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Magnetismo irrefrenable - por Cristina RubioR.

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Álex sintió un magnetismo irrefrenable hacia el curioso objeto. Quería cogerlo, sostenerlo entre sus manos, apropiarse de él. Apenas podía pensar en otra cosa. Nunca había deseado algo tanto.
Todo sucedió el día en que Marcos, su nuevo compañero de trabajo, llegó a la oficina. Álex pensó que se trataba de un tipo normal hasta que le vio sacar un curioso objeto de su maletín: era pequeño y negro. Marcos volvió a guardarlo rápidamente en el maletín mientras miraba subrepticiamente a su alrededor.
En cuanto Marcos se fue al descanso, Álex abandonó su puesto y se dirigió al de su nuevo compañero. El maletín estaba sobre la mesa. Había otros cinco trabajadores en la oficina. «¡Si lo abro me verán! ¡Mierda!» pensó Álex.
Pero, justo en ese momento, el supervisor convocó una reunión. Los cinco compañeros de Álex se dirigieron a la sala acristalada dándole la espalda y el supervisor, como siempre, tenía la mirada totalmente absorta en su portátil. Nadie le miraba. «¡Ahora!» se dijo. Abrió el maletín, sacó el pequeño objeto y lo guardó en su bolsillo con su habitual naturalidad. Acto seguido, cerró el maletín y miró ansioso hacia todas partes para cerciorarse de que nadie había descubierto el enésimo hurto de su vida.
Con el propósito de no levantar sospechas, Álex, fue al dispensador para servirse un vaso de agua. Después, se dirigió a la sala de reuniones y entró junto con los demás.
Enseguida regresó Marcos y se sumó a la reunión. Álex sonrió. Quizás alguien se había fijado en que se había levantado de su puesto, pero tenía la tapadera perfecta: había ido a echarse agua en un vaso, como hacía habitualmente.
La reunión transcurrió con normalidad y después todos regresaron a sus puestos. Álex estuvo vigilando a Marcos durante el tiempo que le quedaba de jornada y, para su sorpresa, su nuevo compañero no volvió a abrir el maletín.
En cuanto finalizó su trabajo, Álex se despidió y se marchó apresuradamente. Una vez que llegó a su solitario apartamento, se sentó en el sofá y sacó el objeto de su bolsillo. Lo examinó por todos lados: además de pequeño, era compacto, suave, ovalado, de color negro y con vetas blancas. Se sorprendió al no encontrar ningún botón ni pantalla táctil. «¿Qué es esto y para qué servirá?» se preguntó fascinado sin soltarlo de sus manos.
De pronto, una melodía muy envolvente empezó a sonar rompiendo el silencio del apartamento. Provenía del objeto. El cuerpo de Álex, se quedó paralizado y, entonces, apareció Marcos de la nada. Álex, aterrado, quiso gritar, levantarse del sofá pero no pudo.
Marcos sonrió maliciosamente y, señalando el objeto que seguía en las manos de Álex, dijo:
—Eso que tienes ahí es mío. No está bien robar, ¿sabes?
Álex continuaba inmóvil y sin poder articular palabra. Marcos le arrebató el objeto y después añadió:
—En mi planeta, a esto lo llamamos piedra lunar. Sirve para muchísimas cosas, y una de sus principales características es que atrae a ladrones que pueden sernos útiles. Mi jefe quiere reclutaros, pero a mí no me gusta la idea. En fin, ahora sabes algo que no deberías saber por lo que no puedo dejarte con vida. ¿Lo entiendes?
Álex quiso gritar de terror, pero no logró emitir ningún sonido. Marcos le apuntó con la piedra lunar y empezó a pronunciar unas palabras ininteligibles. En ese momento, apareció un extraño individuo junto a Marcos.
—¡Basta! —gritó el individuo con una voz tan atronadora que Marcos dio un respingo y se le cayó la piedra lunar al suelo. Marcos se volatilizó y la melodía dejó de sonar. Acto seguido, Álex recobró la movilidad y el habla, aunque continuó sin moverse y sin decir nada, pues estaba demasiado aterrorizado.
El extraño individuo, un hombre bajito y flacucho, de cabello lacio y ralo, vestido enteramente de negro y con unos inquietantes ojos amarillentos, se dirigió a Álex con voz dura y autoritaria:
—Coge la piedra lunar. A partir de ahora serás uno de los nuestros. ¿Entendido?
Álex asintió con la cabeza sin saber qué estaba aceptando y, apoderándose de él aquel magnetismo irrefrenable, cogió la piedra lunar con tanta fuerza que le dolieron los dedos. Ahora el deseado objeto era suyo, totalmente suyo, y aquello era lo único que le importaba.

Ccomentarios (1):

IGNACIO

19/06/2026 a las 11:31

Hola Cristina. Me ha gustado tu relato; el argumento es imaginativo y original. Tiene un cierto toque de Fausto, que acaba en manos del diablo.
El relato está escrito correctamente, mantiene el ritmo y se entiende bien. Creo que debes evitar las repeticiones. La expresión “curioso objeto” se repite en párrafos consecutivos y la palabra “objeto” aparece demasiadas veces. Cuestión de repasar.
Un gusto leerte.
También he visto tu blog. Parece interesante. Luego me paso.

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