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Sendero de Redención - por JL.MartínR.
Aquel verano, Tony recuperó la libertad tras cumplir cuarenta meses en el Centro Penitenciario de Alcalá Meco. Le faltaba apenas una semana para su treinta y dos cumpleaños. Le apasionaba la montaña y anhelaba hacer realidad los sueños que había alimentado durante su encierro: recorrer senderos de peregrinación y antiguas calzadas romanas por tierras de Asturias.
Sin amigos y alejado de su corta y escéptica familia, tomó un autobús de línea con destino a Arenas de Cabrales, en las inmediaciones de los Picos de Europa.
Se alojó en un modesto hostal y, tras zamparse un bocadillo, salió a conocer los alrededores. Mientras caminaba, advirtió una columna de humo que se elevaba desde una casona situada en una colina rodeada de una espesa vegetación. Aceleró el paso con intención de ayudar; era evidente que se trataba de un incendio.
Al llegar, encontró al propietario y a varias personas combatiendo las llamas con mangueras. En el vestíbulo había amontonado multitud de enseres rescatados del fuego, todavía humeantes: cajones de madera, archivadores, sillas, libros, estanterías, vajillas… montañas de objetos domésticos marcados por el siniestro.
Con la punta del pie, Tony removió la base de la montonera y, casi de inmediato, distinguió el borde chamuscado de un objeto que parecía un maletín.
Sintió un repentino estremecimiento.
Miró a su alrededor. Observó a las tres o cuatro personas que se movían por la planta baja y notó cómo se despertaban en él los mismos tics nerviosos que lo habían acompañado el día del delito que lo condujo a prisión: manos sudorosas, el temblor de sus labios, el parpadeo incontrolable.
Dudó un instante. Podía dejarlo allí o llevárselo sin decir nada. La curiosidad —o quizá la codicia— acabó imponiéndose.
Con ayuda de una escoba extrajo el objeto, levantando una nube de cenizas y polvo que se mezcló con el humo tenue que todavía flotaba en el ambiente.
Por un momento tuvo la extraña sensación de ser invisible, oculto tras una niebla protectora. Cuando se aseguró de que no reparaban en él, agarró temeroso el maletín y lo deslizó a toda prisa dentro de su mochila.
No lo vio nadie. El incendio estaba extinguido, pero aquella acción reavivó en su mente el recuerdo de sus antecedentes policiales: un delito de robo por el que había pagado con años de cárcel. Sin embargo, no pudo evitar imaginar que el contenido del maletín ocultaba algo de enorme valor.
El propietario le agradeció la ayuda y lo invitó a recorrer el resto de la casa. En una de las estancias observó vitrinas repletas de piezas antiguas de plata, marfil y porcelana. Mientras tanto, él sentía el peso creciente de la mochila y, casi de forma obsesiva, comprobaba una y otra vez el cierre de la cremallera.
La vivienda parecía contener todo cuanto una casona asturiana hubiera necesitado muchos años atrás. Enormes dormitorios presididos por chimeneas de alabastro, lagares de piedra, cocina de hierro fundido, bodega, tahona. También tinajas para el aceite, un pozo, cobertizos con maquinaria agrícola y, en un rincón acogedor, una indulgente capilla iluminada por una ventana de vidrio emplomado.
Al caer la noche, Tony abandonó la casona aún excitado. Tensó con fuerza los correajes de la mochila, convencido de que aquel misterioso hallazgo había añadido varios kilos a su carga.
Ya en la habitación del hostal, depositó la mochila sobre la cama y extrajo el maletín con sumo cuidado. Lo limpió con una toalla húmeda y enseguida comprobó que estaba cerrado con llave.
Optó por obedecer los consejos de la enfermería carcelaria: mantener la calma en situaciones de tensión. Se duchó, se lavó el cabello con el champú de cortesía del establecimiento y trató de serenarse. Después se sentó en la cama. Agitó el maletín como quien examina un frasco de medicina e intentó forzar la cerradura con un cortaúñas. Fue inútil.
A la mañana siguiente, tras desayunar un bollo preñao, zumo de naranja y un café con leche, el recepcionista le prestó diversas llaves olvidadas propias para el uso de maletas.
De vuelta en la habitación, colocó el maletín sobre la mesilla y probó varias llaves. Por fin, la cerradura cedió.
Conteniendo la respiración, levantó la tapa.
Entonces apareció ante sus ojos un magnífico libro antiguo encuadernado en cuero, adornado con estampaciones de gran belleza.
Conmovido, lo tomó entre sus manos y lo abrazó como si acabara de encontrar un tesoro.
Sí, era algo de inmenso valor.
«La Biblia».
Comentarios (9):
Diana T
20/06/2026 a las 14:56
Hola, Martín
Primero que nada, destacar el sentido que le diste al reto. Hasta ahora los que he leído, han optado por el patrón de una persona recibe un trabajo sin detalles, roba un objeto extraño, misterioso y a veces peligroso.
Veo en tu historia algo muy diferente, y me gusta.
Quiero decir que lo lograste, porque pude sentir todo lo que tu personaje sentía: la ilusión de un nuevo mañana, el conflicto interno al ver el montón de cosas, la adrenalina y también culpa al robarlo, y la posterior revelación que cambia todo el sentido, creo que elegiste un buen mensaje, y la ejecución también fue buena.
Como principal aspecto de mejora, te pondía el mostrar en vez de contar. En las partes decisivas de la historia lo logras bien, sin embargo, hay pequeñas partes donde nos dices de mas, y esto es porque no confías en si el lector comprenderá todo lo que ocurre sin ellas. Pero yo te digo que sí. Te daré unos ejemplos:
“Mientras caminaba, advirtió una columna de humo […] Aceleró el paso con intención de ayudar; era evidente que se trataba de un incendio.”
Yo le quitaría todo después de aceleró el paso. ¿Por qué? Lo del incendio, como ya dices, es evidente: si hay humo, hay fuego, y con vegetación peor. Entonces si ya es evidente, no necesitas volverlo a decir.
Por lo general, si usas la frase “era evidente” es por una de dos cosas: sí es evidente y no necesitas ponerlo, o no se entiende para nada eso, y necesitas reformularlo. En cualquiera de los dos casos, la frase “era evidente” se busca evitar.
Y lo de su intención, si corres a una casa incendiándose, lo normal es que quieras ayudar, no necesitas decirlo, porque ya lo mostraste.
El segundo es cuando enlistas los enseres rescatados. Ya nos dices que son objetos domésticos marcados por el siniestro. Dejanos imaginar qué cosas hay ahí, no necesitas anotarlos todos de recetita.
La escena donde lo roba, otro buen logro. Me gusta cómo traes de vuelta viejos recuerdos, los mismos tics nerviosos, porque muestras que el personaje sabe que está haciendo algo malo, sabe cómo esas cosas terminan, y aun así, termina cediendo. Yo le quitaría lo de “el día del delito que lo condujo a prisión:”, y lo dejaría con “aquel día”. Todos sabremos que se refiere al día que lo arrestaron, porque desde el inicio nos habló de ese momento que le cambió la vida.
Dejando un poco de lado el mostrar no contar, me detengo un poco en la parte del agradecimiento por parte del propietario, donde lo invita a recorrer la casa. En lo personal me parece una manera un tanto extraña de agradecer. ¿Qué tal si en lugar lo hubiera invitado a cenar? El efecto sería el mismo, el personaje podría hacer las mismas observaciones a la casa y sentir la carga de sus actos frente a la familia, y el propietario. Y de una forma mucho más natural que solo “te daré un recorrido por la casa que se acaba de incendiar y a la cual ya removimos muchos muebles”.
Ya acercándonos al final vemos los intentos por abrir el maletín, pero se disipa la sensación de culpa. Intenta agregar esa incomodidad. Tal vez no puede dormir, tal vez por cada sonido en el exterior piensa que van por él, tal vez con cada mirada ajena siente que lo descubrieron. Le dará fuerza al final.
Y llegando al final.
“Conmovido, lo tomó entre sus manos y lo abrazó como si acabara de encontrar un tesoro.
Sí, era algo de inmenso valor.
«La Biblia».”
Yo lo dejaría con:
“Conmovido, lo tomó entre sus manos.
<>”
Esto por las mismas razones de antes. El lector ya sabe que es algo de inmenso valor para él, sabemos lo que significa, un llamado del mundo a una segunda oportunidad. No es necesario que nos lo digas, porque ya se entiende, eso y más.
Quizás me alargué un poco, pero como podrás ver, son casos muy específicos que estaría bien considerar a detalle. Esto porque tu historia cuenta con un buen mensaje, y tienes una forma hábil de trabajar con las palabras, sólo hace falta pulir detallitos para mejorar.
Espero y mis consejos te sean de utilidad. Saludos.
Diana T
20/06/2026 a las 14:58
PD. En mi comentario anterior, se borró el “La Biblia” entre los , solo para que no quede la duda.
Moldy Blaston
21/06/2026 a las 12:14
Hola J.L. Martín, este mes me toca comentar tu relato, con mucho gusto.
Qué inicio tan potente y sugerente. Se nota un dominio muy sólido en la construcción de la atmósfera; la descripción de la casona asturiana, con sus detalles de alabastro y hierro, nos sumerge en un escenario casi cinematográfico. La figura de Tony está muy lograda: esa dualidad entre el deseo de redención (el viaje a la montaña) y la sombra de su pasado (los tics nerviosos ante el maletín) crea una tensión psicológica que mantiene el interés desde la primera línea.
Me ha encantado como utilizas el incendio no solo como evento, sino como detonante emocional que pone a prueba la voluntad del protagonista.
La revelación final, el contraste entre la expectativa de un botín material y la aparición de la Biblia, le da un cierre irónico y poético muy bien logrado.
Como sugerencia, si me permites, podrías explorar un poco más el diálogo interno de Tony justo en el momento en que abre el maletín, profundizando en qué significa para él ese objeto en su contexto de soledad y libertad recién estrenada.
¡Es un texto redondo y con una carga simbólica preciosa, que consigue atraparnos desde el primer párrafo!
Nos leemos!!!
Hugo
22/06/2026 a las 22:38
Hola, Martín:
Muchas gracias por comentar mi texto. Interpretaste bien al objetor de conciencia.
Tu relato me ha gustado. Para no repetir con otras palabras lo que ya te han dicho, adhiero al comentario de Moldy Blaston.
La consigna del robo está cumplida y el reto optativo también. Me cuesta un poco identificar la prevalencia del mostrar al narrar, pero eso es un problema mío. Hay varias acciones del personaje que muestran la escena, pero no logro dejar de percibir una fuerte presencia del narrador detrás.
Me parece que quedaría más claramente mostrado cómo se sintió Tony en el momento de cometer el robo, si quitaras que “Sintió un repentino estremecimiento” y en lugar de referir “…manos sudorosas, el temblor de sus labios, el parpadeo incontrolable.”, al recuerdo del primer robo, esos tics estuviesen exclusivamente dedicados al momento del robo del maletín. Creo que el recuerdo diluye un poco la escena que muestra al personaje.
Como sugerencias de estilo, totalmente subjetivas, menciono las siguientes:
Quitaría lo que está entre corchetes por ser reiterativo o demasiado explicativo.
“En el vestíbulo había [amontonado] multitud de enseres rescatados del fuego”. Porque al final del mismo párrafo dice “montañas de objetos domésticos marcados por el siniestro”.
“Tony removió la base de la montonera y [, casi de inmediato,] distinguió el borde chamuscado de [un objeto que parecía] un maletín.”
“No lo vio nadie. [El incendio estaba extinguido, pero] [a](A)quella acción reavivó en su mente el recuerdo de sus antecedentes policiales”
“Entonces [apareció ante sus ojos] (vio) un [magnífico] libro antiguo…”
Está bueno el rumbo que toma al final. Como soy partidario de los finales abiertos, omitiría que se trata de la biblia:
“Entonces vio un magnífico libro antiguo encuadernado en cuero y adornado con estampaciones de gran belleza. Lo abrazó como si acabara de encontrar un tesoro.”
Felicitaciones Martín. Hiciste un buen trabajo.
JL.Martín
23/06/2026 a las 07:59
Agradecido por vuestros positivos comentarios. Los tendré en cuenta todos. Sois unos fenómenos.
Brandon Quiroga
24/06/2026 a las 17:05
Hola, paso a agradecerte por tu comentario con una pequeña reseña a tu cuento.
Realmente solo tengo halagos para tu trabajo. La construcción del personaje me parece muy bien lograda, siento el temor y su nerviosismo al momento de realizar el robo. Debo admitir que esperaba que ese nerviosismo, ese temor de estar reviviendo viejos sentimientos que lo llevaron a prisión calara más profundo en él y tuviera una crisis. Sin embargo, al ser el objeto robado una biblia, me pregunto, ¿quizá esa calma estuvo influenciada por el objeto robado? Es posible. No respondás. Así está bien.
Respecto al final, habría sido interesante que desde el principio hubieras hecho mención sobre su reformación. Idea: que hubiera estado reunido en un grupo religioso dentro de la cárcel (¿Existen?) y que su miedo al robar estuviera influido al temor de ver resquebrajarse su fé y que, al ver, al ver la biblia, su abrazo fuera un abrazo, además de real, simbólico.
Te dejo esta idea por si deseas utilizarla en una reescritura..
No tengo nada más que agregar. Muchas gracias por compartir este trabajo. Felicidades.
Codrum
25/06/2026 a las 19:00
Hola JLMartin, vi tu comentario donde Diana T. y dije… me voy a pasar por aquí, y no me arrepiento. Tu texto ha tenido un efecto de hechizo sobre mí. No he podido “analizar” nada. Simplemente disfrutaba leyéndolo. El ritmo, las palabras, la puntuación…
Seguro que ha sido por el gran cariño que tengo a los Picos de Europa y a Arenas de Cabrales, pero me he sentido allí.
He sentido las dudas del protagonista, su peso y su balanza emocional desplazándose a un lado y otro. Me ha gustado mucho y no sé si has contado, has mostrado o qué has hecho, pero a mí me ha llegado y lo he disfrutado.
Perdón no poder hacer ningún comentario más “técnico” y menos subjetivo.
CReo que tengo otro fijo y voy ampliando la lista ….
El título genial también.
Pilar (marazul)
26/06/2026 a las 20:17
Hola JL, aquí llego, a comprobar cómo es tu ladrón. Es verdad que los dos roban un maletín y que después cada cual se va a su hostal e intentan serenarse para relajar la tensión. El tuyo se ducha y el mío se bebe una cerveza ja,ja,ja…
Por lo demás la historia es muy diferente. Tu ex presidiario en un principio parece tomar el camino de la redención (ya lo dice el título), aunque no puede evitar el gusanillo de seguir robando. El mío, el pobre, no sabe cómo deshacerse del maletín que le causa más trastornos que otra cosa. No te cuento el final de mi ladrón por si quieres pasarte a leerlo.
Creo que en el caso del tuyo el hecho de que haya robado una Biblia es un aviso para que de una vez por todas tome: “el sendero de la redención”.
Bien escrito.
Saludos
PROYMAN1
27/06/2026 a las 10:54
Saludos J.L Martin soy PROYMAN1 tu compañero del 43 y he leído tu relato que me ha gustado te doy mi opinión aunque los compañeros te amplían mas detalles.
El relato muestra con acierto la tensión interna de Tony, un hombre recién liberado que lucha contra sus impulsos mientras busca reconstruir su vida. La escena del incendio funciona como un catalizador perfecto para reactivar sus viejos temores y tentaciones. El hallazgo del maletín añade misterio y simbolismo, especialmente al revelarse su contenido: una Biblia antigua que contrasta con su pasado. El texto combina muy bien atmósfera, introspección y un cierre cargado de significado.
Confío en seguir leyéndonos,