Literautas - Tu escuela de escritura

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Cuestión de estilo - por HugoR.

El vuelo a Río Gallegos sale a las cinco de la tarde. Llegaré con tiempo para alojarme en algún hotel de medio pelo, que no he tenido el coraje de reservar con anticipación para, de ese modo, evitar a la prensa local, sobre todo a esos redactores de revistas culturales que jamás serán leídas por quienes habitan al norte del paralelo cuarenta.

Ya coloqué la valija carry on en el compartimento sobre mi butaca. Me tocó el lado de la ventanilla. Mientras espero que el avión comience a carretear, abro mi libro para repasar los párrafos que mañana leeré en el acto de presentación.

—Permiso joven— me dice una señora, un poco más joven que yo, tratando de colocar su equipaje en el mismo compartimento.

Cierro el libro y la ayudo. Apenas se sienta a mi lado intenta iniciar una conversación, que al principio trato de evitar, pero ante la evidencia de que será una batalla perdida, me rindo al diálogo que imagino tan cordial como intrascendente.

—¿Qué estás leyendo?

—¿Eh?, nada, un libro.

—Sí, ya sé, ¿cómo se llama?

—Hernán

—No. El libro

—¡Ah!, perdón! “En las entrañas de la tierra.”

—No lo conozco, ¿es nuevo? ¿De quién es?

—Mío…

—Sí, lo supuse, pero me refiero al autor. El título me recuerda a Ken Follett.

—Eso intento decirle, es mi primer novela.

—¡Hay, pero, qué emoción compartir el viaje con un escritor! Contame por favor de qué trata.

—Es sobre una joven pareja que se va a vivir a Río Turbio con su hijita recién nacida.

—¡No me digas! ¡Qué emoción! Yo soy nacida y criada en Río Turbio —me dice con las dos manos apoyadas sobre el pecho y acercando su cara a la mía con los ojos tan abiertos que parecen a punto de salirse de sus cavidades.

Cierro el libro mientras la miro buscando encontrar alguna señal que me permita reconocerla. Trato de mantener la formalidad.

—Creo que no nos presentamos. Mi nombre es Hernán— digo estrechándole la mano.

—Sí, ya me habías dicho. Perdón, que maleducada soy, el mío es María. María Teresa, me dicen Marité.

Un balde de hielo cae sobre mi cabeza. Marité, así se llamaba la hija del capataz general de la mina, ¿Será ella?

—Es un placer —digo sin manifestar mi incógnita.

—Decime Hernán, ¿la novela es autobiográfica?

—No. No, miento.

—Eso es bueno. No cualquier cosa es interesante por el hecho de haberte sucedido. Las vidas ajenas pueden llegar a ser muy aburridas para quien las lee.

—Sí, claro. No. Mi novela es pura ficción.

—¿Me dejás pegarle una ojeadita? No puedo esperar a que se publique para leerla.

No tengo excusa para negarme. Le cedo el libro a sabiendas de qué reconocerá hechos reales. Lee las páginas en diagonal, deteniéndose en algunos párrafos que parecen interesarle.

Minutos antes de aterrizar cierra el libro y se queda pensativa mirando hacia adelante. Rompo el silencio.

—¿Y, que le parece?

—Me mentiste, Hernán.

—Bueno, no del todo. Está basada en hechos reales pero hay mucha ficción. ¿Le gustó? Digo, lo poco que leyó.

—Sí y no.

—Explíquese por favor —. Noto que me tiemblan las piernas.

—Me gustó porque me hizo recordar cosas de mi juventud; y te diré la verdad si querés que sea sincera.

—Por supuesto Marité —dije. Me interesaba la opinión de alguien que era parte de ese pueblo, protagonista anónimo de mi novela, pero su crítica fue para otro lado.

—Una vez leí que nadie escribió nunca un libro. Que sólo se escriben borradores, y que un gran escritor es aquel que escribe el borrador más hermoso. ¿Estás seguro de que este es tu último borrador?

—Claro. ¿Por qué lo dice? —Pregunto ofendido.

—Mirá, por ejemplo aquí —dice señalando una frase. La lee —Ella empezó a hablar en voz queda. ¿Por qué no pusiste que “Ella empezó a hablar en voz baja”?

—Bueno. No me gustó poner que habló en voz baja y lo reemplacé por voz queda. Me pareció mejor.

—Me suena horrible, y cosas como esta vi varias. ¿Cuántas veces la revisaste?

—La revisé muchas veces, incluso la dejé reposar un tiempo. Creo que está lista para publicar.

—Cuentan que alguien le llevo un manuscrito a Chejov y le preguntó: ¿Qué hago, maestro? ¿Lo público o lo tiro a la basura? Publíquelo-dijo Chejov-, de tirarlo a la basura ya se van a encargar los lectores.

En el aeropuerto de Río Gallegos cambié mi pasaje de vuelta y tomé el primer vuelo de regreso a Buenos Aires.

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