Literautas - Tu escuela de escritura

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La Silla - por ManuelR.

Web: https://sobrelaoscuridad.wordpress.com

La primera vez que subí a un ultraligero fue allá por los años ochenta, en un tiempo que hoy recuerdo envuelto en una ligera bruna de nostalgia. Fue gracias a un amigo, aficionado al vuelo sin motor, que pertenecía a un club de planeadores de Barcelona, con base en el aeropuerto de Alfés, en Lérida. El fue quien, casi sin esfuerzo, me convenció para acompañarlo en un vuelo de iniciación.
Todo trascurrió con sorprendente serenidad, y bajo la atenta supervisión de mi amigo, tuve la oportunidad de sostener los mandos durante unos minutos. Fueron instantes breves, pero intensos, en los que el mundo parecía diluirse bajo mis pies. Aún hoy recuerdo aquella sensación como algo verdaderamente extraordinario.
Impulsado por aquella vivencia, no tardé en apuntarme a un curso de ultraligeros, decido a dar un paso más y obtener la titulación.
Durante unas semanas que se me hicieron eternas, estudié y repasé los textos que me proporcionaron en el club. Llegué a adquirir un buen conocimiento teórico de las condiciones climáticas para el vuelo, así como de las técnicas de aproximación y de despegue; en definitiva empollé de lo lindo.
Por fin llegó el día de mi primera práctica, y allí acudí con toda mi ilusión.
Cuando llegué al aeropuerto, me reuní con la instructora. Me explicó que aquella primera sesión no era más que una toma de contacto con el aparato y que, de momento, yo debía limitarme a observar y aprender; y quizá en la siguiente ocasión me dejaría tomar un poco el control.
Mientras hablábamos, caminábamos entre pequeños aviones: algunos con carenados llamativos, otros más sobrios, pero todos me parecían magníficos. Eran, en cierto modo, versiones reducidas de las avionetas, aunque para mí seguían siendo aviones en toda regla.
Cuando la instructora se detuvo al final de la parrilla, me quedé algo sorprendido, por que allí no veía ningún avión. Bueno, había unos restos en el suelo, detrás de ella… pero nada más.
La instructora, al verme callado y mirando para todos lados, me interrogó:
— Bueno, ¿ qué te parece ? ¿ listo para despegar ?
Sorprendido, la miré y le dije:
–Si..
Y esperé.
No tardé mucho en descubrir la verdad cuando la vi sentarse en una silla de plástico, a ras del suelo, con un motor pegado casi al respaldo, mientras me hacía señas para que me sentara en la silla de al lado. A mí casi me da algo, y pensé:"" Joder…¿ y la carlinga y lo demás ?"".
Pero le obedecí y me senté a su lado. Nada más abrocharme un minúsculo cinturón, salí despedido contra el respaldo cuando la instructora aceleró por la pista. No estaba preparado para aquello: acostumbrado a volar en aviones con su cabina y sus carenados, me sentía completamente expuesto.
Despegamos. Comenzamos a ganar altura rápidamente, y yo me encontraba en estado de shock, sentado en una especie de silla de colegio, sin nada que me diera sensación de seguridad, mientras la instructora, ajena a mi estado, seguía trazando giros y pequeñas piruetas.
Yo tenía una sonrisa petrificada, como un rictus de ultratumba, cuando ella empezó a hablar en voz baja, casi divertida: – ¿ Que? Te lo estás pasando de muerte ¿eh?.
Yo solo acerté a mover ligeramente la cabeza de arriba abajo, afirmativamente… mas por miedo a moverme y caer de la silla que por otra cosa.

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