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Reír el último - por Carlos TabadaR.
En la pequeña buhardilla, la voz de Montse retumbó tan fuerte que el mismo polvo brincó de tres muebles y un camastro.
–¿Cómo que no sabes lo que has robado? ¿Es que tú eres idiota?
¿Ves que haya sitio para más estupideces?
Alguien más valiente o complejo se habría sentido intimidado en el pequeño espacio; para Abel, en cambio, los gritos revoloteaban como un coro angelical, acompañando la satisfacción de llegar a casa sin problemas.
–¡Siempre insultando! ¡Tú siempre insultando! ¡Nada de “qué valiente eres, Abel” o “qué astuto eres, Abel”! ¡Eres muy negativa!
–Ay, Llors Cluni –resopló Montse– A ver, dime por qué tengo que felicitarte.
La mirada aviesa de su mujer hizo que Abel, por si acaso, pensara unos segundos.
–¡Cariño mío! –aventuró sin confianza, mientras dejaba una caja en el suelo– La “encontré” en la universidad de Física, y esos tipos nadan en oro. Fíjate si no en Ana Obregón.
–¡Ana Obregón es bióloga, percebe! Me dan ganas de abrirla con tu cabeza…
Abel, algo desesperado, señaló.
–¡Mira la etiqueta! Seguro que tiene algo valioso, tecnología o algo así. “El barbas” lo compraría, y tendrías la cena que te mereces amor, con velas y berberechos de la real conservera. ¡Hasta podríamos comprar hielo y usar por fin la cubitera!
En el rincón, efectivamente, brillaba una cubitera, penúltima hazaña de la sorprendente ineptitud criminal de Abel. Como cualquier hijo de vecino, Montse se planteó ponérsela a su marido por casco, pero los aspectos prácticos hicieron bajar su atención a aquella única indicación visible:
SCHRÖDINGER
–¿Dónde dices que la robaste?
–En un almacén, mi alma. Al lado trabajaban los estudiosos en bata, mirando microscopios y sacudiendo líquidos con el cuello torcido.
Montse retrocedió asustada.
–Vida mía… mi cielo… –dijo con calma cansada–. Si todos los tontos, benditos sean, vivieran juntos, tú serías el tonto del lugar. ¡Has robado un virus! ¡O explosivos! ¡Como mucho un detergente espacial!
–Eres increíble, Montse. ¡Un detergente espacial! ¡Y no está bien que me llames eso! Como haya algo, marcho a la taberna a pagar deudas.
–¿Pero es que tú no escuchas? Si la abrimos, terminaremos echando espuma por la boca.
Abel procesó las posibilidades despacio, evitando el infortunio de hacerla notar que aquello no supondría un gran cambio, en su caso.
–Bueno, sigo diciendo que eres muy negativa –más temeroso– ¿Qué hacemos entonces?
–Vamos a buscar al tal Esrodinger. Quizá sea una marca de impresoras.
Sentados en las únicas sillas a la vista, se tomaron una pequeña tregua concentrados en sus teléfonos.
–Bueno, qué, ¿ves algo? –preguntó Abel.
–Creo que es una especie de caja mágica, con un gato.
–¿Es de un mago? ¿Un veterinario?
–Cállate. Para empezar, está muerto.
–Espero que no estén las cenizas en la caja.
Un insulto aún más elaborado se desplazó en la boca de Montse, como un eco entre dientes y paladar, listo para salir.
–No, alcornoque. Según dice aquí, en la caja hay un gato, y está vivo y muerto a la vez, hasta que se abre. Y no por magia, sino por unos aparatos que calculan nosequé.
–¡Tecnología! ¡Y podemos vender al gato, también! Quizá hasta pedir rescate si es un gato famoso.
–No habrá rescate, si metieron ahí al gato sabiendo que podía morir. Y “el barbas” nos dirá que…
¡E-lla-es-tu-fi-naaal! ¡Livin' la vida locaaa!
Montse miró la caja un segundo, dudando si la pesadilla sonora que la había interrumpido venía de allí, antes de ver parpadear el móvil de Abel.
–Te llaman, majadero. Contesta.
–¿Dígame?
Un segundo después, los ojos de Abel la miraban como los dibujos de una niña japonesa al borde del llanto.
–Son de la universidad –susurró.
–¿Cómo? ¡Cuelga! ¡Cuelga ya!
Abel apartó el teléfono como si quemara.
–Preguntaban por la caja. Han investigado. Firmé en la puerta una petición contra la guerra, y debe haber cámaras…
–Tienen tu teléfono…
–¡Es que me lo pidieron con mucho entusiasmo!
Un sudor frío apareció en la frente de Montse.
–Grfftx…
–Espera, espera –Abel levantó riendo su mano como un escudo–. No lo han denunciado, creen que soy estudiante y que ha sido una trastada.
–¿Y?
–¡Jajajajaja! ¡Que ya sé como funciona la caja! ¡Jajajajaja!
Montse se preguntó si Abel, doblado de risa, estaba delirando.
–¿?
–¡No lo entiendes, boba! ¡Jajajajaja!
Montse agarró la cubitera.
–¡Suelta eso mujer! ¿Es que no te das cuenta? ¡No pasa nada! ¡Sin abrirse, no somos ni inocentes ni culpables, y las dos cosas a la vez!
Comentarios (11):
Codrum
20/06/2026 a las 12:53
Hola, Carlo:
Un texto endiabladamente divertido.
Me han gustado muchísimos los diálogos, las bromas, las referencias pop y , siendo sincero, no he prestado atención a si has cumplido o no el reto de esta escena, porque el texto me ha atrapado.
Me resulta también muy difícil notar la diferencia entre mostra y contar.
Pero los personajes quedan muy definidos por las interacciones entre ellos, así que eso debe ser mostrar y no contar.
También tienes muy pocas apariciones del narrador, así que eso debe ser mostrar y no contar.
Dudó de algunos adjetivos que muestran el temperamento, la situación , los pensamientos o sentimientos, pero son muy pocos así que creo que tienes el reto más que superado. Según mi muy humilde opinión.
Para mí, lo mejor y más original, es el inicio. Me ha enganchado hasta el final.
Enhorabuena por el texto y gracias por la sonrisa que me has sacado.
Perdona que mi valoración no sea muy constructiva , pero…
Monica Bezom
20/06/2026 a las 20:05
Hola, Carlos.
Nos traes un cuento que divierte de principio a fin, con una idea central muy bien aprovechada. Los diálogos, impecables, hacen todo el trabajo; los personajes quedan definidos por cómo hablan sin que la voz narradora tenga que explicar nada. Párrafo aparte merece el uso de la caja de Schrödinger como objeto robado. Lo encuentro un hallazgo genuino; no solo cumple la consigna a la perfección sino que el concepto mismo se convierte en el remate del cuento. Que Abel aplique la superposición cuántica a su situación legal me parece un cierre brillante, más que nada porque siendo Abel un ladrón torpe, tiene un momento de lucidez cómica; es un disparate perfecto dada la lógica interna irreprochable dentro del absurdo.
Lo que me hizo gracia es que él no entiende nada de física pero igual llega a la conclusión correcta por el camino equivocado.
¡Muchas gracias por la sonrisa!
(Confieso que hube de buscar qué es Schrodinder para luego sí encontrar tu historia doblemente ingeniosa).
¡Felicitaciones!
Nos seguimos leyendo.
Elena M.
21/06/2026 a las 18:05
Hola Carlos! Me ha parecido un relato tan divertido y original. He disfrutado muchísimo leyéndolo. Lo que más me ha gustado son los diálogos entre Abel y Montse porque son naturales y ingeniosos. Desde las primeras líneas queda muy claro cómo son ambos personajes, y la dinámica que se crea entre ellos funciona realmente bien. Creo que gran parte de la fuerza del relato está precisamente ahí: en la forma en que interactúan y en las ocurrencias que surgen de sus conversaciones.
También me ha parecido muy original la manera de introducir el experimento del gato de Schrödinger. Acercas un concepto bastante complejo a través del humor y de personajes que lo interpretan a su manera, lo que da lugar a situaciones muy entretenidas.
En conjunto, me ha parecido un relato muy fresco, original y agradable de leer. Mis felicitaciones!!
Pilar(marazul)
21/06/2026 a las 19:20
Carlos, qué relato más divertido y agradable de leer has escrito. Además creo que cumples el reto a la perfección. A través de los diálogos, por cierto muy ingeniosos lo mismo que los insultos que salen por la boquita de Montse, ell lector puede conocer bien a los personajes, sin necesidad de dar explicaciones. Es ágil, tiene humor y está muy bien escrito. El final redondo.
Enhorabuena por tan buen relato
Carlos Tabada
22/06/2026 a las 11:16
Hola, debo daros las gracias por lo positivo de vuestros comentarios. Además no mencionáis algo que, entre otras cosas, puede ser excesivo, la repetición del esquema por el que Abel responde una tontería. En fin, tampoco era cosa de construir con más detalle a la pareja, la verdad es que con haber podido encajar la dichosa teoría ya tuve bastante. Gracias otra vez!!
Codrum
22/06/2026 a las 15:32
Hola Carlos,
Paso por aquí para contestarte.
En este texto sí tenía pensado el final antes de empezar. O sea, me vino la rima y la idea de contar como si fuera un pájaro algo que en realidad sucedía a una persona, o al menos dejar la duda.
Y parece que solo Moldy Blaston la pilló. No por fallo del lector, sino porque mi intención, ser ambiguo, no salió muy bien.
Porque, aunque la semilla está ahí, no supe sembrar la duda de forma coherente. Al final me fui mucho por las formas de una paloma y poco por las formas de una mujer… asi que es normal que no se entienda.
Si te das cuenta, el título empieza con …. y el final termina con …
Si lo juntas todo, tienes: En las noches estrelladas del invierno… … la escarcha hiela el infierno.
Una especie de refrán inventado para decir que no tenían salvación. No ha podido llevar el pan, no tiene nada que comer y, encima, se espera una buena helada. No le queda más que resignarse a morir.
Gracias aún así por tus palabras y por pasarte a leer mi texto. me hace mucha ilusión.
Carlos Tabada
24/06/2026 a las 14:37
Hola Codrum, le estuve dando vueltas a tu relato, a lo que querías conseguir. Está todavía por escribirse, pero como estamos entre espíritus libres te haré una sugerencia. Acércate al primer alimentación de chinos que tengas cerca, y díme si la dependienta no tiene ojos de golondrina. A partir de ahí, y si te tomas algo más en serio lo que escribas, una segunda o tercera versión sería la 🐣
Verso suelto
24/06/2026 a las 16:50
Hola Carlos. Lo primero darte las gracias por comentar mi cuento. El tuyo me ha parecido desternillante, la pareja está super-lograda y el lío en el que están metidos a cuenta del gato de Esrodinger, como le llama Abel, la excusa perfecta para conseguir un fenomenal y divertidísimo humor absurdo.
Te felicito por tu estupendo trabajo.
Nos leemos.
Diana T
25/06/2026 a las 16:15
Hola, Carlos, agradeciendo a tu tiempo por pasar por mi relato, vengo ahora al tuyo.
No haré gran comentario, porque considero que mucho ya lo han comentado los demás, o tu mismo te has dado cuenta. Lo disfruté mucho la verdad, destacar el inicio, porque totalmente me atrapó. Se siente como una especie de baile, la ida y venir de ocurrencias y diálogos, que se mezclan con una tensión ligera, muy bien logrado.
Como pequeño pero, la parte de la llamada me tomó por sorpresa, al principio no entendí si el Livin’la vida loca devía ser parte del diálogo de Montse o de dónde rayos había salido. Lo leí tres veces antes de pasar al siguiente párrafo y comprenderlo todo, aunque no sabría bien cómo mejorarlo, ya que una llamadan debe ser abrupta, inesperada. Tal vez con una pequeña línea que nos diga que Montse calló en seco.
No me atrevo a decir más, porque la verdad, muy buen cuento, gracioso y bien hecho.
Saludos
Arc Frances
26/06/2026 a las 14:54
Hola, Carlos.
Me sumo a lo que ya te han comentado sobre el humor y los diálogos, porque funcionan muy bien. La historia avanza gracias a la conversación entre Abel y Montse, y eso tiene mucho mérito: en apenas unas líneas ya sabemos quiénes son, cómo se relacionan y cuál es el papel de cada uno sin que el narrador tenga que explicarlo.
Hay una cosa que me gustó especialmente, y es el equilibrio entre el disparate y la lógica interna. Cada respuesta de Abel es más absurda que la anterior, pero nunca rompe el tono del relato; al contrario, hace que la siguiente parezca inevitable. Esa coherencia dentro del absurdo es lo que, para mí, sostiene el humor de principio a fin.
Un relato muy redondo. Lo mejor cómo reutilizas la idea de Schrödinger para cerrar el conflicto. Da sensación de que todo estaba construido para llegar ahí. Enhorabuena y gracias por la lectura.
Carlos Tabada
26/06/2026 a las 14:59
Hola, gracias por estos bienvenidos comentarios. A las alturas que estamos igual ya nadie leerá mi respuesta, pero me gustaría compartir lo que pienso de la idea del dialogo como baile. Ahora que lo releo, creo que es demasiado rock’n roll, incluso me viene al mente la marinera trujillana, válgame un deber. Mis inclinaciones van más, créase o no, en la línea de un vals, pero con estos mimbres un tango no habría estado mal. Gracias Diana, intencionado o no, la idea del baile ha sido luminosa, en el sentido más modesto que admita un adjetivo tan petulante.