Literautas - Tu escuela de escritura

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El encargo - por AramR.

Mateo saltó al taxi. Había corrido todo lo que pudo después del robo. Tenía el corazón y los pulmones a punto de estallar. Pensó que si quería escapar, su mejor opción era cambiar las piernas por llantas. Trató de calmarse. Recitó en su cabeza aquel mantra. Esta vez lo sentía con mayor convicción:

«Esta es la última vez».

El taxista lo miró por el retrovisor. El sudor le escurría por el rostro, pero sus ojos permanecían abiertos, sin parpadear.

—¿A dónde?

Silencio. Solo el motor del taxi.

—Hey, chico, despierta. ¿A dónde te llevo?

—Solo arranca.

—¡Es tu dinero!

El taxista pulsó el cronómetro y arrancó. Los faros desgastados cortaron la noche como dos ojos cansados. En el asiento de atrás, Mateo parecía recuperar los nervios, pero su mente ya estaba en Valeria. Tal vez ella podría esconderlo en su departamento mientras todo se calmaba. Imposible que lo recibiera. No después de cómo la había tratado la última vez. Aún le debía una respuesta, y ella no aceptaba niñerías.

—¿Ya recordaste a dónde quieres ir?

—¿Qué?

—¿A dónde te llevo? No es que quiera robarte, pero dudo que tengas mucho dinero.

—Conduce por las calles. Quiero evitar el boulevard y los subterráneos.

—Escuché patrullas hace treinta minutos. ¿No tendrán nada que ver contigo?

—Tengo tres mil aquí. Si te pierdes entre calles y me das unos minutos, son tuyos.

—Bien.

Mateo pensó en lo que acababa de hacer. «¿Para qué alguien le pagaría por ese encargo?», se preguntó. Parecía una estatuilla cualquiera, un pedazo de basura. Eso lo hizo dudar. Acababa de robarla de un auto de lujo y ahora dudaba en entregarla. «¿Qué harían con algo así? ¿Tendría información dentro?». Quizá podría regresarla o llevarla a la policía. Cada vez quería menos volver a ver a los tipos que lo habían contratado; desde el principio le daban mala espina.

Algo vibró en el bolsillo de su chaqueta. Un mensaje de Valeria: «Llegó la hora, espero que hayas tomado una decisión». Las sirenas se acercaban por todas partes, como una jauría hambrienta. Había tomado toda las precauciones posibles para ese trabajo; era poco probable que lo agarraran si no lo capturaban antes de salir de la zona. Las calles parecían cercadas. El taxi hizo un giro brusco entre Independencia y Revolución.

—Habían patrullas más adelante. Puedo oler el humo de esos autos americanos —dijo el taxista. —No sé en qué estás metido, muchacho, pero todo tiene remedio. ¿Ya tienes idea de a dónde quieres ir?

—La tengo. Llévame al sur.

El taxi rugió, sorteando autos y peatones como un gato callejero, y se dirigió al sur. Las sirenas se escuchaban cada vez más cerca; las luces parecían seguirlos como un faro de neón. La noche no podía cubrirlos más; se acercaban al distribuidor central y podría haber patrullas cerrando el paso.

—¿Estás seguro que quieres ir por ahí? —replicó el taxista ante la señal de Mateo.

—Es el camino más rápido y necesito llegar lo antes posible.

—Pero ¿a dónde exactamente?

—Al Hospital General.

El taxista no dijo más, cortó por dos entrecalles y casi pierde una llanta.

—Hay un callejón en la parte trasera del Hospital. Te voy a dejar allí y solo tendrás que rodear el edificio.

—Te lo agradezco, pero ¿por qué me ayudas?

—También fui joven y cometí errores.

Frente a ellos, una patrulla cerraba el paso.

—Agáchate, y cuando te diga, salta del taxi. No tendrás más oportunidad que esa.

Mateo puso su mano en el hombro del conductor en forma de agradecimiento y aventó una bola de billetes en el asiento del copiloto. Parecían pesar más de lo esperado.

—¿Qué les dirás cuando te detengan?

—¡Que les den!

—Gracias.

—Vas a despedirte de alguien?

—Voy a conocer a mi hija. —dijo Mateo con una voz que venía desde sus entrañas.

—¡Ahora! ¡Salta!

Minutos después, un taxi y una patrulla cortaban la oscuridad de la noche. El taxista miró por el retrovisor, respiró profundo y abrió la ventanilla. El oficial sostenía su arma mientras el otro se acercaba por el lado contrario, intentando ver si alguien más iba dentro del taxi. No había nadie; era un viejo taxi cualquiera. Ninguno de los oficiales se percató de la peculiar estatuilla que adornaba el tablero.

—¿Cuál es la prisa? —gritó uno de ellos desde el exterior.

El taxista levantó ambas manos, meneando la cabeza en tono de lamento.

—Tenía un encargo. Pero esta es la última vez, oficial. Se lo aseguro.

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