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El valor es subjetivo - por Viva_la_escritura
El autor/a de este texto es menor de edad
Nunca pensé que me arrepentiría tras haber robado algo. Yo era ladrón porque no me quedaba otra. Mucha gente dirá que esta es una excusa barata, pero no en mi caso. Mi hermano necesitaba demasiado dinero que yo no puedo conseguir. Él señor que le atrapó me dijo que solo me lo devolvería si le daba la pasta que necesitaba, y que si involucraba a la policía no lo volvería a ver jamás. Y yo necesitaba ver a Axel, mi hermano mayor, el que me había mantenido con vida desde que nuestros padres murieron. No pregunté el por qué de su secuestro, ya me lo temía: no andaba metido en negocios muy legales.
Durante las primeras semanas todo fue como la seda. Entraba en las casas, robaba joyas y corría a entregárselas a Ciro. Llevaba ya unos 3 meses con este procedimiento, cuando…
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No podía dormir ya que mi cabeza no dejaba de maquinar sobre lo que haría al día siguiente. “Iré a visitar a mis nietos, hace mucho tiempo que no les veo. Espera, ¿mañana es domingo o miércoles? No sé ni en qué día vivo…” De pronto, un suave golpe me sacó de mis cavilaciones. En mi casa vacía no había nadie, era imposible que alguien hubiese provocado ese ruido. Me levanté y me dirigí a la sala de estar, de donde provenía el leve sonido. Encendí la luz y no pude reprimir un grito. Un niño, de unos doce años y completamente vestido de negro, hurgaba en mis cajones.
-¿Quién eres?- le grite enfadada
-¡Cállate! Por favor…
-¡Me estás robando! No se te ocurra darme órdenes- exclamé colérica.
El ladrón cogió mis joyas y mi cuaderno con una gema en la portada y se dispuso a salir por la ventana.
-Por favor para. Te puedes llevar las joyas, no importa, pero no te lleves el libro.
-¿Por qué? No tengo ni idea de lo que es…¿Es muy caro?
-No, no vale nada, hablando económicamente. Pero sentimentalmente, lo es todo. Ven, siéntate.
Nos sentamos en el sofá y le conté todo. Quizá porque no quería que se lo llevara, o quizá porque nunca había hablado sobre ello con nadie.
– Este es un álbum de fotos muy antiguo. En él, guardo fotografías de mi difunto marido. Nos casamos en el 67, y tuvimos a mi hija en 1970. Un día de invierno del 73, cuando venía a casa del trabajo, Antonio tuvo una pelea, y quedó viuda a los veintiséis años, con un hija de tres años a mi cargo. Aquí guardo las dos únicas fotografías que nos sacamos juntos.
El niño no sabía qué decir y todo quedó en silencio.
-Yo soy de la calle. Mis padres murieron en un accidente de coche. Vivía con mi hermano, Axel, hasta que unos hombres lo secuestraron por no pagarles a tiempo. Robo para intentar recuperarle.
-¿Y cuánto te queda por pagarles?
-231€ exactamente. No podré pagarles nunca
-Espérame aquí, por favor- me levanté y fui en busca de mis ahorros. Cuando regresé le tendí el dinero- Toma, vete y rescata a tu hermano.
-Pero, señora, no puedo aceptarlo. Encima de que casi le robo…
-Eso es, casi. Pero no lo has hecho. Y gracias a ti podré seguir viendo a mi querido Antonio mientras yo viva. Pero quiero pedirte un favor, si no es mucha molestia.
-Claro, lo que sea.
-Quiero que todas las semanas vengas a hablar conmigo. Yo estoy muy sola en una casa tan grande y quiero hablar con alguien. Me has parecido un chico simpático y listo.
-Por supuesto que vendré. Todos los días, si usted quiere- me susurró mientras me abrazaba, recordándome al gran abrazo que me dio Antonio el día de nuestra boda.
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