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La casa vacía. - por Moldy Blaston
El universo no soporta el vacío. Lo aprendí antes de que el mundo se detuviera. Si dejas un espacio sin nada, algo —la presión, el aire, la luz— intentará llenarlo. Por eso, cuando entré en la propiedad de la calle Satriani 42, supe que el título de la inmobiliaria era un error de concepto. Aquello no era una «casa vacía». Era una trampa de succión.
El recibidor olía a una limpieza tan agresiva que resultaba violenta. No había polvo, pero tampoco había tiempo. Al caminar, mis pasos no resonaban; el silencio se tragaba el sonido antes de que llegara a las paredes.
Me habían contratado como «curador de ausencia». Un trabajo moderno para ricos con crisis de pánico: alguien que habita los espacios recién comprados para «humanizarlos» antes de que los dueños se muden. Mi misión era sencilla: leer, dormir, usar los grifos, dejar una huella térmica en los sofás de cuero. Evitar que la casa se sintiera extraña.
Pero es que esa casa no quería ser humanizada.
El primer día, dejé mis llaves sobre la encimera de mármol de la cocina. Fui al baño y al volver las llaves no estaban. No se habían caído, ni las habían robado. Simplemente, el espacio que ocupaban las llaves ya no las contenía. Pasé la mano por el mármol frío y sentí una vibración sutil, como un ronroneo eléctrico.
—Es solo el aislamiento acústico —me dije en voz alta.
Mi voz sonó sin eco, como si estuviera hablando dentro de una caja de terciopelo. Esa noche, me acosté en la cama king-size de la habitación principal. La sábana de algodón egipcio estaba tan tensa que parecía una superficie sólida. Me quedé dormido mirando el techo blanco, una extensión infinita de nada que parecía descender unos milímetros cada vez que parpadeaba.
Al día siguiente al ducharme, noté que el agua no se acumulaba en mis pies; desaparecía antes de tocar el sumidero. Miré mi brazo y vi que mi piel estaba volviéndose lisa, perfecta, como el mármol de la cocina. La casa estaba puliendo mi existencia. La casa vacía era un órgano digestivo de la realidad que necesitaba procesar cualquier anomalía para mantener su pureza. Y la anomalía era yo.
Intenté salir. Agarré el pomo de la puerta principal, pero mi mano no encontró resistencia. Mis dedos ya no tenían la densidad necesaria para girar el metal. Mi cuerpo se sentía ligero, una sugerencia de carne más que una masa real. Me miré en el espejo del salón. Yo era una mancha de transparencia, un error en un escenario que exigía la perfección del vacío.
El pánico debería haberme acelerado el corazón, pero mi pecho ya no se movía. Me senté en el suelo, o donde el suelo solía estar, y esperé. La luz del atardecer entró por los ventanales y me atravesó, ignorándome, como si yo fuera un cristal demasiado limpio.
Entonces, sonó el timbre.
Eran los dueños. Los escuché hablar desde el otro lado de la puerta.
—Es perfecta, ¿verdad, cariño? —decía ella—. Tan minimalista. Tan… pura. —El curador debe haber terminado ya —respondió el hombre—. El informe decía que la casa está lista para nosotros.
La puerta se abrió. Era una pareja joven, con sonrisas de catálogo. Pasaron justo por donde yo estaba, atravesando mi pecho sin ni siquiera llegar a percibirme. Se detuvieron en el centro del salón, admirando el vacío del que yo ahora formaba parte.
—¿Sientes eso? —preguntó ella—. Qué paz. No hay nada que estorbe. Ni un ruido, ni una mota de polvo.
—Sí —dijo él, mientras dejaba su maletín en la encimera.
Me acerqué a él, intentando gritar, intentando tocarle el hombro, deseando que al menos sintiera un escalofrío. Pero mis dedos se deshicieron en el aire. Entonces me fijé en el maletín. Vi cómo el cuero empezaba a alisarse, cómo la marca del diseñador se borraba lentamente.
Lo entendí todo en ese último instante de conciencia. La casa estaba vacía porque devoraba el significado de todo lo que entraba. Los dueños no venían a vivir; venían a ser procesados.
Miré a la mujer. Su reflejo en el espejo ya empezaba a desdibujarse por los bordes. Ella sonrió, ignorante de que su propia existencia estaba siendo succionada por las paredes blancas. Yo ya no sentía miedo. Ya no sentía nada. Me convertí en una corriente de aire, en un milímetro de espacio, en el silencio absoluto que reina entre dos latidos.
Finalmente, la casa estaba vacía. Y yo, por fin, era la casa.
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