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No hagas ruido - por Cassandra C.VR.
—No hagas ruido —se dijo a sí mismo, caminando en puntillas por el living. Eran aproximadamente las dos de la mañana, y tras el séptimo café de la noche, por fin se decidió a entrar.
Llevaba días vigilando la casa. Sabía a qué hora llegaban sus dueños, a qué hora se levantaban, a qué hora la sirvienta servía el desayuno… ¡Dios, es que sabía hasta la hora a la que el marido se levantaba a cagar en la noche!
Lo. Sabía. Todo.
Aun así, estaba que se cagaba del susto. No estaba acostumbrado a hacer estas mierdas, pero le iban a pagar bien. Y Dios sabía que necesitaba el dinero.
—Mierda —susurró asustado, cuando su rodilla chocó con una estúpida mesa de vidrio; por poco despierta a toda la familia, pero, por suerte, su agilidad y años de Tai Chi lo ayudaron a equilibrar el jarrón de quién sabe qué dinastía china. A los ricos les gustaban esas cosas, y mientras más viejas, mejor—. Putos estirados —murmuró.
Las instrucciones del contacto eran claras; incluso le había hecho un plano de la casa, bastante cutre, pero le había servido de ayuda. Llegó hasta el despacho sin distraerse, y es que distraído era; con decir que no se detuvo a rayar las fotos de las vacaciones de la familia feliz solo porque no tenía un marcador a mano. En fin, no pudo conseguir las llaves, pero de niño había aprendido a abrir puertas con un clip, y así lo hizo; pan comido.
Con la mitad del trabajo listo, sacó el cuadro que escondía la caja fuerte y apretó los botones: 369336.
—Qué mierda de contraseña —murmuró, abriendo la puerta de la caja fuerte y encontrándola casi vacía, y es que el “casi” no era más que un mal chiste. Pues lo único que había escondido en la oscuridad era un miserable oso de peluche.
Un mísero oso de peluche, ¡es que no lo podía creer! Había arriesgado su vida por… el sonido de la alarma lo sacó de sus pensamientos y casi se caga del susto.
Salió tan rápido como entró. Las llaves del auto resbalaron de sus manos y tuvo que respirar tres veces seguidas para encontrar el pulso y echarlo a andar.
—Las cosas que hacemos por dinero —dijo, soltando una carcajada, cruzándose con unas patrullas que no encontrarían a nadie a quien arrestar.
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