Literautas - Tu escuela de escritura

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El olvido del tesoro - por MerR.

El sonido de la puerta lo devolvió a la realidad, seguido del calor del sol y el aroma del césped recién cortado. Cotidiano, irremediablemente rutinario, va en busca de víveres.
-Buenos días, Antonio, qué bien se le ve esta mañana- Lo saluda la mujer de la tienda. Por más veces que la visitara y le preguntara su nombre, nunca lo recordaba.
-Un kilo de huevo y un par de esos panecitos de mantequilla, Doña…- Dubitativo, en el silencio incómodo finge interesarse por unas madalenas en el fondo de la vitrina.
-Ah! También le pongo un par de esas madalenas, son hechas en casa -Acomedida, la tendera ensaya su condescendiente sonrisa y pregunta -¿Efectivo o tarjeta, Antonio?- El sonido de la tarjeta sobre el cristal de la vitrina responde presto ante la incomodidad.
-Gracias, gracias- Se despide Antonio.
Frente al establecimiento, una mujer habla acaloradamente por teléfono.
-¡Calla, calla¡ que te conozco… te dije que lo llevarás tú, es una carga muy pesada que no estoy dispuesta a tomar… no, no, no insistas, esa promesa es más falsa que tú. Bien, si es lo más valioso que has visto en tu vida, ¿por qué no vienes tú a recogerlo?… Te lo repito, no expondré mi vida por ello, si te importa, vienes por el maletín en media hora o lo dejo aquí a su suerte. Adiós-
-¡Ey! Mujer, fíjese por dónde va- La increpa Antonio.
-El despistado ha sido usted. (estos citadinos tan abrumados, no se dan cuenta… lo que en verdad importa.) Murmura entre dientes la mujer mientras mira el reloj con insistencia.
-Señora, ¿disculpe ha dicho algo?
-Siga su camino, hombre, este asunto no le incumbe.
-¡Bah! ¡Perder mi tiempo! Buenos días.
Camino a casa, la rumia invade la mente de Antonio. …carga muy pesada… lo más valioso… media hora. Con movimientos apresurados guarda los huevos en la nevera y se prepara el desayuno. Mientras bebe sorbo a sorbo su café, la mirada rebusca en la habitación, hasta que recae en la rumia. Las palabras de la mujer… mentalmente vuelve sobre sus pasos en el recorrido hacia la tienda. Una espina de curiosidad le llena de ansias y recuerda: …media hora… Eran las ocho y media, ajusta la pantalla del reloj digital y se da cuenta de que han pasado más de 45 minutos, quizá la mujer se rindió.
Se acerca al sitio fuera de la tienda y ve una maleta beige, pequeñita, es apenas un neceser disimulado detrás de una maceta justo en la esquina del portón. En un gesto distraído, Antonio la toma. Le queman las manos por averiguar de qué gran valor se está apropiando.
-Oiga, Antonio. ¿Señor Medina?… ¡Eh!, ¿me escucha? ¿Don Antonio?- Lo llama la tendera, este apresura el paso hasta que se pierde de vista.

Doble llave a la puerta de entrada. La chapa de la habitación asegurada, sí está listo. Remata con una silla recargada en el picaporte. —Es mío, ahora sí —se dice Antonio mientras acomoda la valija sobre la mesita de noche junto a la ventana. Apenas un rayito de luz que parte en dos el paquete ilumina la estancia. Sus manos tiemblan al acercarse, acaricia los bordes torpemente y ¡ah¡ desgracia. Tiene una combinación. El secreto bien guardado con una combinación imposible. Busca recordar a la mujer en su mente, ¿dónde encontrarla? Se esfuerza por hilar ideas mientras se habla frente al espejo. – —Me dijo citadino, debe ser del rancho de las campanas — asegura. Camina dando vueltas en la habitación, mientras enlista mentalmente combinaciones de cuatro números al azar: -4242- ingresa. Nada- 3209, 4891, 6389, 1087. -¡Mierda¡- La señora de la tienda seguro sabrá, ella conoce a todo el mundo, piensa. Intenta recordar su rostro, ¿cómo iba vestida? ¿Llevaba anteojos? – No, solo hablaba por el celular.
La silla vuelca y la puerta azota tras de sí. Antonio sale apresurado de su casa. No sin antes asegurar la puerta, corre camino de la tienda. -Doña… Doña… – sin aliento, Antonio llega a la tienda – Señito, la mujer, esa que hablaba por teléfono en la mañana, ¿sabe quién es? Por favor, ayúdeme es un caso de vida o muerte- La mujer lo mira mientras le estira un pañuelo cortésmente – No Antoñito, soy igual de mala con los nombres que tú.

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