<< Volver a la lista de textos
El misterio de Aquetzalli. - por Ana Laura PieraR.+18
Web: http://www.anapieraescritora.com
—Es una belleza —dijo el hombre de ojos de serpiente mientras sus manos hambrientas acariciaban la suave figura de cerámica policroma con forma de mujer.
***Quinientos años atrás, otras manos más oscuras también la habían tocado con devoción antes de colocarla junto a otros objetos en una ofrenda funeraria.***
—Dime, ¿fue difícil?
—¡Casi se nos cae la tumba encima, patrón! Ya teníamos algunos textiles y unas ollitas. Estábamos por regresar cuando sentí que me miraban por detrás. Me la encontré en una esquina. La tomé y nos salimos —dijo Nemesio, el jefe de cuadrilla. Era un hombre bajito y robusto, con un bigote despeinado. Sus ojos reflejaban alivio de haber podido encontrar algo que agradara a su empleador.
—Excelente. Esperen afuera, ya les diré cuánto les toca a cada uno. Necesito hacer algunas llamadas.
***Aquetzalli (Agua Preciosa) vio salir de su vientre a su criatura. Gotas de sudor, como ríos, se deslizaban por su frente mientras intentaba jalar aire. El mundo se le desdibujaba, pero alcanzó a escuchar el débil sollozo del pequeño. Sus labios se curvaron en una sonrisa. Así se hundió en los brazos de la muerte.***
***Las manos de su viudo, Mixtli (Nube) temblaron cuando recibió de un artesano la figura que había mandado a hacer en honor a su compañera. Por un momento dejó de sentir la dureza de la arcilla y sintió la tibieza de una piel. Casi la tira de la impresión. «¡Es ella! —pensó—. Renunció a los honores que le correspondían por haber muerto en el parto. Ahora está aquí. Decidió quedarse con nosotros».***
Afuera de la oficina del «hombre-serpiente», Vicente, el miembro más nuevo del equipo de profanadores, hizo un brindis con voz pastosa. Luego, tratando de no caerse, derramó sin querer un chorro de cerveza sobre sus botas cubiertas de polvo. Nemesio lo miró con desdén, le dio un trago a su bebida y se limpió de mal modo la espuma que había quedado sobre su bigote descuidado.
—No sabes tomar, muchacho, tampoco trabajar. Anoche hiciste demasiado ruido rompiendo calaveras. A los muertos no les importa que les destrocen la cara, pero ¿sabes a quiénes sí les gusta el estrépito? ¡A la policía, estúpido!
—Oye, Nemesio, ¿es cierto que sentiste algo extraño en la tumba antes de ver la figura? —preguntó otro de los hombres.
—No quiero hablar de eso —dijo Nemesio y por un momento sus facciones se ensombrecieron.
Risas, gritos, maldiciones.
—¿A qué hora sale el patrón? ¡Queremos nuestro dinero!
***En casa, de noche, Mixtli escuchaba complacido la respiración rítmica y tranquila de su hijo Coyoltzin (pequeño cascabel). Desde que montaron el modesto altar para Aquetzalli a un lado de los dioses principales, ambos se sintieron protegidos y en paz.***
***Al paso del tiempo, los cabellos de Mixtli se volvieron blancos.***
***—Hijo, cuando muera, quiero que pongas la efigie de tu madre en mi tumba. Ella y yo debemos caminar juntos a la tierra de los muertos.***
Dentro de su oficina, el patrón sostenía una de las fotos que había enviado a futuros compradores. «Es bella, pero no deja de ser un montón de arcilla vieja. Cuesta creer la fortuna que nos caerá gracias a ella».
Los teléfonos no callaban. En medio del frenesí, algo le molestaba. Los vellos de su piel se erizaron sin motivo y el ambiente se puso opresivo. Le costaba respirar. De reojo percibió un resplandor rojizo envolviendo la escultura, volteó, pero no vio nada. «La mente me está jugando bromas pesadas». Mientras revisaba una oferta, sintió una presencia extraña detrás de él. Le recorrió un escalofrío por todo el cuerpo.
Afuera, el alegre grupo de borrachos vio salir de la oficina una humareda densa con olor a copal, una resina aromática usada en ceremonias antiguas.
—¡Abran, estúpidos! —ordenó Nemesio y los hombres entraron en tropel. Se encontraron con el patrón sin vida sobre el escritorio, su corazón y la figura de Aquetzalli rotos en mil pedazos.
Cuando las cosas se aclararon por fin con la policía, Nemesio y los suyos se encaminaron a sus hogares. Iban con los hombros caídos, el gesto triste y la boca llena de amargura por haberse quedado sin su recompensa. No lo sabían; de cerca los seguía «algo» que no podían ver.
***Al final, Mixtli y Aquetzalli se dispusieron a dormir muy juntos, unidos para siempre en el Mictlán, la tierra de los muertos.***
Ccomentarios (1):
Monica Bezom
19/06/2026 a las 16:23
Hola, Ana Laura.
Me toca comentar tu cuento y lo hago con mucho gusto.
Lo encontré un relato muy visual, dueño de una idea poderosa;la figura que pertenece a los muertos y se venga de quienes la profanan. Haces un juego entre el pasado y el presente que logra enganchar y me parece bien estructurado; la alternancia temporal resulta efectiva y, lejos de confundir, otorga la intriga necesaria.
Me encantaron los personajes del presente, tan bien diferenciados con sus detalles concretos — el bigote de Nemesio, el borracho con las botas polvorientas; has mostrado con efectividad y cumplido con el reto, por lo menos para mí, ya que mientras leía, imaginaba personajes y secuencias como en el cine.
Lo que podrías mejorar: el final explicado de más. En ese sentido, quitaría el párrafo final de Mixtli y Aquetzalli en el Mictlán, de todos modos se presupone y en cierto modo debilita la idea central. Si cerraras con “No lo sabían; de cerca los seguía «algo» que no podían ver”, colocas el suspenso sobre algo más poderoso ya insinuado cuando hablas de “una humareda densa con olor a copal, una resina aromática usada en ceremonias antiguas”. Pero es solo mi idea.
Me ha gustado leerte.