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Indecidible - por Diana TR.
Su vista bailaba, siguiendo los números impresos en la pizarra. La mano en su bolsillo se aferró a las tres llaves, su pulgar recorrió el contorno duro y frío de sus inscripciones.
Completo. Consistente. Decidible.
Desconocía qué secretos ocultaba la Fortaleza Gödel, pero debía saber. Lo sabría. Esas tres llaves serían la clave.
Se lanzó la capucha sobre la cabeza, ocultando sus ojos. No podían reconocerlo. Se enfundó los gruesos guantes de cuero. No podía dejar huellas.
Caminó hasta las instalaciones traseras, sus pies apenas rozando la arenisca. Bajo la valla de metal había un agujero excavado en la piedra, oculto tras los contenedores de reciclaje. Le había tomado meses preparar el terreno, y todo por una estúpida idea. Se volvía loco, pero valía la pena. Sólo pensar en lo que podía encontrar le calentaba la sangre con adrenalina.
Se arrastró por el estrecho túnel, la piedra húmeda rozando la piel de sus brazos le provocaba escalofríos. El túnel se abrió en una recámara débilmente iluminada. El sótano. El olor metálico a tinta vieja lo ciñó del cuello, amenazando con la asfixia.
Había comenzado.
Apenas dio un paso, escuchó voces dispersas, deformes por el eco. Debía ocultarse, y aun así… algo lo mantuvo inmóvil.
“¿Qué buscas, pequeño pillo? ¿De verdad crees encontrarlo aquí?” dijo una voz que resultaba familiar y a la vez alienígena, como si la escuchara todos los días, pero desde otra perspectiva.
Calla. No contestes.
Pero las palabras escaparon solas de su boca.
—Respuestas. Debo saber.
“Oh, entonces no tienes idea, ¿cierto? No te preocupes, yo te ayudaré.”
Su voz era un susurro, liso como una perla de mar, suave como la bruma, pero se sentía como una navaja al cuello. Desconcertante.
“¿Sientes eso?”
Una brisa gélida sopló, entornando la habitación cerrada y echándole la capucha hacia atrás. El viento provenía de un pasillo al otro lado del sótano.
Pies en la tierra. Concéntrate.
Se sacudió la voz imaginaria. Eso era: imaginaria. No existía.
Caminó hacia el umbral.
“Son hermosos, ¿no crees? Los pasadizos”, continuó el necio rumor. “Un salto de fe. Nunca sabes a dónde te llevarán, o si te llevarán a algún lugar.”
—¿Puedes callarte? —contestó, poniendo las manos sobre su cabeza para bloquear las palabras—. Tiene que llevar a algún lado.
“¿Y si yo te dijera que no? Este pasillo no tiene salida, pero la única forma de probarlo es cruzarlo.”
—Todos los caminos llevan a algún lugar.
“¿Y un círculo? Caminarías de forma indeterminada, sin llegar nunca a otro lugar.”
—Ya entiendo, me patina el coco. Ahora cierra el pico.
Pese a la negación, la duda creció en su pecho como un globo, y preguntas que no debían existir comenzaron a formularse.
La única forma de demostrar que un pasadizo no tiene salida es cruzarlo. Pero si no tiene salida, no puedes cruzarlo. ¿Entonces qué? Supones que sí tiene salida y caminas por siempre bajo una falsa esperanza. O te rindes. Pero al rendirte, tampoco demuestras nada. En teoría podía haber salida, pero serías incapaz de saberlo.
Algo invisible lo golpeó en el estómago y cayó de rodillas. El aire abandonó sus pulmones, y sus ojos se inundaron de lágrimas. Abrazó sus rodillas y estalló en un llanto incontrolable. Yació en posición fetal, incapaz de seguir, pero incapaz de rendirse.
“Ya te das cuenta, ¿no es verdad?”
Condenada voz. ¿No podía dejarlo en paz ni siquiera cuando todo se derrumbaba?
—Lárgate.
“¿Tan pronto? Pero estás tan cerca de las respuestas.”
—No entiendo. Nada. Todo es inútil. Si no hay nada, ¿para qué son las llaves?
“Oh, las llaves. La completitud, consistencia y decidibilidad son una ilusión. No pueden existir las tres a la vez, y no puedes probar que existen. Puedes suponer que son falsas.”
De repente, la seguridad del peso que cargaba en su bolsillo desapareció. Se llevó la mano al pantalón, pero las llaves se habían desvanecido.
—¿Entonces qué nos queda?
“La certeza de que completaste tu misión. Conseguiste tu respuesta, aunque no la que esperabas. No puedes saber todo. Muchas veces, debes creer, confiar ciegamente.”
La voz no volvió a hablar, su presencia se esfumó sin dejar rastro. El suelo repiqueteó y las paredes temblaron.
Debía salir de ahí, pero su cuerpo no respondería. Había llegado demasiado lejos.
La fortaleza se derrumbó, su cuerpo cedió, y no quedó más que una mente vacía, un estudio callado, y una pizarra con la demostración que el matemático nunca conocería.
Cinco palabras: “No puedes probar esta frase.”
Ccomentarios (1):
Diana T
19/06/2026 a las 15:31
Hola a todos, decir que estoy muy emocionada por escuchar sus comentarios.
Entiendo que el relato puede ser difícil de seguir. No es para todos, y esto porque es un homenaje a la vida, obra y muerte de un matemático, convertido en un ladrón en su propia mente.
Pero me gustaría mucho escuchar las interpretaciones que ustedes le dan a mi mensaje, siempre es interesante escuchar perspectivas de otros, porque complementa tu forma de escribir.
Y si alguien se quedó con la duda, los invito a investigar sobre Gödle, y sus teorías de la indecidibilidad e incompletitud. Encontrarán más de un guiño en este relato.