser testigo. Me gusta mucho atribuir cualidades humanas a cosas u objetos, lo que se llama personificación que yo también he empleado en mi relato de este mes.
Pero lo que más valoro es la forma en que lo cuentas, con un lenguaje correcto y claro nos cuentas la historia de la casa, su apogeo, su decrepitud y lo mejor las emociones y los sentimientos de la misma.
El final casi parece un suicidio. Es perfecto.
Enhorabuena por tan estupendo relato
Saludos. Pilar
Hugo
26/03/2026 a las 00:43
Hola Daniel:
Nunca dejas de asombrarme con tu imaginación y creatividad puestas al servicio de la narración fantástica y así deleitarnos con tus textos.
La idea de que la casa sea la narradora en primera persona y tiempo presente me parece muy buena.
Es un relato que comienza recordando a su última moradora, la señora Celia, y finaliza deseando volver a estar juntas. En el medio nos atrapa en una atmósfera con variaciones tonales que van desde lo melancólico a lo fantasmal (cuando hace caer la tabla del techo), atrapando permanentemente nuestra atención.
El texto está perfecto. Hay dos pequeños detalles que me llamaron la atención. No digo que estén mal, solo que me hicieron pensar.
Uno es la frase:
“Demasiado tiempo ha que mis cañerías están secas…”
El uso de “ha” con valor temporal existió en el español clásico pero hoy se considera un arcaísmo. Creo que lo recomendable es “hace”.
Y el otro es:
“…algún vagabundo se acerca a pernoctar y dejar sus excrementos…”
Pernoctar y dejar son dos verbos en infinitivo con tono neutro y que riman.
“…algún vagabundo se acerca a pernoctar y deja sus excrementos…”
Con solo quitar una “r” transformamos el verbo en presente y no hay rima.
Como verás son cosas sin mayor importancia que en nada empañan tu excelente historia.
Felicitaciones. Nos seguimos leyendo.
Carmen Figueroa
06/04/2026 a las 01:54
Hola, Daniel:
Tu relato me ha enganchado desde la primera oración. La personificación de la casa, que inmediatamente me recordó el abandono de muchos viejos en este mundo, está muy bien lograda. Entiendo perfectamente lo que la voz narrativa expresa porque tú y yo somos de la misma generación. Concurro con las sugerencias de mejora de nuestros compañeros, que son mínimas. Te felicito por tu excelente historia. Adelante con tu escritura.