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La casa vacía. - por DANI BOUQUETR.+18
Delante de mí, María abre la puerta de la entrada. Por fin nos mudamos a nuestro nuevo hogar.
Mi suegra —el Orco— me adelanta sin muchos miramientos y se cuela detrás de ella. Yo las sigo disfrutando del momento. Ante nosotros, el salón vacío y luminoso nos da la bienvenida.
Dos camiones de la empresa de mudanzas ya están aparcados frente a la casa y varios operarios, identificados con polos de color naranja chillón, empiezan a acarrear los muebles. Los miro con lástima, tendrán que hacer malabarismos para meter el sofá por la puerta. Me encojo de hombros; para eso les pago.
María les da órdenes sobre dónde debe ir cada cosa. Prefiero no interferir, anoche tuvimos una discusión de las gordas y todavía está cabreada. Mientras, el Orco se dedica a tocar las narices a los muchachos: “Cuidado con esa caja… no seas inútil… eso se va a romper…”
Mi esposa sonríe a los operarios con más descaro del que me gustaría, paseándose y ayudando a cargar, sin despeinarse ni un mechón. Siempre ha tenido aires de reina. No me gusta lo que veo, así que pongo cara de pocos amigos y subo a nuestra nueva habitación. Unos operarios están metiendo la cama a través de la ventana con una grúa, haciendo un ruido infernal. Otros están montando los muebles del estudio.
En medio del caos, desde la planta baja, se escucha una música alegre. Parece que María ha encontrado los altavoces. Es buena señal; se le habrá pasado el mosqueo. Anoche estaba muy borracho, me cuesta recordar lo que le dije, pero sí recuerdo las palabras que ella me dirigió. Debería ser yo el enfadado.
Salgo de la habitación y paso por delante del baño. Entro. Me miro al espejo, descubriendo que estoy hecho un desastre. Aparte del pelo revuelto, se me ha roto la camiseta por un costado. ¿Cómo no me he dado cuenta? ¿Y cómo es que el Orco no se ha metido conmigo en toda la mañana? Veo venir sus comentarios: “Pareces un mendigo… qué pinta llevas… ñiñiñi…”
Qué asco le tengo, de verdad.
Me estoy pasando la mano por el pelo delante del espejo, cuando María entra en el baño, detrás de mí. Me doy la vuelta para mirarla a la cara.
—Podríamos hablar de lo que pasó, cuando la casa esté más tranquila—le digo.
A ella se le humedecen los ojos, niega con la cabeza y sale corriendo enjuagándose las lágrimas.
Vaya, parece que no vamos a hablar.
Oigo al Orco escaleras abajo.
—¿Qué ocurre, hija?
—¡Otra vez! —grita María— ¡No puedo más!
Bajo las escaleras y veo a María salir de casa dando un portazo. Mi suegra va tras ella con otro portazo. Los operarios dejan discretamente lo que están haciendo para cotillear la escena.
Me quedo plantado, indignado. ¿Por qué sigue tan molesta? ¡Todo esto empezó por su culpa! Anoche estaba tomándome unas copas en la cocina de nuestra antigua casa, tranquilamente, mientras esperaba a que ella llegase de madrugada. Fue ella la que llegó a las tantas, oliendo a alcohol y a perfume de hombre. Fue ella la que se tomó muy mal que la insultara. Fue ella.
Empiezo a recordar. Me dijo que estar conmigo era como estar en una casa vacía, pero que había conocido a alguien.
Me lo dijo sonriendo.
La odié. Quise borrarle esa sonrisa; la empujé y la golpeé hasta que me dolieron los nudillos, mientras ella me devolvía los golpes con ganas. Sus puñetazos dolían, pero los míos eran más fuertes… y entonces algo brilló en su mano. No entiendo de dónde salió el cuchillo que fue directo a mi costado. El dolor fue breve.
Estoy recordándolo todo. No sé si ocurrió anoche, o quizás hace mucho más, pero poco importa. La rabia y la frustración se abren paso por mi garganta, convirtiéndose en un grito que hace retumbar las paredes.
Tras un momento de silencio, los operarios se miran entre sí, desconcertados. Mejor aún, asustados.
Y yo me quedo en medio de ellos, invisible y consciente, al fin, de lo que está pasando. Sé que si cierro los ojos volveré a olvidarlo todo. Y también sé con certeza que, cuando los abra, estaré donde esté ella.
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