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Mi apellido no es Cariño - por Lupa SívoriR.

Web: https://viajarleyendo451.blogspot.com/

“Mi apellido no es Cariño”

Mi apellido no es Cariño, pero todos me conocen así. “Ahí viene Juan Cariño”, dicen. O, más usualmente, “cagamos. Ahí viene el Gordo Cariño”. Ojo, no va con bronca, eh. Mas bien con resignación, la misma voz que usa la gente cuando llueve un domingo de asado.
La fama me la gané solito.
Si entro a una casa y veo una canilla perdiendo, le arreglo el cuerito. O al desvalijar una cocina, dejo la heladera cerrada para no cortar la cadena de frío. Una vez le saqué la guita a un jubilado. Pobrecito, estaba sentado frente al tele y sólo me miró hacer lo mío. “¡Me estás robando!”, decía. Lo abracé. “No es para tanto, don”. Le di un beso en la frente. Antes de irme le cambié las pilas del control remoto.
No soy un buen tipo. Pero tengo códigos.
Qué sé yo, trato de compensar un poquito el robo. Que sea una experiencia agradable para el afectado. Te saco la basura si la bolsa está por rebalsar. Te agrego otra frazadita encima si te encuentro durmiendo. Te acomodo un poquito el cuello, no vaya a ser cosa de que amanezcas todo contracturado.
Aquella noche me habían mandado a una casa por Entre Ríos al fondo. Barrio cheto. “Hay plata”, me soplaron. Cuando dicen eso, nunca hay plata. El lugar tenía las ventanas abiertas y, aun así, olía a encierro. Sobre la mesa encontré una torta intacta con una vela derretida hasta la mitad. Ni platos ni cubiertos.
Recorrí los ambientes.
En el último cuarto encontré una caja de zapatos debajo de la cama. Adentro había una esfera negra, mate, del tamaño de un puño. Cuando la levanté, la esfera dio un latido. No un ruido. Un latido.
La devolví a la caja. Esperé. Nada. Volví a agarrarla. Otro latido.
La guardé en la mochila.
Antes de irme acomodé una foto caída sobre la cómoda. Mostraba a una pareja joven recién casada. Les deseé suerte.
Cuando llegué a mi departamento, la esfera estaba sobre la mesa. Me pareció curioso porque recordaba haberla dejado en la mochila.
La toqué.
Otro latido.
No sé en qué momento me dormí. Cuando desperté la esfera estaba a mi lado.
Decidí cargarla conmigo. Durante los días siguientes empezó a pasar algo todavía más extraño. La gente se me acercaba demasiado. Vecinos que apenas me saludaban, ahora me abrazaban. El carnicero me apoyó la cabeza en el hombro y se quedó así varios segundos, respirando hondo. “Qué tranquilidad me das, Gordo”, me tiró. Una mujer en el colectivo me tomó la mano. El colectivero me esperó cuando me vio correr. El kiosquero me regaló un atado de puchos.
La esfera latía con cada interacción.
Por las tardes pasaba a vigilar la casa de Entre Ríos. Se veía más apagada. Primero se secaron las plantas de la ventana. Después desapareció el gato que dormía sobre el techo del auto. Una tarde vi a una mujer sentada frente a la torta. No hacía nada. Ni siquiera parecía triste. Sólo vacía.
Una noche volví a allanar. Encontré la puerta estaba sin llave. Afuera llovía. Adentro vi todo igual: la torta, las ventanas abiertas. En el sillón del living dormía la misma mujer de antes. Dejé la esfera con cuidado sobre la mesa.
Latió una vez más. Estaba vez más fuerte. Eso despertó a la mujer. Primero me vio a mí, después a la esfera. Y empezó a llorar. No sé si de alegría o de tristeza. “Perdón”, le dije, “no sabía qué era”.
La mujer acarició el objeto con sus dos manos. Me señaló una nota sobre la heladera. “No te olvides de comprar una velita, que hoy se festeja.” La mujer pasó un dedo sobre esas palabras. Sonrió apenas.
Después apoyó una mano sobre la esfera.
Quise decir algo amable, algo útil. Lo único que se me ocurrió fue decirle que la torta se había puesto fea. La mujer soltó una risa inesperada entre lágrimas.
Nos quedamos un momento en silencio.
Me acerqué a las ventanas y empecé a cerrarlas una por una. Barrí un poquito. La lluvia siguió cayendo unos segundos más en el living y finalmente se rindió. Antes de irme acomodé una manta sobre el respaldo del sillón. Por costumbre.
Por oficio.
Por cariño.
Salí a la calle. Mientras caminaba escuché, desde una esquina:
“Cagamos… agarrá bien la billetera que ahí viene el Gordo Cariño”.
Sonreí.
Hay apodos peores.

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