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La distancia pudre el amor - por ÁngelaR.

Isabella y Marta comparten, sin saberlo, algo más que asientos de la fila once del vuelo DL2223. Han aprendido a viajar sin mucho equipaje a fuerza de arrinconar de vuelta a casa docenas de objetos comprados en el frenesí de la novedad; y de desperdiciar horas en oficinas de reclamación de equipajes perdidos. Pero no renuncian a un par de detalles que consideran indispensables: lectura abundante y una almohadilla hinchable.
Aunque el vuelo desde Anchorage dura poco más de cuatro horas, el cambio de huso horario hará que lleguen pasadas las siete de la mañana a Salt Lake City, y allí tendrán que continuar despiertas para no perder el enlace al siguiente destino. Sin prisa, con esa cadencia dócil en la que te sitúas para no ser muy consciente de las limitaciones de movilidad, o de que estarás flotando a más de treinta mil pies durante las próximas horas, inflan sus almohadillas y ponen sus libros sobre la mesa que han desplegado del respaldo delantero.
Ambas miran de reojo el título del libro de su compañera. Lo hacen con disimulo, ocultando la curiosidad, pero deseosas de comenzar el juego de imaginarse al compañero partiendo de lo que lee.
Cuando ven los títulos no pueden refrenar el entusiasmo; las palabras se agolpan por salir. Al fin alguien con quien hablar en español. Alguien que comprende que es posible, y hasta deseable, entablar una conversación con un desconocido en un avión a la una de la madrugada.

—¡Adoro Lorca! Desde que me lo dieron a leer en el colegio, siempre he querido ir a Granada para comprobar si las pasiones de los españoles son tan intensas como él las describió.
—¿De dónde eres?
—Nací en Guadalupe, aunque he pasado la mayor parte de mi vida en Seward
—Pues yo soy del país que le dio nombre a tu ciudad, aunque la mía se llama Córdoba
—Claro, mi abuela Isabella, por la que llevo mi nombre, nos contaba en sus cuentos antes de dormir que Nuño Beltrán de Guzmán quiso honrar a su tierra natal dándole el mismo nombre a su conquista. De niña crecí con las historias de amor entre indígenas y españoles; con calles de bulliciosos mercados en la época virreinal; con los personajes de la Nueva España y con los héroes de la independencia.
—¡Qué lujo de abuela!
—Es el puntal de mi familia, a pesar de la paradoja de que siéndolo contradice una de sus sentencias más célebres: “La distancia pudre el amor”

Al oír la frase, Marta giró bruscamente el cuerpo hacia Isabella buscando cómo podía ella saber que esa idea llevaba semanas resonando en su cabeza. No, no era posible. Suavizó la expresión, y ahora ella empezó a hablar en voz baja.

—Qué coincidencia escuchar lo que dices. Es una frase muy rotunda. Estoy convencida de que es cierta; tanto, que acabo de tomar una de las decisiones más importantes de mi vida en base a ella. ¿Por qué la decía tu abuela?
—Porque mis padres tuvieron que separarse cuando mi padre emigró a Seward para trabajar en la pesca del halibut y el salmón. Pasaba el tiempo y él no encontraba el momento de reunir a la familia; que si el clima era muy diferente, que si no tenía una buena casa, que si estarían solos sin los abuelos… Después de cinco años sin verse, mi abuela empeñó las pocas joyas que le quedaban para pagar un pasaje a mi madre, antes de que las dos niñas nos hiciéramos mayores, y de que alguna otra mujer de las que trabajaban en las lonjas ocupara el corazón de mi padre. Ella siempre repetía: “La distancia pudre el amor”
—Qué historia tan bonita. Me alegra especialmente oírla ahora que he optado por no seguir con una relación que estaba condenada a la distancia. Conocí a Peter durante mis vacaciones en Gustavus. Pero no teníamos futuro como pareja, yo tengo mi vida montada en Córdoba, y él en Hartford. Supongo que la belleza del Parque Nacional Glaciar Bay nos cegó al principio. Es espectacular, y no sólo porque sea el lugar en el que mis padres me concibieron en agosto de 2002, sino porque la naturaleza en Bartlett Cove es impresionante. Ballenas, osos, glaciares, pájaros…
—Bueno, el amor es una fuerza tan poderosa que puede derribar hasta las certezas más sólidas
—Eso me recuerda lo que dijiste al principio, ¿por qué decías que la frase presentaba una paradoja con tu abuela?
—Porque la adoramos a pesar de la distancia

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