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Psicodelia - por Liliana MarcelaR.
Psicodelia
Anoche, en la madrugada, murió el viejo; estaba completamente solo. Yo sí lo acompañé. Ardía de fiebre. Le alcancé los medicamentos con un vaso de agua. Me quedé al lado de su cama. Escuché un ronquido fuerte. Le tomé el pulso, pero ya no lo tenía. Me acerqué y vi que no respiraba. Ni su ex mujer ni sus hijos aparecieron todavía, porque no saben nada. Mas tarde, a primera hora, los llamaré y les avisaré.
Me sirvo un vaso del mejor whisky que el viejo tomaba y del que nunca me convidó. Un placer reservado a los dioses ¿Cuántos años estuve con él? ¿Treinta o treinta cinco años? Puede ser. Pero ya no me importa. Como chofer, lo he esperado durante horas, muerto de frío, con los dedos congelados, en invierno; empapado de sudor, en el verano. Estuve a su lado en cada reunión, en cada evento a los que asistió. Aunque sabía que lo estaba mirando, mientras él comía, nunca ordenó que me llevaran un café caliente con una porción de los exquisitos buffet froid, que él devoraba. Como su asistente, todos los días, cuando le alcanzaba las pantuflas de seda su mirada helada me congelaba. Ni un gracias se le caía.
La mansión está repleta de obras de arte que él diseñó a lo largo de toda su vida. Para muchos son una verdadera genialidad. Aunque valen fortunas, para mí, son horribles. En su testamento, que redactó a lo largo de muchas semanas, ya dejó establecido quiénes son sus herederos. Las mansiones, los autos y sus múltiples posesiones ya tienen dueño. Cuando se iba a dormir, yo entraba a su escritorio y leía cada una de las cláusulas de ese documento maldito. Ya sé que no voy a recibir nada. Mi fidelidad total y mi compromiso absoluto no le importaron nada al viejo cretino.
Ayer vino el escribano y lo homologó en presencia de dos testigos.
Pero hay una joya, muy valiosa, que no quedó registrada en ese testamento. Y la voy buscar; es lo menos que me merezco. Viejo roñoso. Lo odio y lo voy a odiar por siempre. Creo que es un diamante rojo: una pieza única, excepcional, con un valor incalculable.
Camino por las grandes galerías, atestadas de cuadros, con figuras deformes, pintadas con colores brillantes. Cuando las miro, parecen moverse y se vuelven tridimensionales. Siento que me mareo, al punto de que me dan ganas de vomitar; pero sé que son ilusiones ópticas.
La gema está en su estudio, en su biblioteca personal, en un libro de arte hueco, encuadernado a mano, que está tallado en su interior. Cada día y cada noche, me senté a espiarlo, a través de un complejo sistema de cámaras, que el viejo hizo instalar en cada rincón de la casa. En la oscuridad de la sala del circuito cerrado de televisión, iluminado por la luz azul de las pantallas, seguía cada uno de sus movimientos. Miraba cómo se encerraba para esculpir la piedra y el libro. Una de esas noches, lo vi, cuando salió gritando, mientras se agarraba la cabeza. Pensé que el viejo estaba totalmente loco, con una demencia senil avanzada. Quizás, sus obras psicodélicas lo habían trastornado.
Conozco cada rincón de la casa y cada secreto que esconde. Años y años de seguir al viejo a través de las cámaras. En la biblioteca encuentro el libro y lo reconozco sin dificultad. Cuando lo abro aparece el diamante. Me deslumbra con sus destellos rojos. Es una talla perfecta con múltiples brillos. A medida que la observo y la giro entre mis dedos, descubro un misterioso reflejo, cuádruple, en la piedra transparente. Es una cara labrada en 360°, ubicada en la parte posterior de la alhaja. La cara comienza a girar y cambia de tamaño. El diamante parece flotar y salirse de mi mano. La imagen oculta se combina con destellos rojos y vibraciones que se hacen cada más fuertes. La habitación se ha teñido de rojo, la cara se salió de la piedra y se duplica, se triplica, hasta el infinito. Con la tremenda explosión cromática, no sé qué es lo que veo. El terror se apodera de mí. Mi cuerpo no responde. No puedo caminar porque estoy atrapado en una estructura tridimensional ilusoria, que desafía la gravedad. Ahora entiendo lo que le pasó al viejo en aquella oportunidad. Sí, él pudo salir. Pero yo sé que no podré abandonar este engaño visual atroz. Siento que me voy a asfixiar ¡Qué Dios tenga compasión de mí!
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