Literautas - Tu escuela de escritura

<< Volver a la lista de textos

Un Descuido - por TeoR.

Solo fue un descuido. No soy una ladrona, pero la vida cada vez está más cara: un alquiler de 1200 euros, más el supermercado, las extraescolares de los niños y toca reparar el coche, que ya tiene veinte años pero tiene que aguantar porque sin él no podría ir a mi trabajo de ingeniera mal pagada. Mierda de vida.

¿Para qué justificarme? Me he acostumbrado a coger cosas que la gente deja descuidadas. Muchas veces me sirven para algo: una sorpresa para los niños o algo para revender por Wallapop. Hoy me he llevado una maleta de cuero. Ni siquiera tengo claro de quién era. Es de cuero con su asa para llevarla como si fuese un bolso. Pesa bastante. Sé que lleva algo dentro pero no lo qué. Lo miraré luego.

Giro en la calle algo nerviosa. He sido discreta, disimulo bien, pero el corazón me va a toda velocidad. Siempre me preocupa no tanto que me pillen, sino por si he cogido algo demasiado valioso y hay consecuencias: lo he visto en internet, si no vale más de 400 euros aunque me pillen no es grave. Por eso tengo que ver rápido qué hay dentro: si vale más lo devuelvo y digo que lo cogí pensando que era la mía. ¿Dónde?

El parque. Es por la mañana, así que los niños están en el cole y está casi vacío, solo algunos jubilados y un par de tipos corriendo. ¿Quién puede permitirse hacer deporte un martes a las once de la mañana? Bueno, yo estoy también aquí, pero yo estaba haciendo un recado para la oficina. Tengo que volver. Pero primero ver qué ha conseguido; si no lo devuelvo, lo dejaré en el coche de paso que vuelvo al trabajo.

Me siento en uno de los bancos, miro alrededor, nadie se fija en mí. Abro el cierre de la maleta, el tacto es agradable. Dentro hay varias carpetillas y algunos libros. Los miro: ¿antropología? David Graeber, ¿quién será este? Novelas: la escritora, una tal Ursula. También de un ruso. Igual puedo venderlos por Wallapop. ¿Y en las carpetas? Dos anchas con apuntes de la facultad de sociología. Una tercera me llama la atención, más fina; dentro tiene unos cincuenta folios. ¿Valdrá algo? Empiezo a leerla. Parece un análisis. Leo por encima, en diagonal. Veo el nombre de Luigi Mangione. Me detengo. ¿Ese no es el que…? Suspiro. Guardo las cosas en la maleta y la dejo a mi lado; luego abro la carpeta y empiezo a leer el texto desde el inicio.

Al acabar la última página noto cómo las lágrimas me caen por las mejillas. Estoy muy enfadada, algo confusa, porque es todo tan evidente que… ¿cómo no me di cuenta antes? O sea, lo sabía, algo en mí ya lo sabía, todos lo sabemos, pero faltaban las palabras que hiciesen que, además de saberlo, lo entendiese. Tengo tantas ganas de llorar. Es injusto, es sumamente injusto. Pienso en mi vida, en la de mis padres, en la de todo el mundo.

Noto que estoy apretando los puños contra el papel. Suspiro y lo aliso.

Es entonces cuando le veo sentado en el suelo delante de mí. Piernas cruzadas, un pantalón cargo, una camiseta con la bandera de Palestina. Un chico moreno con rastas largas y unos ojos castaños claros muy abiertos me mira y sonríe.

—¿Lo terminaste?

¿Quién es? Me está mirando y mira la maleta. ¡Mierda! Es el dueño, ahora lo entiendo, me habrá seguido. Me ha pillado. ¿Qué más da? No es relevante. ¿Qué más da un pequeño hurto comparado con este texto?

—¿Todo esto?

—Llevo años intentando hacerlo legible, no sé si lo he logrado. Lo empecé en la facultad.

—Tienes que publicarlo —le interrumpo—. Ese chico es tan joven, pero lo que ha escrito es tan claro. Tienes que publicarlo. La gente tiene que leerlo. Yo… necesitaba leerlo.

—Eres la primera en leerlo. —Sonríe.— Cuesta mucho encontrar a alguien que quiera leer cincuenta páginas del tirón y te dé una opinión sincera en este mundo.

—Tienes que publicarlo —repito.

—¿Estás segura?

Pienso en lo que va a pasar cuando más gente lea esto. Un escalofrío de terror me recorre la espalda. Pienso en mis hijos. Luego vuelvo a pensar en ellos y sonrío.

—Sí, el coste merecerá la pena.

Asiente.

—Está bien, lo haré. Gracias por tu opinión, puedes quedártela.

El chico se levanta y se va. Yo me quedo mirando la maleta y pensando en cómo todo va a cambiar.

Ccomentarios (1):

IGNACIO Zrgz

19/06/2026 a las 14:32

Hola Teo.
David Graeber, anarquista, antropólogo y estadounidense ¡Menuda mezcla!
Luigi Mangione, sí, es el que acaba de retirar su alegato de perturbación mental en el juicio que se le está realizando en USA.
Más que un relato has escrito un manifiesto. Interesante de leer y que sabe espolear la curiosidad del lector.

Deja un comentario:

Tu dirección de correo no se publicará. Los campos obligatorios aparecen marcados *