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LA EXTRAÑA PASAJERA - por PROYMAN1R.
El vuelo 214 hacia Lisboa había despegado hacía menos de una hora cuando Lidia sintió que el corazón le latía demasiado rápido. No era miedo a volar; llevaba años viajando por trabajo. Era otra cosa. Una punzada de nostalgia, de esas que aparecen sin permiso cuando uno está suspendido entre nubes y recuerdos.
Miró por la ventanilla. El cielo era un lienzo inmenso, azul y silencioso. A su lado, un hombre mayor dormía con la cabeza apoyada en el respaldo. Lidia envidió esa calma.
Había dejado atrás una ciudad que ya no sentía suya y se dirigía a otra que tampoco lo era del todo. En el fondo, lo que la inquietaba era la sensación de estar viviendo en tránsito desde hacía tiempo.
Un murmullo suave la sacó de sus pensamientos. Provenía de la parte trasera del avión. No era un ruido extraño, pero sí constante, como un susurro que se repetía. Lidia se desabrochó el cinturón y se levantó, más por necesidad de moverse que por curiosidad.
Mientras avanzaba por el pasillo, notó que varios pasajeros miraban hacia la misma dirección: la fila 14. Allí, en el asiento 14F, una mujer joven estaba sentada con las manos entrelazadas y la mirada perdida en un punto que nadie más parecía ver.
Lidia se detuvo. Había algo en la expresión de aquella mujer que le resultaba familiar: una mezcla de tristeza contenida y miedo a romperse.
Se sentó a su lado.
—¿Estás bien? —preguntó con suavidad.
La mujer tardó unos segundos en reaccionar. Cuando por fin giró la cabeza, sus ojos estaban húmedos, pero no lloraba. Era como si llevara horas sosteniendo un llanto que no terminaba de caer.
Ella empezó a hablar en voz baja, tan baja que Lidia tuvo que inclinarse para escucharla.
—No sé si puedo hacerlo —susurró—. No sé si estoy lista.
Lidia escucho sus palabras.
—¿Lista para qué?
La mujer respiró hondo, como si las palabras le pesaran.
—Para volver a casa.
Lidia sintió un nudo en la garganta.
—A veces volver es más difícil que irse —dijo.
La mujer asintió, apretando las manos.
—Mi madre murió hace dos meses. Yo… no pude estar. No llegué a tiempo. Y ahora voy a despedirme de ella cuando ya no esté. No sé cómo enfrentar eso.
Lidia sintió que el aire se volvía más denso. Recordó a su propio padre, recordado en un hospital al que ella llegó tarde por un vuelo cancelado. Recordó la culpa, la rabia, la impotencia.
—No tienes que estar lista —respondió—. Nadie lo está. Solo tienes que estar allí.
La mujer la miró con una mezcla de alivio y dolor.
—¿Cómo te llamas?
—Lidia.
—Yo soy Zara.
El avión vibró ligeramente, pero nadie pareció preocuparse. Era un movimiento suave, casi imperceptible. Sin embargo, Zara se tensó.
—No me gustan los aviones —admitió—
Lidia sonrió con ternura.
—A mí me hacen sentir suspendida.
—Ojalá pudiera sentir eso —dijo Zara.
Lidia dudó un instante antes de hablar.
—¿Quieres saber un secreto? —preguntó—. Yo también estoy volviendo. No por una despedida, sino porque me cansé de huir. A veces uno se va para no enfrentar lo que duele, pero el dolor siempre encuentra la forma de alcanzarte.
Zara bajó la mirada.
—Yo me fui para no ver cómo mi madre se apagaba. Y ahora… ahora me arrepiento.
Lidia tomó su mano con delicadeza.
—El arrepentimiento es una forma de amor. Significa que te importaba.
Zara cerró los ojos. Una lágrima, solo una, rodó por su mejilla.
—Gracias —susurró—. No sé por qué te cuento todo esto.
Zara soltó un suspiro largo, como si hubiera estado con él durante semanas.
—¿Crees que ella me perdonaría?
Lidia apretó su mano.
—Las madres siempre perdonan.
El silencio que siguió no resultó incómodo. Fue un silencio lleno de comprensión.
Cuando una azafata pasó por el pasillo, Zara se limpió el rostro y respiró hondo.
—Creo que puedo hacerlo —dijo—. Gracias por quedarte conmigo.
Lidia sonrió.
—No estabas sola. Solo necesitabas recordarlo.
Zara volvió a mirar por la ventanilla. El cielo seguía allí, inmenso y sereno. Y por primera vez desde que subió al avión, su expresión se suavizó.
Lidia regresó a su asiento con el corazón un poco más liviano. A veces, pensó, una encuentra consuelo.
Y mientras el avión avanzaba entre nubes, ambas mujeres —cada una desde su asiento— sintieron que, de alguna manera, estaban volviendo a casa.
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