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La cartera roja - por MARIA SOLR.
La noche estaba helada, un frío tajante y preciso. En aquel lúgubre callejón esperaba que ocurriera aquello que me habían cantado. Sacaba y guardaba el reloj de cadena del bolsillo de mi tapado mientras mi aliento formaba un vaho, ambas posesiones conseguidas por medios similares. Tic tac, se acercaba el momento. Como cada tarde, a la misma hora, debía de pasar. De pronto detrás mío un estruendo, volteé sobresaltado. Un estúpido gato cayó en el basurero haciendo unas latas rodar y unas ratas huir. Al girar nuevamente la vista a la salida del callejo la vi pasar, ¡casi la pierdo! Zarpé hacia su encuentro doblando hacia la izquierda, allí iba zarandeando sus caderas. Me apresuré a seguirla de manera sigilosa chocando entre transeúntes que venían de frente, sin perderla de vista. La mujer de la cartera roja. De pronto frenó frente a la vitrina de una casa de costuras, viéndose reflejada en un vestido de novia exhibido. Sin dudarlo, como un relámpago intenté arrebatársela del hombro. Mediante un breve forcejeo finalmente era mía. Empezó la fuga. Corrí con todas mis fuerzas, zigzagueando, comenzando a llamar la atención de los desprevenidos. Corría mientras mis pulmones se cortaban por dentro, como si el aire fuese de cuchillas, pero sintiendo la adrenalina aumentar por el torrente, cada pulso in crescendo. Corría y corría, oía cómo dejaba atrás el revuelo de gritos de mujer, quien tal vez pensaría que aquél vestido de novias era el que se estaba alejando junto con su cartera roja.
Sin parar la carrera, volteé la mirada, me perseguían dos uniformados, aunque bastante zaparrastrosos. Seguramente teníamos mucho más en común de lo que ellos pensaban. Aceleré el paso a todo lo que podía, el viejo empedrado clavándose en las gastadas suelas de mis alpargatas, que también una vez “adquirí”. Doblé en una encrucijada a la derecha, en la otra cuadra a la izquierda. Me alejé del tumulto de aquel pequeño centro donde los comerciantes del pueblo se aglomeran. Una vez disipada la muchedumbre, tuve tiempo de tomar un respiro. Apoyé la espalda contra la pared del frente de una casa antigua. Abrí el bolso y revolví el contenido. No encontré otra cosa que ¡puras porquerías! Pero en el fondo, debajo de peines, listones, perfumines y pañuelos, había un paquete romboidal. “Efectivamente esto es”, pensé. En ese instante, un chiflido, “Ahí está”. Del susto solté todo lo que tenía y salí disparado en dirección contraria, eran los polizontes de nuevo. ¡Siempre metiendo las narices donde no se los invita! Troté, galopé, por momentos casi volaba. El lado bueno de poder contarse las costillas es ganar ligereza, aerodinamia. Detrás venían los tres canas regordetes. Ya les sacaba casi una cuadra de diferencia, volví a doblar sin tener ni idea en dónde me encontraba. Me topé con una calle sin salida, cortada abruptamente por el canal de riego. Un pequeño puente casero lo cruzaba de un lado al otro. Sentí por adelantado el frío, percibía aún más mis palpitaciones, los escuchaba acercandose a la esquina, a los tumbos. Recordé la rata escapando del gato, me identifiqué con ella. “No hay otra salida”, pensé. Y la verdad es que estaba harto de la persecución. Justo cuando daban la vuelta, empujado por una corazonada, salté del puente.
El impacto contra el agua me hizo sentir cada hueso oxidado como si se salieran de mi piel. Si el aire estaba helado, el agua paralizaba. Me dejé llevar por la corriente, flotando boca arriba, dejando como una chimenea un vaho de mi respiración.
Casi un kilómetro, o quién sabe cuanto más, aguas abajo, orillé. Me tumbé en el barro, titiritando. Temblaba de frío, pero también de ambición. Por fin, esta vez la suerte sí estaba de mi lado. La suerte juega un poco a favor de los que son olvidados por Dios. Con dedos agitados quité el envoltorio, era una cajita de terciopelo. Con los ojos saltones, con el corazón en la garganta: toda mi vida dependía de ello. Desesperadamente la abrí. Estaba vacía.
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