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Robos por Delivery - por AmadeoR.
Desde hace semanas descansa en su casa, lamentando la falta de trabajo. Gaspar de 66 años, cuentapropista, supuesto jubilado, acepta contratos laborales y si tiene éxito cobra pleno, si fracasa o es detenido solo viáticos. De joven, él mismo conseguía tareas a realizar y obtenía experiencia y perfeccionamientos. Hoy, es experto en robos por Delivery.
Anochecía bajo leve llovizna, cuando un cartero toca el timbre:
—¿Señor Gaspar Cincatto?
—Soy yo —responde con ánimo positivo de buen futuro.
—Favor firme acá —dice amigable, entrega la carta certificada y se retira.
Gaspar inspira esperanza y sin demora, reingresa. Sentado, abre el sobre y lee las in-dicaciones del contrato y piensa “un robo riesgoso”, pero se sabe capaz de mucho más. El pago supera lo esperado. Busca el remitente, pero no hay nombre ni dirección. Confirma el día presente: 17/03/1965, calcula los 16 días de plazo para la entrega de un cofrecito de ma-dera de algarrobo, con candado. Debe sustraerlo del Museo de Ciencias Agronómicas. Él será monitoreado por el contratante, quien le indicará el lugar de entrega y del pago por un tercero. Vuelve a leer la carta ya menos agitado y decide aceptar el desafío.
Durante dos días planea el robo, prepara los elementos necesarios, las mentiras y ex-cusas a decir, también las alternativas para ingresar al Museo, en la Capital. Al tercer día, envalentonado sale bien afeitado, la mochila cargada, ropa a estrenar, campera doble faz, documentos falsos y dinero. Cierra la puerta y saluda al vecino, quien le pregunta:
—Buenas don Gaspar. ¿A cuál de sus tres hijos visitará?
—Buen día… Al menor.
—Saludos y dígale que quiero conocerlo.
—Le digo… —aclara Gaspar sabiendo que los hijos imaginados, justifican sus propias ausencias “laborales”.
Durante el viaje en tren, piensa en la cajita de algarrobo, imagina contenidos y descar-ta a todos al concluir que él, solo debe entregarlo en fecha. Solo eso. Ya en la ciudad camina pausado dando la sensación de ser turista, entra al bar para analizar quienes ingresan al Mu-seo. Por temor a equivocarse, busca alternativas para pasar desapercibido. Horas después bebe el quinto café, paga, sale y rodea la esquina del magnífico edificio. En el lateral ve una puerta de servicio. “¿Entro?”, murmura y se aleja. De tarde, atento recorre enormes salas Museo, junto con un contingente de estudiantes. Frente a ciertas vitrinas se detiene: semillas enormes, hojas disecadas rarísimas, raíces deformes y restos desconocidos. Ningún cofreci-to.
Ansioso, empalidece. Duda y relee la carta: ninguna pista. Se sienta al lado de un jo-ven y le consulta:
—Me dijeron que hay una cajita de algarrobo, que fue tallada por un artista alemán que ganó un premio internacional y quiero verla. ¿Sabés dónde está?
—Ni idea. Tal vez en la sala de germinación. Al fondo a la derecha —explica desgana-do.
—Gracias pibe —agradece con cierto desprecio.
Pasea como si fuera un agrónomo curioso y atento mira las puertas. Lee GERMINA-CIÓN. Entra, descubre cuatro vitrinas iluminadas, las inspecciona con rapidez y en una, la más pequeña, detecta dos cofres. Se acerca: solo uno posee candado. Sonríe con el cora-zón, pues cree ser observado por dos visitantes. Gira habiendo ya grabado mentalmente la situación y generado la alternativa para robarlo.
Espera y ya solo en la sala, con velocidad y pericia Gaspar saca de su mochila, un ro-llo ancho de cinta adhesiva y con ella cubre el vidrio del expositor; con su puño da un golpe certero; el vidrio se astilla sin ruido; con trincheta corta la cinta; saca el cofrecito; lo guarda en la mochila; con pasos seguros se aleja; recorre los pasillos; simula saludar al guardia; entra al baño; se quita la peluca; se pega bigotes y se recoloca la campera, ahora es color gris.
Orgulloso deambula por la ciudad, saborea un café, se comunica con el “aliado” y le confirma ser poseedor del “objetivo”. Acuerdan lugar, día y hora del encuentro. Tiempo des-pués, a Gaspar le indica otro lugar. Risueño se acerca a la plaza indicada y espera al desco-nocido: vestido con la ropa explicitada. Entre artilugios y mínimas desconfianzas cumplen lo acordado y se despiden como si fueran buenos amigos.
Dos días después, Gaspar llegando a su casa, el vecino lo saluda:
—Buenas tardes. ¿No vino su hijo?
—No. Mucho trabajo…. Tal vez el mes que viene…
Ccomentarios (1):
Ricardo
19/06/2026 a las 14:25
Un robo como si fuera sacado de una película. Un trato sin muchas trabas ni contratiempos. Se parece a una serie muy vieja llamada “Ladrón sin destino”. Lástima que los hijos sean imaginados. Muy buena historia. (La mía también incluye un cofre y un intercambio). Te felicito por tu escrito.